Lancelot 2010
18.09.10 @ 07:28:56. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Lanzarote. Óleo de Brull Carreras, en pintura.aut.org. 60 x 81)(*)
Desde muy niño fui muy aficionado a la lectura. Devorador de libros… y de tebeos. Nunca agradeceré bastante que dispusiera la madre de seis hijos instalar una librería en nuestro dormitorio provista de la mayoría de los clásicos escritos por los autores más prestigiosos de nuestro siglo de oro en la literatura. Como eran tiempos de estrecheces, allí no había cantos dorados ni encuadernaciones caras; pero sí un contenido precioso en el que lo de menos era el envoltorio. Ediciones baratas en las que el lujo, en esto como en casi todo, brillaba por su ausencia. Me corrijo. Aquella librería repleta, era todo un lujo. Libros por los que el paso de los años acrecentaba el valor del contenido en un austero continente de posguerra. Necesitaría la memoria, que ya no tengo y gran espacio, impropio de este lugar, para enumerar nombres y autores de todo cuanto leí.
Sin orden de preferencia y con la seguridad de que todo cuanto allí había era propio para niños, adolescentes y jóvenes, comencé varias veces por el primero en las estanterías y varias veces terminé por el último de ellas. Cientos de obras seleccionadas por la sabiduría y moral de una madre que no se adaptaba a los tiempos con cualquier bazofia, por mucho que se llevase, sino que ponía a disposición de sus hijos lo más selecto y sano de la literatura válida para todas las épocas sin peligro de deformación de los lectores. Era muy consciente de la necesidad utilísima de buenos libros, al tiempo que del daño que podrían ocasionar los malos- aún bien o muy bien escritos-, a la mente receptiva de su prole. Lo mismo pensaba en relación con la lectura por personas mayores de libros desaconsejados.
No me limité a los grandes clásicos, porque como casi todos los de mi época, por unos céntimos de la ajustadísima propina (la paga decíamos con frecuencia) leíamos con fruición tebeos y otras publicaciones, intrascendentes, pero de feliz recuerdo: el guerreo del antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, Juan Centella, Carpanta… Novelitas “animadas”, que si enseñaban poco o nada, nos divertían mucho. Intercambiadas por las no leídas, adquirimos una cultura singular, por completo distinta a la de nuestra librería. Lecturas que dejaron un poso un tanto raro, mezcla de sensibilidad, buen gusto e intrepidez incluso desmedida por la mezcolanza de unas y otras.
Con relación a la aventura que emprendo con el título que verán en sucesivos artículos, valgan estos antecedentes para decirles que se me quedó grabado como el epitafio de las Termópilas una frase del gran Carpanta siempre hambriento de pollo del que, un lujo entonces, nunca se saciaba: “Si las ciudades estuvieran hechas en el campo, otro gallo nos cantara y otra gallina nos cacareara”. Con sentencia tan iluminada, Carpanta debió quedarse tan oreado. Me vale como introducción a esta nueva “serie” que, como otras anteriores pudieran recopilarse en un librito (de muy poca monta).
Era, soy, y fui campero. Ahora, de mayor, menos. Verán: cacé, trabajé, dirigí una preciosa labranza familiar de la que les he escrito demasiadas veces. Dejé en ella tiempo, dinero y juventud. Me dejó ella. Por decisión que no viene al caso pormenorizar, cambió de dueño. Aguanté en una porción representativa, casa y jardín con piscina, algunos veranos. Poco a poco mi entrañable labranza, se convirtió en la urbanización más horrorosa que contemplaron los siglos. “Se me cayeron todos los palos del sombrajo”. Huí despavorido. Insoportable convivir dentro de “aquello” con mis recuerdos.
Casada una de mis hijas con un médico, estableció una clínica en Lanzarote. Nuestra hija aprobó oposiciones en el Cabildo Insular. Cambié en cada verano lo insufrible por lo apetecible. Por la más afortunada-para mí- de las islas afortunadas: Lanzarote bellísima: “Lancelot”.
Desde hace 19 años, compartimos nuestra estancia en ella entre la casa de nuestros hijos y un hotel cuyo nombre me reservo. Extraordinario. En este 2010, hicimos lo mismo con un aliciente añadido. Estrenamos la nueva mansión (porque lo es) de nuestros hijos. Casi tres meses es el tope que nos hemos impuesto. De cuanto acontezca o pase por mi imaginación, procuraré darles rendida cuenta. Pienso que serán, a veces, a modo de artículos; otras de sencillo diario, sin apenas comentario. Lo verán, porque, aunque escrito a mano -no llevé ordenador-, está por ver que entienda mi letra por el total olvido de amanuense en días aciagos hace un montón de años. Sí les digo, que, como el viento dominante, se nos pasaron volando casi tres meses. Nos planteamos invernar. Una delicia Lanzarote. Se lo aseguro. Agotados los artículos de reserva, emprendo pues, el arduo trabajo de descifrar garabatos. Sólo les pido a mis compañeros foramontanos, que me concedan prórroga si el tiempo corre más aprisa que este Lancelot 2010 que comienzo. Y a mis “improbables lectores” (Javier dixit) que me concedan indulgencia en escritos no habituales y probablemente aburridos. Mía será la culpa y no de lugar tan hermoso, que no me extrañaría pedir a quien puede me conceda pasar en él este tiempo de descuento. “Lejos del mundanal ruido”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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