Verano de girasoles
23.09.10 @ 07:28:05. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Cerro. Acuarela de Luis Labrador en expo-torreon09.blogspot.com)(*)
Si con el buen tiempo han tenido ustedes la ocasión y el buen gusto de acercarse al Puerto de los Tornos siguiendo la carretera de Briviesca a Oña y Trespaderne - por lo que yo llamo “la ruta de los corzos” -, quizás hayan contemplado uno de esos grandes espectáculos que nos brinda la Naturaleza.
Este año hice el recorrido a primeros de julio, y entonces ya se veían grandes extensiones cubiertas por pequeñas plantas verdes con vocación de crecimiento rápido. Para fin de mes se habían abierto algunas flores, y los tallos eran tan largos que uno se preguntaba si podrían sostenerlas.
Cuando regresé a aquellos parajes, que fue en los primeros días de agosto, los campos burgaleses tenían ya montado el espectáculo. Se habla mucho de la sinfonía de los cerezos del Jertes y de los paisajes japoneses, y yo pienso que bien podría hacerse en la misma medida de estas extensiones doradas cubiertas por los girasoles que tan generosamente engalanan nuestros felices días de verano.
Alfombras amarillas que remedan el esplendor del sol hasta emularle se exhiben a izquierda y derecha de la carretera entre Briviesca y Oña, con ecos repetidos en el camino hacia Trespaderne e incluso hasta las proximidades del río Trueba, cuando el viajero ha pasado ya por Medina de Pomar y está a punto de iniciar el tramo final hacia Los Tornos. A lo largo de los amplios valles escoltados por montañas tapizadas de un verdor tupido; entre islotes de arbolado y, sobre todo, entre algunos encinares entrañables, los campos de girasoles visten de gala al paisaje del verano burgalés. Lo que antes fuera una armonía de verdes matizados es ahora un clamor de amarillos.
Yo llamo la atención a mis nietos para que se fijen en estas cosas y caigan en la cuenta de las maravillas de la Creación. Les digo que observen cómo los girasoles son verdes cuando los cogemos de espaldas y cambian después al amarillo cuando se nos aparecen de cara al sol. Les explico que eso es debido a que giran continuamente para mirarle de frente. Y yo mismo me pregunto por qué de entre tantas plantas como alcanzamos a ver sólo ellos se retuercen para buscar una caricia, y cómo es que lo hacen con tanta agilidad y destreza; cómo sus células desencadenan inexorablemente y de forma tan eficaz y mágica ese movimiento continuado que hacen sin haberse puesto de acuerdo previamente. Me pregunto también de dónde les viene la admirativa contemplación hacia quien contribuyó a su nacimiento y a ese desarrollo que les permitió alcanzar el cenit de su esplendor cromático.
En realidad, todos estos esbeltos girasoles castellanos, unidos en un común homenaje y en una compartida adoración a nuestra estrella, no hacen sino responder a una llamada cósmica desde la sencillez de su tierra nutricia y de la humildad de su condición de vegetales. Una llamada que los pone en conexión con los astros, como si en vez de oscuros hijos de semilla fueran sesudos astrónomos o premios Nobel de las ciencias físicas. Y han venido haciéndolo durante siglos y más siglos; desde cuando los habitantes de estos territorios desconocían la existencia de la ley de la gravedad, e incluso mucho antes. Ellos fueron siempre expertos en estas cosas tan complicadas, y con su gesto diario se convirtieron en telescopios vivos.
Pienso en todo esto, y me vienen al recuerdo las subvenciones europeas, arteramente aprovechadas por muchos para, una vez disfrutados los dineros, dejar morir de sed a nuestros girasoles y arrojarlos después, ya secos y muertos, a la ignominia del fuego o la basura.
Sé que llegará el invierno y que los oros estivales desaparecerán de estos campos de Castilla; sé que estos pagos se cubrirán de nieve y se sumirán en la mayor tristeza. Pero me tranquiliza saber que, un año más tarde, los girasoles volverán a brotar de sus semillas para encender los campos burgaleses y vivir de nuevo su aventura. Dirán al sol que le agradecen su caricia, que están felices de poder mostrarse así, tan bellos, tan esbeltos; de contener al sol entre sus pétalos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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