Nuevas salas del XIX, en el Prado
03.09.10 @ 07:27:25. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Isabel la Católica dictando su testamento. 1864. Óleo de Eduardo Rosales Gallinas, en el Museo del Prado. 290x400)(*)
De mi interés por visitar las nuevas salas que se inauguraron en Octubre pasado en el Museo del Prado, con nuestra pintura del XIX, hasta Sorolla, ya les comenté en estas páginas a mediados de Julio pasado,en “Actualidad de nuestra pintura del XIX”. La ocasión de satisfacerlo, por fin, me la proporcionó el gran despliegue publicitario que se ha dado, mucho mayor que a estas nuevas salas de nuestro XIX, a la exposición temporal de Turner, también en el Prado, pero, como titulaba en este blog a finales del mes, “un Turner diferente”, ni el acuarelista ni el pintor de la luz, sino el academicista. El disgusto que pasé, quedó perfectamente compensado con la satisfacción de contemplar las creaciones de nuestros pintores, también academicistas, pero magníficos, de la misma época, unos pasillos más allá.
Como en la Inglaterra del XIX, ningún pintor era reconocido aquí ni aceptado en la academia, en nuestro país sobre todo la Academia de Bellas Artes de San Fernando, si no triunfaba en las exposiciones nacionales. A mitad de siglo, además, la prueba de fuego obligada era triunfar con un buen motivo histórico, y en formato “pared”, que diríamos ahora, de modo que los grandes cuadros de la época son de tema histórico y dramático. El academicismo, contra el que se volverán los impresionistas pronto, al otro lado de los Pirineos, da aquí unos frutos extraordinarios – no digo mayores que los franceses, pero sí que los ingleses- durante buena parte de aquel siglo. Es muy interesante el nacimiento y evolución de las academias en Europa. Hauser describe ampliamente los especiales efectos sobre el Barroco francés, de la conversión de la Academie Royal de Peinture et Sculpture, que nace en 1648 como asociación libre de miembros de derechos iguales, en una institución estatal con administración burocrática y autoritaria desde que, en 1664, Colbert se convierte en una especie de ministro de bellas artes, y la academia obtiene el privilegio de conceder los permisos para hacer exposiciones y concursos e incluso para impartir enseñanzas artísticas. En nuestro país no tienen importancia las academias hasta siglos más tarde. El absolutismo de nuestros reyes no alcanza estas dimensiones, si bien acertaron bastante en la elección de los pintores reales, hasta Goya, con el que comienza la nueva exposición del XIX en el Prado.
Buena parte del contenido de las dos salas que ahora dedica el Museo del Prado a aquella “Pintura de historia”, se incluía en los años sesenta en las habilitadas en los bajos de la Biblioteca Nacional bajo la denominación de “Museo de pintura contemporánea”, y asimismo parte de las ahora dedicadas a Madrazo, Rosales, Fortuny Haes, Sorolla y Beruete. Los pintores de la España negra, Zuloaga y Gutiérrez Solana, así como Vazquez Díaz, Miró y Picasso, pasaron al Reina Sofía. En la famosa polémica sobre la España negra, en que intervinieron Azorín y Unamuno, se comparaba a Zuloaga con Sorolla, y ambos convivieron con Haes y Beruete. El por qué unos pasan al Prado y otros al Reina Sofía, es, para mí, un misterio. Pero me alegro de que el XIX esté tan bien representado en nuestro primer museo.
Ha cambiado, pues, el criterio de “pintura contemporánea”, en estos cuarenta años que hemos cumplido tan rápido, y se recogen en el Prado muchas más obras del XIX que en aquel de los bajos de la Biblioteca Nacional, tanto porque ahora hay más espacio para recoger los fondos del Prado –que ya sabemos son muchos más de lo expuesto, por ejemplo de Fortuny tiene lo que no se puede ni contar-, como porque en estos años se han producido nuevas adquisiciones. Por primera vez se exponen ahora en el Museo las más recientes adquisiciones, como “El coracero francés” de José de Madrazo, adquirida el pasado verano, “Penitentes en la Basílica inferior de Asís”, de José Jiménez Aranda, adquirida en 2001, “Gran paisaje, Aragón” de Francisco Domingo Marqués, o “La niña María Figueroa vestida de menina” de Joaquín Sorolla, adquiridas estas dos últimas en el año 2000.
“La apertura de las nuevas salas dedicadas al siglo XIX – dice la web del museo- constituye uno de los hitos más importantes del Plan de Reordenación de Colecciones 2009-2012 tanto porque suman a la colección permanente casi doscientas obras, incluidas algunas nunca expuestas hasta ahora, como porque, desde este momento -y por primera vez-, el itinerario de la visita al Prado recorrerá de forma completa e ininterrumpida el discurso histórico del arte español desde el Románico hasta los maestros modernos del siglo XIX”. Y que “la apertura de las nuevas salas dedicadas al siglo XIX presentadas hoy supone aproximadamente una ganancia de alrededor de un 20% respecto al número de obras anteriormente expuestas”.
Las salas dedicadas a Goya se mantienen, y aunque casi todos los años sigo recorriéndolas, es verdaderamente un placer contemplar tantas facetas del mayor genio de la pintura de todos los tiempos. La colección de Goya en el Prado es completísima, maravillosa. Después han un pequeño vacío en la creatividad, aunque es muy interesante comprobar la influencia de Goya en varias de las obras de Eugenio Lucas y Leonardo Alenza, como Los condenados por la Inquisición y La Azotaina. Neoclasicismo y Romanticismo no fueron movimientos excesivamente afortunados para la pintura, la nuestra y la inglesa, que distrae –en el mal sentido- tanto en la exposición de Turner. Hasta que entramos en la época de la Pintura de historia. No obstante, la tradición del retratismo mantiene altas cotas en la pintura de esos años. Destaca la propaganda de las nuevas salas, que “la colección de retratos es muy numerosa y cuenta con ejemplos admirables”, entre los que cita como más valorados el de Goya de Vicente López, “La condesa de Vilches” de Federico de Madrazo y “Los Poetas contemporáneos” de Esquivel.
Muy simpática resulta la sucesión de obras de distintos pintores de la familia Madrazo, tres generaciones de artistas, desde el neoclasicismo del periodo de Fernando VII, del que fue un claro exponente José de Madrazo, el Romanticismo de Federico, gran retratista, y los trazos ya impresionistas de Raimundo y Ricardo. Hace dos años se expusieron unas sesenta obras de todos ellos en la muestra “El mundo de los Madrazo”, en la Real Academia de España en Roma, con la colección que adquirió en 2006 la Comunidad de Madrid, que pertenecía a los descendientes de María Teresa de Madrazo y de Madrazo.
Con Cecilia de Madrazo casó Fortuny, al que ahora se dedica una sala entera en el Prado, y del que Wikipedia dice – en plan divulgativo para tan amplia audiencia- que está considerado, con Eduardo Rosales, muy bien representado también ahora en el Prado, como uno de los pintores españoles más importantes del siglo, después de Goya, claro. Sentí que no se incluya ninguna de sus maravillosas acuarelas de asuntos cotidianos, realizadas con estilo minucioso y detallista, donde destaca el tratamiento especial de la luz, el dibujo y el color. Fortuny, que arrasó en el mercado europeo, murió con 36 años, sin haber podido realizar la evolución en su pintura que deseaba, y que sin duda hubiera sido una aportación decisiva a la escuela española en aquellos años que pondrían el arte patas arriba.
Para mi gusto el interés del visitante de las nuevas salas va creciendo, para llegar a la cumbre con los grandes pintores de finales de siglo, el paisajismo de Haes y Aureliano Beruete, cercano a la estética impresionista, y el gran Sorolla, que también está incluido, como no podía ser menos, en el museo Reina Sofía. Completísima muestra del XIX esta ampliación del Prado, oportunísima hoy. El siglo XIX, repito, está de moda.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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