Semana Santa: Lo que va de ayer a hoy
30.03.10 @ 07:55:19. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Santo Entierro. Detalle en domus pucelae.blogspot.com. Talla de Juan de Juni, en el Museo Nacional de San Gregorio, Valladolid)(*)
Entre las cosas que recuerdo de mi niñez está el ambiente de la Semana Santa. Vivíamos entonces día a día, hora a hora, la Pasión del Señor. Una de las cosas que yo hacía en aquellos lejanos días era privarme de cantar, y aguantar una semana en silencio era para mí, con mucho, el mayor de los sacrificios.
Del calendario me gustaba, sobre todo, la visita del Jueves Santo a los monumentos; esa especie de peregrinación. Alguna vez asistí con mi madre al Sermón de las Siete Palabras desde uno de los balcones de la casa de mis tías, en la Plaza Mayor de Valladolid, y relaciono el acontecimiento con un espléndido sol que contrastaba con la noche iluminada por las velas de los cofrades y los faroles de los pasos.
Ya me impresionaban entonces las tallas vallisoletanas. Estaba acostumbrado a verlas, y como mi madre y mi abuela eran especialmente sensibles al arte, ya sabía yo de Gregorio Fernández y de Juan de Juni y tantos otros. Me impresionaba la fuerza expresiva de los fuertes rasgos impresos por los imagineros castellanos en sus obras y que tan auténticamente expresaban el sufrimiento y el dolor. En cambio, los sayones me parecían toscos y manifiestamente mejorables, sobre todo teniendo en cuenta la perfección de las figuras principales, Cristo, la Virgen y los apóstoles. Aunque comprendiese que se trataba de resaltar la fealdad del alma acentuando la del aspecto exterior, me extrañaba que aquellos abyectos personajes no fueran tallados con el mismo cuidado que los otros.
También recuerdo cómo, según costumbre de familia, todos empezábamos a rezar los treinta y tres credos a las tres en punto de la tarde del Jueves Santo. Yo me arrodillaba al pie de la cama para hacerlo, y aquellos treinta minutos se me antojaban una eternidad, porque mi intención tropezaba con el sopor propio de una hora en la que la concentración se hace muy difícil.
De la Semana Santa de mis años infantiles en Valladolid, como de los que vinieron después en el Madrid de la posguerra, me viene sobre todo a la memoria la impresión de que el tiempo transcurría a un ritmo distinto del de otras épocas del año. Era una semana intensa en la que cada segundo se mostraba pleno de contenido. Yo imaginaba los instantes culminantes de la muerte de Cristo: la intensidad de su mirada alzada hacia el Padre en la soledad del huerto de los Olivos, su rictus de dolor a lo largo del camino hacia el Gólgota, o cómo se detenía el reloj ante la grandeza de su muerte en aquellos instantes inolvidables en los que el cielo se abría para derramar un perdón casi imposible y la tierra se oscurecía de vergüenza.
Pero no era yo uno de los pocos, sino de los muchos. Hoy me vienen al recuerdo las imágenes de cuando, en plena juventud, asistía a los ejercicios espirituales en la academia militar. Aquellos días vivíamos en lo más profundo de nosotros mismos el respeto a lo sagrado, el arrepentimiento por los pecados y la esperanza del perdón. Ahora me enternece recordar cómo, la víspera de la confesión, veía pasear juntos, por el inmenso patio de armas, a los dos cadetes más disipados y juerguistas. Por lo que se ve, se conocían bien el uno al otro y esto les servía para ayudarse mutuamente en la preparación del examen de conciencia.
Leo ahora una revista “Alfa y Omega” en la que dicen haber hecho una pequeña encuesta. Según los resultados que en ella se registran, el pecado es ya un concepto casi ajeno a los más jóvenes, y no sólo a ellos. Así nos luce el pelo. Por lo que se ve, lo bueno es lo que a cada uno le apetece. Y supongo que, para muchos, el Viernes Santo será, sobre todo, un buen día para el botellón. Al fin y al cabo, con él comienza un fin de semana y el cuerpo pide juerga. No es de extrañar, por tanto, que de cuando en cuando surja alguien que siente la necesidad de servir a los demás voluntariamente, aunque esto no siempre implique una visión trascendente de la vida, sino la sed de hacer algo de fundamento que rompa con la rutina y zafiedad reinantes.
Ante este panorama desolador yo me pregunto: ¿Qué mueve por dentro a estos muchachos de hoy casi perdidos para la fe, que no han vivido la experiencia del examen de conciencia, que no han sentido el dolor de corazón, que no ven razón alguna para la enmienda y viven atados a las maquinitas; esos muchos jóvenes para los que el objetivo de su vida es experimentar el placer del sexo? Pues, probablemente, el egoísmo. Entonces, ¿qué estamos haciendo de nuestros jóvenes? ¿Qué familias crearán? ¿Qué días nos esperan, si, como es de temer, estos muchachos no vuelven a beber del agua viva? No los presagio buenos, desde luego.
Ahora mi memoria vuela hacia la impresionante talla de la Penitencial de las Angustias - para nosotros “la Virgen de los cuchillos” - y ante la angustiada mirada de María pregunto avergonzado: Madre mía ¿cuántos cuchillos más te hemos clavado?
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