Mis amores. Secreto a voces y otros no tan secretos
08.09.10 @ 07:17:15. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Portillo. Acuarela de Luis Labrador en la sede de la Asociación de Acuarelistas de Castilla y León)(*)
“Buscando mis amores, iré por esos montes y riberas, ni cogeré las flores, ni temeré a las fieras, y pasaré los fuertes y fronteras”. De vuelta a su casa, lo primero que hizo Ricardo fue comunicar la buena nueva a su madre, que por supuesto, aun con el agridulce del suspenso de Rodrigo, se alegró mucho. Sin paciencia, acudió luego a la salida del colegio de María. Ni las abejas alrededor de la colmena organizaron tanto revuelo: risas, miradas ¡nada de furtivas!, y a María que se la llevaron casi en volandas. A él, que creía que lo suyo era casi un secreto. Pues resultó que sin nada oficial por el momento, lo era, pero a voces.
No sabía - me comentó- lo que hubiera hecho en otro lugar y circunstancias, pero allí, rodeado de niñas por todas partes, dice que se quedó sonriente y como pasmado. Más bien con el “pavo subido”, ofreció a su pelirrojilla el medio ingreso conseguido, gracias, sin duda, a los planes de futuro que tenía previstos para ella. Si él tenía el pavo subido, no digamos María; Ricardo me dijo con pasión, y tal vez un tanto cursi, que rodeada de todas las compañeras de colegio, era una preciosidad de amapola. Cerca de su casa, que hasta su portal él no se acercaba, con más rubor aún si cabe que a la puerta del colegio, María le ofreció ¡por primera vez! la mano para darle, muy cariñosa, la enhorabuena. Sin apenas rozarla, dice que recibió con aquello mejor pago que si le hubieran impuesto el fajín de capitán general.
Como la alegría nunca es completa ni dura demasiado, de pronto le invadió la tristeza al pensar que al día siguiente marcharía a la Vega para ¡todo el verano! Tristeza que no duró mucho, porque en cuanto pisó el valle y las laderas, sin olvidar a la su pelirrojilla, el tirón del campo y la caza hizo que la espera se le hiciera mucho más llevadera. Además, porque en cuanto pisó el valle y las laderas, guardó bien guardado en su corazón el recuerdo del día anterior, el día más feliz de su vida, y se dijo que, puesto que no podía ir a verla todos los días, allí lo llevaría donde quiera que fuese e hiciera lo que hiciese, hasta que la viera otra vez en carne y hueso. Recuerdo, en fin, que lo veneraría muchas veces cada jornada. Esto no le iba a quitar de aplicarse en la caza, porque tenía corazón para ambas cosas, que de ninguna manera resultaban incompatibles. En un corazón bien dispuesto, caben, enteros, muchos y hermosos amores.
* * *
Al amanecer el día de san Juan, cazaban los dos hermanos en las laderas próximas a los restos de un castro celta situado en la contrapendiente, tras el páramo, y cerca también de las peñas blancas que dan nombre al milenario y hoy casi extinguido pueblo. Orientados por la perdiz que canta en el olagar, bajaban, milagrosamente en pie, por los toboganes de arcilla para intentar la consabida maniobra envolvente. Rodrigo atajó desde arriba, para situarse detrás de las piedras, en el cabañuelo del amigo y maestro, el señor Silviano. Nada más sentir las primeras punzadas causadas por las espinas de aulaga que atravesaron el esparto de las alpargatas como si fuera papel de fumar, se levantó con estrépito el bando. Pese a tirarlas muy largas, Ricardo hizo un doblete superior; casi al mismo tiempo, sonaron varios disparos que le llamaron la atención por su extraordinaria potencia.
-“Vaya, pensó, Rodrigo también ha tenido suerte”. Pero... ¡quiá!; los disparos sonaron cada vez más lejanos y confusos y arrastraban una especie de eco. De pronto, estalló un trallazo tremendo en el cielo, que sin darse los cazadores cuenta y casi al mismo tiempo, se puso del todo negro. Luego, se iluminó con resplandor cárdeno y siguió el estampido seco del trueno cual si hubiesen reventado las peñas en mil pedazos, repetido varias veces aguas abajo por el eco; fragores, que junto a otros nuevos se perdían a lo lejos, después de componer una sinfonía grandiosa y terrible. La que de forma impresionante recorría el valle. Enseguida cayeron gruesos goterones sobre el suelo arcilloso; espaciadamente primero, torrencialmente luego, que pronto formaron numerosos riachuelos afluentes de la gran cárcava, convertida ahora en enorme cascada.
-¡Deprisa Ricardo, a las bodegas! –voceó Rodrigo desde la altura. En la carrera emprendida, les acompañaba el continuo retumbar siempre amenazante, y, de cuando en cuando, los estampidos siguientes al rayo que abría jirones en los berretes muy negros que se desgajaban del cielo. Alumbrados, justo encima, por ramalazos de luz a la vez que lúgubre de sobrecogedora belleza, aceleraron la carrera cuanto les permitía el suelo resbaladizo por la arcilla, que para mayor dificultad, se pegaba al piso liviano del calzado de forma que muy pronto aumentó de espesor contribuyendo, y no poco, a que la carrera desenfrenada fuese aún más fatigosa, subidos en calzos cada vez más altos. Jadeantes, siguieron hacia las bodegas semiderruídas de Rocalba, aún refugio seguro, no ya contra la lluvia que poco les importaba mojarse más, sino contra la tormenta de singular intensidad, que verdaderamente era como para encoger el ánimo incluso de los más valientes.
Agotados por el extraordinario esfuerzo con los elementos desatados, al fin llegaron al refugio más o menos a la par. Según se dejó caer sentado Rodrigo sobre las losas de piedra en el umbral de la bodega, sonó un disparo seco –que no trueno- y, simultáneamente, una lluvia de perdigones pasó junto al costado de Ricardo, como una ráfaga de vendaval, para ir a estrellarse contra las piedras en el lateral de entrada sobre las que estaba apoyado, casi exhausto. Entre la fatiga por la galopada y el disparo fortuito de la escopeta de Rodrigo, debió quedar más blanco que las peñas, aún más albas por la tormenta.
-“¡Cagüen diez Ricardo, por qué se me habrá disparado!”, exclamó Rodrigo al tiempo de comprobar que salvo el correspondiente susto y por un nuevo y singular servicio del Angel de la Guarda (aunque tarde, y en su nombre, gracias), su hermano salió ileso del peligroso disparo. Durante los muchos años de caza juntos, no hubo más ocasión que ésta, próxima al accidente grave.
La excepción, que según dice la sabiduría popular confirma la regla, fue aquella en la que por copiar el sistema de la escopeta de l´afouché, quisieron escalar puestos desde sencillos fabricantes de cartuchos que ya eran, al pretendido oficio de armeros o fabricantes de armas.
Un día, entre los cachivaches de la fragua, cogieron un tubo de hierro como de una cuarta de longitud y grueso aproximado al de una escopeta del doce; con una lima, no fue difícil practicar en él una pequeña ranura capaz de alojar igual, igual que en la “carabina india”, el mecanismo de ignición. En la fase posterior de este tejemaneje, empotraron el tubo en una culata –vulgo taco de madera- sujeta, para mayor seguridad, con alambres. Concluido el montaje, a los dos les pareció que si el arma quedaba tosca de líneas, en similar medida de total garantía.
El paso siguiente, éste ya más técnico, consistió en elaborar la pólvora (Ricardo me ruega que, por favor, no apunten): azufre, carbón vegetal bien molido, azúcar, y unas pastillas de clorato desmenuzadas; todo ello en las proporciones convenientes. Introducido en el tubo una buena dosis de la envuelta –aquí una bobada aquel dicho de “pólvora poca”... por ser ésta, seguro, más floja-, la atacaron con un palo igual que a un trabuco, separando la carga de forma similar a los tiempos de mayor penuria, con papel de periódico. Como no era cuestión de malgastar perdigones y para que todo el invento fuera de la más pura artesanía, el tubo quedó casi lleno de pequeñas tuercas, puntas, y diverso material menudo.
Con el mayor cuidado colocaron luego el ya mentado mecanismo de ignición: simplemente el misto de una cerilla, parte de él introducido en la ranura del cañón en contacto con la pólvora, y otra parte asomando al exterior.
Y por fin, el mecanismo de percusión: un martillo sujeto por una cuerda y colocado de forma apropiada para que, a voluntad del arcabucero, basculase sobre la horquilla de un palo clavado en tierra, al que también iba sujeto el arma.
Ultimado el aparatoso artilugio y como medida de precaución, se colocaron, prudentes, detrás de una tapia de adobe, con mirilla y ranura para el tiraflictor.
-“¡Venga, dale ya”, le apremió Ricardo, impaciente, a su hermano. Soltó éste la cuerda y... ¡funcionó!, ¡fastidiarse que si lo hizo!; tanto, dicen, que ni los truenos de la tormenta en Rocalba. De tal forma aseguran que trabajaron todos los mecanismos combinados, que culata, tubo y carga, salieron de estampida por los aires entre una nube negra de humo apestoso, que les envolvió incluso detrás de la tapia.
-“¡Cagüen diez, demasiada pólvora! ¿eh Ricardo?”, dijo Rodrigo, más negra la cara de lo habitual en la que, como un carbonero, sólo destacaba el blanco de los dientes y parte de los ojos.
Como mejor es lo malo conocido..., tras la peligrosa experiencia volvieron a las escopetas, yo creo que conscientes de la imprudencia que sin incitar al ejemplo, ¡Dios me libre!, como tal he relatado. Fueron también éstos algunos de los amores primeros de Rodrigo y “su hermano”, aunque con toda propiedad yo diría, y digo, que explosivos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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