Surrealismo hispánico
12.09.10 @ 07:23:43. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Destete del mueble alimento. 1934. Óleo de Salvador Dalí en pintura.aut.org. Museo Salvador Dalí, San Petersburgo, Florida.18x24)(*)
No hace mucho publiqué en este blog un artículo en el que me referí al retorno de las ideologías y a su maniquea linealidad. También al fenómeno de infantilización que produce el desprecio de éstas a la lógica. Ambos rasgos justificarían ya de entrada el rechazo de cualquier ser medianamente inteligente, pero aún hay más. Digo esto porque, con el tiempo, los esquemas ideológicos se han ido fosilizando hasta confundirse con los mecanismos del partido que los acoge, como los foraminíferos y los radiolarios acaban por transformarse en la roca en que quedaron insertos para siempre. De igual forma, las teorías se anquilosan hasta transformarse en eslóganes a los que se puede dar, incluso, la vuelta si conviene, y acaban por convertirse en un mecanismo recaudador de votos destinado a alcanzar el poder o conservarlo a ultranza.
Pero la degeneración de nuestra democracia complica aún más la historia. Evidentemente, con unas cosas y con otras – y desde luego con la decidida complicidad de los medios de comunicación - la polémica se ha impuesto como uno de los atractivos del día a día en nuestras vidas, convirtiéndose en uno de los más cotizados “valores”. Y ninguna fórmula hay más idónea como sustrato fértil para la generación de polémica que la confrontación de unas ideologías con otras, desde luego no en el plano del debate intelectual, sino sencillamente en el ejercicio de la lucha, que se anima con el espectáculo de unos rostros concretos que juegan sus batallitas desacreditándose mutuamente ante las cámaras. Las armas, o si ustedes quieren, las herramientas, son esas ideologías convertidas en meros mecanismos y eslóganes de pancarta.
Como el sistema es básicamente bipolar, el encono puede alcanzar unos niveles de dramatismo considerables, así que ya tenemos contenidos para el consumo. No nos bastaba con enfrentar a la Esteban y la Campanario. Gracias a la aportación política podremos disfrutar de sesión continua. El qué, como el por qué y el para qué, bien poco importan. Puestas así las cosas, actuaremos en contra del vecino y a favor de nuestro logo. Ideología de lo nuestro, cuando no de lo mío. Reflejos viscerales.
Mas no es esto todo. Porque además de presenciar cómo se despellejan los dos grandes partidos y cómo el gobierno hace y deshace mirando a las urnas y las encuestas - lejos quede la tentación de la lógica, la eficacia o el bien común -, veremos cómo se desarrolla ante nuestros ojos la esperpéntica tragicomedia de los nacionalismos.
¡Cómo nos gusta engañarnos! Para mí esto sólo tiene una ventaja, y es que me hace ganar continuamente en autoestima. Porque hay mucho padre de la patria que ahora se lamenta de aquellos juegos verbales de las “nacionalidades” y otras pamplinas. Pero yo lo veía venir. Quizás muchos de ustedes, si es que existen, pensaran también como yo que - por ejemplo - las ikastolas nos costarían caro, porque aquí la ideología se reducirá simplemente al odio.
¿Y qué me dicen de la Ley Electoral? Vamos a ser buenos, que eso siempre es rentable, pensarían aquellas mentes lúcidas. Echemos carnaza, que nos la agradecerán. Sí, hombre, echémosles unas ayuditas, que así no darán la lata. Y ahora un señor con bigote de escoba e hijo de guardia civil se nos sube a las barbas y no vean ustedes los aires que se da desde que pisa moqueta pese a que no le seguían más que cuatro energúmenos vestidos de capos de la mafia. ¡Vaya exitazo! Porque de entrada ya metió a su hermano de “embajador” en París…
Así que a la trifulca entre políticos “nacionales” - envueltos en ideologías convertidas en mecanismos recaudadores de votos - se suma el “aprovechategui” de quienes juegan a demócratas y cobran del Estado, pero para cargarse al conjunto. ¿No es esto algo fantástico? Con razón se dice por ahí que los españoles somos amigos de la fiesta. O sea, que “aquí sí que hay tomate”. Fíjense ustedes cómo esos cuatro y algunos otros amiguetes nos toman el pelo diariamente jugando con nuestra débil progresía.
En esto del nacionalismo, o sea del independentismo - que esa es la palabra más exacta - la cuestión es cargarse el sistema desde dentro con la inestimable ayuda de la educación autonómica y de los tontos útiles. Se educa en el odio a la nación hasta conseguir el porcentaje de adeptos necesario para que la operación resulte perfectamente democrática. Se harán valer en los pasillos y en las calles y recogerán las nueces sea quien sea el que menea el árbol. Y los feroces luchadores, que se insultaban mutuamente utilizando el envoltorio de la ideología e ignorando tanto la educación como la lógica, se tornarán tiernos corderillos ante estos insaciables pedigüeños y les mendigarán algunos votos para sacar adelante unos presupuestos que ponen en peligro a la “mamandurria”.
En el fondo, ni la democracia será democracia, ni el nacionalismo será nacionalismo, ni la representación responderá a los porcentajes, ni se buscará el bien común sino la poltrona, ni se votará en conciencia sino por disciplina de partido, ni se aceptarán las sentencias sino que se las buscarán las vueltas desde la presidencia del gobierno, ni los servidores del Estado servirán al Estado sino que lo combatirán para destruirlo. Hasta la ideología dejará de ser ideología. Efectos especiales. Puro surrealismo hispánico.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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