Masticación innecesaria
26.03.10 @ 08:00:25. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Fifth Avenue. Acuarela de John Salminen, en johnsalminen.com. 37.5x24.5)(*)
Es cosa de todo punto evidente y constatable que entre nuestros compatriotas se estila un antiamericanismo exacerbado, como también que tan radical actitud ha de tener alguna causa oculta. Algunos lo achacan a las secuelas de nuestra guerra con los Estados Unidos, o sea, al “Remember the Maine”. (De paso yo les recordaría que no todo el mundo puede presumir de haberse medido con el coloso americano a costa de un imperio). Otros lo atribuyen a la exhibición de poder de quien tiene la sartén por el mango, o sea, al peso de la púrpura, que es cosa que a algunos fastidia demasiado. Y no falta quien piense que la culpa proviene de que los norteamericanos osaron enfrentarse al socialismo real, o sea al de Stalin, Lenin y todos aquellos personajes. Hay que recordar que en España había - y en el fondo, sigue habiendo - quienes sentían por ellos algo más que simpatía.
A mí, en principio, los norteamericanos ni me van ni me vienen. Pero el destino ha querido que pasara entre ellos bastantes años de mi vida, y reconozco que suelen ser gente abierta y acogedora cuya compañía le hace a uno sentirse especialmente cómodo He tenido padrinos, con lo que sigo manteniendo contacto epistolar, que no dudaron en meterme en su casa como un miembro más de la familia para festejar el día de Acción de Gracias, la Nochebuena o el fin del Año, por sólo citar algunos días significativos. También fueron a recibirme al aeropuerto, cargaron mi frigorífico de alimentos esenciales, y hasta me esperaron con una tarta para celebrar la llegada. Y hubo quien me invitó a entrar en un hogar desconocido porque éste era de un amigo de un amigo que se abría generosamente al forastero. A esto lo llaman allí una “open house”.
Pero, sobre todo, nunca vi a un norteamericano poner un gesto de extrañeza o esbozar una sonrisa irónica o condescendiente ante la torpeza de quienes querían entenderse con su imperfecto inglés, y esto me parece digno del mayor encomio. Una vez observé que nadie se inmutaba ni mostraba su perplejidad ante un importante personaje al que oyeron pronunciar como “cadáver” lo que debiera ser “cuerpo de ejército”.
Sí reconoceré que me levanté del patio de butacas para abandonar una clase de historia por un juego de palabras que hacía contrastar el objetivo de los conquistadores españoles - que según el profesor “buscaban el oro” (gold) - con el de los padres fundadores de la nación, que “buscaban a Dios” (God). Y he de decir que me llamaron de la dirección del curso para darme explicaciones y ofrecerme la ocasión de expresar el porqué de mi justa indignación. Pero este fastidioso incidente no puede empañar la más que favorable impresión general que yo conservo de los norteamericanos en general. Y me gustaría añadir otra cosa, y ésta es que casi siempre me sentí intelectualmente más a gusto con ellos que con mis propios compatriotas, entre los que la lógica y la razón se muestran ausentes con una excesiva frecuencia. Porque me reconocerán que el surrealismo es divertido e incluso interesante como arte, pero catastrófico para vivirlo el día a día.
Este largo preámbulo tiene por objeto que mi improbable lector pueda entenderme ante una acusación de prejuicio que sobre mí podría recaer si le dijera que yo también tengo un justificado y muy concreto motivo de odio hacia ese pueblo, admirable por otras muchas y poderosas razones. Me estoy refiriendo a quienes pusieron un hombre en la luna, transformaron nuestro mundo desde Silicon Valley, y salvaron a Europa de la esclavitud un par de veces. Esos que siempre se mojan y hacen lo que otros, para quedar bien y sacar más votos, cobardemente eluden.
Supongo que usted mismo, querido lector, estará pensando que mi antiamericanismo tiene su causa en la política norteamericana, en las famosas armas de destrucción masiva, en el denostado Presidente Bush o en cualquier cosa por el estilo. Pero no es así, y quien así lo crea se equivoca. Porque lo que a mi verdaderamente me fastidia de los norteamericanos - y en esto confieso que me acerco al odio - es que inventaran la goma de mascar. O sea, el chicle.
Y mire que no soy maniático. Tengo otros “peros”, sí, pero maniático no soy en absoluto. Lo que me supera es la estupidez, y quizá por eso tenga una obsesiva fijación contra los grafiteros que le pintan a usted la pared sin pedir permiso, y contra quienes, en vano y sin aparente necesidad, mastican compulsivamente. Algo veo yo en el frenético movimiento bucal del mascachicles que me enerva hasta el punto de haberme encontrado a mí mismo más de una vez remedando cara a cara a éste como para hacerle comprender la ridiculez de tan estúpida y antiartística manía.
A veces, el movimiento facial del mascachicles se hace de tal modo repetitivo y acelerado que se diría hasta espasmódico. Esto ocurre, por ejemplo, con algunos entrenadores - especialmente de fútbol - que entran en una imparable excitación chiclera durante los noventa minutos de juego más el tiempo añadido.
Pero no es ésta la única situación límite en la que suele caer quien practica un vicio tan estúpido como al que ahora me refiero, porque también hemos visto hinchar globitos para hacerlos luego estallar ante la nariz, y conste que quienes practican tan improductiva actividad no siempre eran niños o niñas de corta edad. En efecto, lo de masticar en vano y con efectos especiales es cosa que también vengo observando en gente no tan joven. Un estudiante de Química, de cuya muerte no ha mucho nos informaron, se fue al otro mundo como consecuencia de la explosión producida por este absurdo procedimiento. Y, desde luego, no es que vaya a expresar mi alegría por el accidente - pues nada está más lejos de mí que el alegrarme de la desgracia ajena - pero sí que pondré este caso como uno de los más significativos ejemplos de la inevitable y creciente estupidez humana.
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