Los lunes, revista de prensa y red
13.09.10 @ 07:22:24. Archivado en Artículos
“El artista que llevamos dentro” de María J. Roca, y “Las tiendas desaparecidas” de Arturo Pérez-Reverte

(Londres. Acuarela de Rafael García Bonillo, en bonilloquegranacuarelista.blogspot.com) (*)
EL ARTISTA QUE LLEVAMOS DENTRO
Artículo de María J. Roca, catedrática de la Universidad Complutense, publicado en La Gaceta el pasado día 12 de Agosto
Propongo este “cambio de tercio” desde el convencimiento de que la auténtica cultura europea no es sólo una cultura de la razón, del progreso técnico y económico. Es también una cultura del corazón, de los sentimientos, de la misericordia, de la nobleza del sufrimiento. Por eso, conservar Europa y seguir construyéndola significa conservar y mantener viva la cultura de la belleza, de la sensibilidad y de la compasión. Quizá tengamos una “sobredosis” de Ilustración y de la diosa Razón, y convenga, por este motivo, releer a quienes han propuesto en sus escritos a las expresiones poéticas y estéticas como un medio de formación ciudadana.
El primer programa del idealismo alemán (1797), que elaboraron Hölderlin, Hegel y Schelling, aludía a la idea de un “Estado estético”. Para alcanzarlo se hacía necesaria la educación de los ciudadanos en la belleza. La poesía y el arte son expresiones de una sensibilidad y un patrimonio sentimental educado, no salvaje. Tal vez convenga preguntarse si hacemos algo para mejorar nuestra formación estética. Tengo el convencimiento de que en un edificio sucio, donde parece que las paredes desconchadas se van a caer a trozos de un momento a otro, donde las puertas están llenas de pintadas y los pupitres también, se puede transmitir el cálculo de los algoritmos neperianos, pero no se puede aprender ni enseñar una educación ciudadana completa.
Claro está que esta educación del gusto y del sentimiento no es tarea principal del Estado, sino de la familia. Así, Novalis, que simpatizó desde el principio con las ideas renovadoras de Francia, se distanció de la exaltación del Estado.
Decía Friedrich v. Hardenberg (Novalis) que la familia le resultaba más próxima que el Estado. Que se es un ciudadano perfecto, si antes se vive plenamente para la familia. De la felicidad de las familias está hecha la felicidad del Estado. A través de la familia se está unido inmediatamente a la patria; si no existe la primera, la patria resulta tan indiferente como cualquier otro Estado. En el caso de Novalis, esas ideas no se concretaron en un programa político, ni en una visión revolucionaria. Preconizó una monarquía republicana en la que debería darse un “Estado poético”. En éste “cada hombre debería ser artista”. En su obra La Cristiandad o Europa, expuso que el ideal de paz y de unidad con el que soñaba para Europa se fundamentaba en la renovación interior de cada individuo, y en la unidad de la religión, no en el Derecho ni en las alianzas entre Estados.
Se pensará que en un momento de profunda crisis económica y de alarmante fracaso escolar, la poesía y la estética son cuestiones menores, a las que no debería concederse mayor importancia que la que tiene un estornudo a la entrada de las urgencias de un gran hospital. Sin embargo, en mi opinión, no se trata de cuestiones menores del todo. Eichendorff se preguntaba en su diario qué es antes, si el amor o la poesía, y anotaba que primero es el amor, y luego la poesía, que busca “salir”, dar ventilación al alma.
Si en nuestro entorno hay porquería y fealdad, es dudoso que en el interior haya amor y respeto a la dignidad del otro, solidaridad con sus problemas. El florecimiento de la poesía romántica (Hölderling, Tieck, Novalis, Eichendorff, Schlegel…) tuvo lugar en plena crisis de las guerras de liberación (Befreihungskriege) alemanas frente a la ocupación napoleónica. Y, ciertamente, la guerra es la violenta expresión del odio; diametralmente opuesto a una sensibilidad educada. Pero al menos todos los poetas mencionados reflexionaron de modo crítico sobre su entorno social y político. ¿Lo hacemos también nosotros ahora?
Quizá estemos “encantados de habernos conocido”, y falte por eso la decisión de poner freno a esta ola de vulgaridad y feísmo que, so capa de espontaneidad, nos arrolla. Para expresarlo con uno de los pasajes más bellos de un poeta romántico: “La luna, que justamente culminaba la cima, iluminaba intensamente una esfinge de mármol, que estaba allí, cerca de la orilla, erguida sobre una piedra, como si fuera una diosa que acababa de emerger sobre las olas y contemplase hechizada por ella misma la imagen de su propia belleza, que el espejo líquido del agua devolvía desde la silenciosa profundidad entre las estrellas florecientes” (Eichendorff, Das Marmorbild).
Bien puede servir esta imagen para expresar al ciudadano europeo, al que se le hace de noche, presa del hechizo de su propio narcisismo, al que le falta corazón –tiene la frialdad del mármol- para sentir compasión y saberse rodeado por sus semejantes, además de por la propia imagen que le devuelve un entorno con frecuencia halagüeño, porque no tiene más modelo que a sí mismo.
LAS TIENDAS DESAPARECIDAS
Artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en XLSemanal el pasado 11 de Octubre, y que ahora se ha difundido de nuevo por la red.
Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muerte súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cartel pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.
En lo que va de año, la relación es como de una lista de bajas después de un combate sangriento. Entre las que conozco hay una parafarmacia, dos tiendas de complementos, una de música clásica, una estupenda tienda de vinos, una ferretería, una tienda de historietas, tres de regalos, dos de muebles, cuatro anticuarios, una librería, dos buenas panaderías, una galería de arte, una sombrerería, una mercería e innumerables tiendas de ropa. También -ésa fue un golpe duro, por lo simbólico- una juguetería grande y bien surtida. Me gustaba entrar en ella, recobrando la vieja sensación que, quienes fuimos niños cuando no había televisión, ni videoconsola, ni nos habíamos vuelto todos -críos incluidos-, completamente cibergilipollas, conservamos del tiempo en que una juguetería con sus muñecas, trenes, soldados, escopetas, cocinitas, caballos de cartón, disfraces de torero y juegos reunidos Geyper, era el lugar más fascinante del mundo.
Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas -que no es lo mismo que políticas putas, ahórrenme las putas cartas- lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia. Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, el miedo a que tál o cúal crédito no llegara, o a no tener con qué pagarlo. El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían su trabajo y sus ahorros. Morían tantos sueños.
Eso es lo peor, a mi juicio. Lo imperdonable. Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios españoles tuvieran yate en Cerdeña y cuenta en las islas Caimán. Ignorando las ilusiones deshechas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriesgó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben. De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible como don Tancredo, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose a todo cristo por delante.
Un Gobierno cínico, demagogo, embustero hasta el disparate. Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas. Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina. Con mucho Berlusconi en el horizonte. Un rebaño analfabeto, sumiso, de albañiles, putas y camareros, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los jubilados guiris, los mafiosos nacionales e importados, y los hooligans de viaje y tres noches de hotel, borrachera y vómito incluidos, por veinticinco euros. Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus pingües jubilaciones por los servicios prestados a sí mismos. A dar conferencias a Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa. Así que malditos sean su sangre y todos sus muertos. En otros tiempos, al menos tenías la esperanza de verlos colgados de una farola.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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