Lecciones del deporte
16.09.10 @ 07:29:11. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Approach to acrylic painting. Acrílico de Carol Carter en carol-carter.com)(*)
Desconozco la fecha en que saldrá este artículo a la luz, pero esto no me plantea gran problema, porque mi tema - inspirado por un hecho deportivo - es simplemente una de las muchas lecciones que la vida nos ofrece.
El caso es que me gusta el deporte, y que uno de mis espectáculos preferidos es el de las competiciones atléticas. No sé si a usted le ocurrirá lo mismo, pero en todo caso le propongo que se sitúe en los campeonatos de Europa celebrados este verano en Barcelona. La prueba es el mil quinientos femenino. Le convendrá saber que los mil quinientos son unas de las pruebas importantes y están clasificados dentro de lo que técnicos y aficionados llaman “el medio fondo”, es decir, entre las pruebas de “velocidad”, a las que pertenecen las carreras cortas, y las llamadas “de fondo”. Y no sé por qué razón, los españoles solemos mantener una buena tradición en la distancia.
Sí, hombre. Recordará la imagen, repetida hasta la saciedad, de un Fermín Cacho entrando vencedor en la meta. Eran los Juegos Olímpicos de Barcelona del 92, pero ahora, en 2010, el escenario es exactamente el mismo. Hoy se trata de la prueba femenina, en la que compiten dos atletas españolas: Natalia y Nuria. La televisión nos muestra a una niña de pocos años con una pancarta en la que se lee: “Mamá, campeona”. Es la hija de Natalia, en la que se depositan grandes esperanzas avaladas por un currículo excelente. Algo puede esperarse también de la veterana Nuria, pero, como comenta el periodista del ABC, “Nuria nunca es favorita”.
La carrera consiste en tres vueltas completas al estadio, o sea, tres veces los 400, precedidos por un tramo de trescientos metros. Nos señalan el peligro que puede venir de determinadas corredoras extranjeras y, sobre todo, de una de esas rusas con pinta de imparables.
Comienza la carrera, y Natalia, la gran favorita española, controla la situación en el grupo de cabeza mientras Nuria se queda “dentro”, en posición incómoda, porque pueden cerrarla el paso en el momento de la verdad. Pero en la recta final da un tirón desde atrás, desborda a sus competidoras y avanza imperialmente hacia la meta. Nadie podrá seguirla. Así entra en plan de gran figura para ganar la medalla de oro. Nuria ya será para siempre una “Campeona de Europa”.
Hasta aquí, normal si no fuera porque este triunfo es un señalado triunfo para España. Lo que ya no es tan normal es la actitud de la ganadora. Nuria irradia alegría por todos sus poros; arranca la bandera nacional y salta, brinca y baila con ella mientras da la vuelta al ruedo. Exultante ante los micrófonos, no se recata en manifestar su asombro por el éxito. “Llevo quince años en esto y ahora, con treinta y tres, por fin lo he conseguido. Éste es el día más feliz de mi vida”.” exclama. Y sus gestos lo confirman inapelablemente. No se reserva nada cuando nos hace partícipes de este momento mágico. A mí, desde luego, me cautiva por su ingenua y explosiva espontaneidad. Y, al asociarme a su alegría, al vivir yo mismo su inmensa felicidad, me doy cuenta de que su victoria es también para mí un maravilloso momento.
Confieso - ya lo señalé en otro artículo – que tengo una gran capacidad para la empatía - es decir, para ponerme en la situación de los demás - hasta el punto de que me siento un niño con los niños y un perro con los perros. Pero en este caso hay algo más que me conduce a una reflexión profunda. Y es que esta alegría inmensa de Nuria proviene de la humildad. Su asombro se debe a que no se acaba de creer lo que la pasa y recibe su victoria como un regalo del cielo.
Es frecuente ver cómo los campeones se lamentan o quejan de no haber alcanzado su objetivo por esta o aquella razón, o levantan el dedo índice para autoproclamarse los mejores. Se diría que están acostumbrados al éxito e imbuidos de su superioridad atlética. Pero esto quizá no responda siempre a una actitud de soberbia; posiblemente algún psicólogo les aconsejó hacerse valer como forma de afirmarse, darse ánimos, o vencer las tensiones propias de la competición. En todo caso yo quiero resaltar el hecho de que, como ella dice, Nuria lleva quince años sacrificándose para llegar a ser, y eso, en el día a día, requiere un tesón a prueba de bomba. Nuria cosechó, sin duda, algunos éxitos, puesto que ha llegado a representar a España, pero hasta ahora nunca consiguió realizar sus sueños. O quizá se resignó a hacer bien las cosas sin pasar de cierto nivel satisfactorio y sin dejar de trabajar y de esforzarse en busca de la perfección.
Nuria dice que en la recta final se dio cuenta de que estaba en condiciones de conseguir una buena clasificación; hasta, quizás, una medalla. Y de repente - nos cuenta – en el sprint final hacia la meta, se dijo: “¿y por qué no voy a por la medalla de oro?” Fue como un ramalazo de ilusión. Y ya nadie la pudo seguir el ritmo. Ahora ya nadie la arrebatará su título.
Y pienso yo que a veces somos demasiado injustos con la gente. A veces oímos a alguien alabar a sus hijos o a sus nietos, o incluso destacar alguna hazaña de su vida. Y pensamos que se trata de un creído que anda por ahí presumiendo de lo suyo. Pero esto no responde siempre a la verdad. Porque, quizá, lejos de vanagloriarse, quien así se comporta se está asombrando de que le pueda pasar lo que le pasa, porque nunca sería capaz o porque no lo merece; como si sólo en sus sueños lo hubiera imaginado.
Por eso me enternece la alegría de Nuria.
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4074/4882294851_a00d71de71.jpg
Comentarios:
Un abrazo.
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
autor
Contacto


