Los lunes, revista de prensa y red
20.09.10 @ 07:26:18. Archivado en Artículos
”¿Y los barcos?”, de Alfonso Ussía, y “Dios no juega a los dados”, de Gabriel Albiac

(Getreide_Markt. Acuarela de G.W. Gree en flickr.com)(*)
¿Y LOS BARCOS?
Artículo de Alfonso Ussía publicado en La Razón el pasado 14 de Agosto
Los mercados de Melilla están desabastecidos. No llegan alimentos por la frontera con Marruecos. Ni carne, ni pescado, ni frutas, ni verduras, ni leche. He escrito «leche», no leches, que encajaría mejor con el ánimo imperante. Me pregunto: ¿Dónde están los barcos? Una nación seria no permitiría esta situación de abandono ni un solo día. Si hay que llenar el «ferry» Málaga-Melilla de alimentos, se hace. Si para ello hay que dejar en tierra los coches de los marroquíes, en tierra los coches. Las bodegas, rebosadas de víveres para los melillenses. Si se antoja excesiva la medida, el Gobierno puede fletar mercantes. Y en último caso, pedir a la Armada que abastezca la ciudad española. Pero no resulta tolerable ni admisible que veamos desde la península y las islas los mercados de Melilla tan vacíos como los de una ciudad bloqueada. Por aire y por mar, España tiene acceso directo a Melilla. Que se usen los helicópteros que tanto molestan al Sultán para llevar aceitunas rellenas. Se le podría lanzar alguna lata a la cubierta de su barco para alegrarle los aperitivos. Y de paso, cerrar la frontera. Los que pierden son los de allí, no los nuestros. Pero ni una concesión acomplejada más a los provocadores a las órdenes de Mojamé, que es más retorcido que una trenza de Karembeu.
Un barco detrás de otro hacia Melilla. Y ni un solo día más con Melilla sin alimentos frescos. Estamos hablando de una ciudad de España abandonada por la política exterior de nuestro abrumador Gobierno. Una ciudad que, como Ceuta, es España con anterioridad secular a la creación del Reino de Marruecos. El Gobierno no puede permitir este nuevo chantaje. No se trata de depender de «gestos de buena voluntad». La vida y la seguridad de los españoles se defiende por vías diplomáticas. Y si éstas no fructifican –el ministro ha desaparecido–, hay que hacer uso de la fuerza. Disuasoria en un principio y efectiva si la primera no acierta a poner las cosas en su sitio. Lo que sea, menos permitir que en Melilla falten alimentos, medicinas y artículos de primera necesidad. A los que abandona el Gobierno con sus titubeos y sus chorraditas es a los españoles.
Se podría decir que Zapatero no es partidario de mantener la españolidad de Ceuta y Melilla. Se podría decir, se puede decir y no suena a error. Los diferentes presidentes de Gobierno de España, por no molestar al Sultán, han sido unos melindres con Ceuta y con Melilla. El Rey le echó un par de bemoles al asunto, y acompañado de la Reina visitó nuestras ciudades africanas con un éxito arrollador. Pero al Rey recurren siempre tarde y mal, cuando la situación precisa de su «auctoritas». Ceuta y Melilla son un inconveniente para los socialistas. Electoral e histórico. Si de Zapatero dependiese, mañana se arriaría la Bandera de España de nuestras dos ciudades y se entregarían siglos de Historia a las huestes del Sultán. Ya se encargaría, posteriormente, el Ministerio de Defensa de convertir a la Legión y los Regulares en amables Organizaciones sin objetivos. Ceuta y Melilla son como San Sebastián o Sevilla. España pura. Y dejar a dos partes de España, dos territorios de España y dos ciudades de España a manos de los chantajistas y los provocadores de otra nación, tiene un calificativo muy feo, muy deshonroso y muy cercano a la vileza.
Si hay que encontrar barcos, se buscan. Incluídos los particulares que navegan por el mar de Alborán hasta la puerta del Estrecho. Pero Melilla no puede amanecer un día más desabastecida. Diplomacia y cobardía no pueden ser coincidentes. Con Marruecos, nuestra diplomacia es cobarde. Y al cobarde cualquiera le pierde el respeto. Barcos.
DIOS NO JUEGA A LOS DADOS
Artículo de Gabriel Albiac publicado en abc.es el pasado día 6
En Port-Royal se tenía por blasfemia demostrar la existencia de Dios. En torno a la abadía de Angelique Arnauld, giraban las mejores cabezas del siglo XVII: teológicas como científicas. No siempre sin conflicto. Las memorias de Nicolas Fontaine dan fe del desagrado del maestro Sacy ante los «entretenimientos» de ascetas que, en sus ratos libres, diseccionaban animales y teoremas. Algo los unía: la fe, entendida como infinito don divino que ninguna lógica humana permitiría ajustar a su finito canon. Y lo blasfemo consistía, para esos a los cuales los otros llamaron «jansenistas» y que entre sí sólo se decían «cristianos», no en negar la demostrabilidad de Dios, sino en afirmarla. Porque Dios y demostración se excluyen. Se excluyen fe y argumento, en la blindada lógica que dice que no hay continuidad entre finito e infinito y que toda traslación del absoluto al lenguaje de los efímeros hombres es perversa.
De entre aquellos «señores de Port-Royal», hay uno que da la clave escueta del abismo. No es extraño que fuera, al tiempo, el teólogo más hondo y el más alto matemático del grupo: en su escrito más íntimo —y más trágico— Blaise Pascal lo enuncia con elegancia ascética, al encomendarse al «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos ni los científicos»; al Dios al cual «sólo se alcanza por las vías que enseñan los Evangelios». El texto está fechado en «el año de gracia de 1654». En lo conceptual, cierra la posibilidad misma del debate.
Pero la necedad humana sobrevive. Y tanto consuela fantasear saltos sin red de la razón finita al absoluto, que de poco acaba por servir aquella glacial inteligencia pascaliana. Los falsos problemas se repiten, precisamente porque son falsos: deliciosos de rumiar para quien no tiene ganas o fuerzas de afrontar el áspero pensamiento. Hacía tiempo que no leía tantas simplezas a costa de física y de teología, acerca de su amalgama, cuantas leo estos días en torno a un enunciado elemental de Stephen Hawking: que no hay tránsito conceptual entre física y teología. Él lo dice de un modo muy moderado. Pascal diría que ese tránsito se llama blasfemia. A costa de ignorar algo tan básico, más de un titular de prensa ha atribuido al físico la fantástica tarea de «demostrar la no existencia de Dios». Bien está que se aprecie o no la obra de Hawking. Atribuirle, sin embargo, la ignorancia de lo que Russell bautiza como «navaja de Ockham» es demasiado fuerte, no ya para hablar de un sabio de filiación russelliana, sin sencillamente de un estudiante de primero de lógica. Un enunciado negativo jamás se demuestra. Ni la no existencia de Dios ni la de miríadas de hadas danzando en una gota de rocío pueden ser argumentables. Entia non suntmultiplicanda praeter necessitatem, escribía el maestro del siglo XIV. En los usos de la ciencia moderna: la carga de la prueba recae sobre la afirmación.
Las recluidas monjitas que, a cuatro pasos de Versalles, agotaron la paciencia de Richelieu, de Mazarino, del gran Luis XIV, sabían eso. Sin precisar siquiera formularlo. En español, lo tallan los inapelables endecasílabos de Góngora: «…sino porque hay distancia más inmensa / de Dios a hombre que de hombre a muerte».
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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