Paisajes españoles
09.09.10 @ 07:15:29. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

( Trasera. Acuarela de Luis Labrador en expo-torreon09.blogspot.com)(*)
Cualquiera que haya viajado por España habrá constatado que no hay pueblo sin iglesia. La mayor parte de las veces ésta se sitúa en lo más alto del lugar, de forma que su silueta se ve culminada por la torre y la cruz que la rematan. Así bien podría decirse que un paisaje en el que el pueblo careciera de esta silueta sería cualquier cosa menos un pueblo español.
Ahora que el gobierno se halla empeñado en suprimir símbolos religiosos relegando éstos al ámbito de lo privado, uno se pregunta si esto no dejaría a nuestros pueblos desmochados y sin uno de sus rasgos más bellos y peculiares, privados como quedarían de esos crucifijos izados en lo más alto de su perfil.
Yo veo esas cruces ofrecidas a todos los vientos como bellas antenas captadoras de la verdad que hay más allá de las nubes y las estrellas, y emisoras también de la fe de nuestras gentes, como pararrayos impregnados de espiritualidad que nos protegen sobre todo de nosotros mismos.
Si yo procediera de algún lugar no ya no español, sino ni siquiera europeo, observaría esta presencia de iglesias en los paisajes españoles, y llegaría a la conclusión de que éste es un país de raíces profundamente cristianas. Luego preguntaría si podría visitar el interior de sus templos. Y, naturalmente, quedaría impresionado al ver cómo en cualquier lugar de España, por muy rústico e incluso pobre que éste pudiera ser, encontraremos un rincón especial, trascendente de espiritualidad, abierto a todos y donde el arte favorece la contemplación de la vida como un regalo de Dios; un espacio de sensibilidad desde donde podemos adquirir una perspectiva inmensa que va mucho más allá de lo que podría esperarse del entorno.
Quiero decir con ello que durante siglos y siglos los templos cristianos ofrecieron a los españoles la posibilidad de encontrarse a sí mismos y con los demás en un ambiente de reflexión profunda y en un entorno cultural impensable para muchos sin la presencia de la fe. Así, el templo ha sido durante siglos y siglos un oasis de espiritualidad en el que cualquier persona, fuera ésta rica o pobre, culta o ignorante, socialmente importante o sencillamente irrelevante para los demás, encontraría una puerta abierta y un discurso culto, elevado y propicio a la reflexión. Un lugar - casi siempre el único – en el que se oiría hablar de términos no sólo abstractos sino espirituales; algo bastante más, como puede verse, que el rústico lenguaje de la tasca o de la rutinaria expresión de las relaciones sociales o familiares. Y para muchos - en realidad, para la inmensa mayoría – el templo sería la única ocasión de que hasta los más palurdos se acercaran a la poesía de los salmos o a una música tan refinada y excelsa como la del canto gregoriano.
En realidad todas estas consideraciones siguen siendo en gran parte aplicables a nuestro mundo, donde la ignorancia no se diferencia gran cosa de la de otros tiempos aunque esté más informada y, por tanto, más confusa. En cuanto a la cultura, tengo la impresión de que nunca tiene tiempo para fraguar, por lo que tampoco la podemos poner de ejemplo. Y por lo que respecta a la sabiduría, sería cosa de ver si no hemos ido realmente hacia atrás.
La prueba es esta fijación actual de nuestros gobernantes por renegar de la cultura de sus padres y retirar cruces y crucifijos y otros restos del pasado por razones ideológicas o sectarias de un preocupante simplismo. Tan hortera e ignorante obsesión, disfrazada de teoría progresista, es precisamente la prueba de que, efectivamente, lejos de avanzar en el camino de la cultura y de la auténtica sabiduría, andamos empeñados en destruir una y otra torpemente.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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