Primeros rayos de sol
23.03.10 @ 08:00:54. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Óleo de Julia Hidalgo, en artelista.com)(*)
Con la triste noticia de la muerte de nuestro más ilustre vallisoletano nos llegaron los primeros rayos de sol de este invierno tan cercano ya a la primavera. Creíamos que la larga racha de fríos extremos, lluvias torrenciales y nieves generosas no se acabaría nunca, cuando una buena mañana apareció el sol como esos niños que un día se pierden haciendo una trastada y luego vuelven a aparecer sanos, salvos y hasta sonrientes, provocando entre sus parientes y vecinos una gran explosión de alegría.
El canto de los pájaros me dio la noticia por la mañana temprano, antes incluso de que yo subiera la persiana de mi alcoba. Aquello era una verdadera fiesta; se lo juro. Todos andaban como enloquecidos; cruzando de una parte a otra del jardín y acumulándose precipitadamente delante de la casa, en ese pedacito de Mediterráneo presidido por el olivo y los cipreses y cerca de donde, en un ambiente de plantas aromáticas, la Virgen nos contempla desde la pequeña gruta que adornarán el jazmín y las rosas.
Los que más bulla armaban eran los gorriones y los mirlos. La verdad es que no me extrañó que la armaran los gorriones, que son como pequeños niños traviesos, pero sí me sorprendió ver tanta excitación entre los mirlos, que suelen ser gente seria y circunspecta. Unos y otros venían por parejas: los gorriones con su antifaz y su mínima pechera negra; ellas más como de diario, porque son de un natural sencillo. En cuanto a los mirlos, me parecieron más relucientes que nunca - como si de las lluvias hubiera sacado intensidad el amarillo de sus picos - y más brillante su pelaje, negro requetenegro como el carbón de encina. Hasta las mirlas, que prefieren tonos más apagados, parecían haber aprovechado la ocasión para renovar el vestuario.
¡Qué prisa se daban todos! Se diría que, como llevaban meses enteros aguantando nevadas y chaparrones, querían recuperar el tiempo perdido y no retrasar los trabajos pendientes. Y, en efecto, algo debería tener que ver aquello con sus afanes y responsabilidades, a juzgar por la motivación que yo observaba entre nuestros pequeños y no tan pequeños compañeros.
Hasta el simpático petirrojo, con su chaleco encendido, se sumaba al jolgorio general. No le encontré desmejorado por los fríos; tenía el buen color de siempre, y mantenía el alto pecho erguido como suele, transmitiendo esa su imagen habitual de niño ingenuo y confiado. Yo le agradezco mucho que no vea en mí a un extraño, y quizá por eso me sienta tan identificado con él. A veces, hasta pienso que podríamos congeniar si nos tratáramos un poquito más.
El caso es que al cabo de un rato amainó la algarabía, se serenó el ambiente, y los gorriones se trasladaron a la zona del porche para desplegar por el césped en busca de pequeñas cosas que soy incapaz de describir. Supongo que se trataría de algo que valiera la pena, porque no creo yo que estos simpáticos pajarillos sean capaces de picotear y fingir que hacen lo que no hacen. Si picoteaban es porque encontraron algo de fundamento, digo yo.
Los que sí se llevaron un buen bocado fueron los mirlos, que se acercaron al porche poco después, cuando los gorriones, tras subirse y apearse de las ramas varias veces, decidieron pasar definitivamente al jardín de al lado. Desde las amplias ventanas del cuarto de estar vi yo a uno de ellos entrando a saco en un curioso despliegue de gusanillos que suelen salir de una de las bocas de riego. Nuestro amigo se tragó uno con avidez y agarró otro con el pico para salir luego volando como suele ser en él habitual, es decir, sin levantar del suelo demasiado. Supongo que iría a ofrecérselo a la hembra en un lugar discreto.
Les diré que en el jolgorio inicial me pareció ver pájaros de otras especies, pero eran tantos, y tan intenso el jaleo, que no acerté a identificarlas. Sí que creí ver algún que otro verderón, especie que abunda también en nuestros pagos, pero no estoy seguro al cien por cien.
Tampoco sé si don Miguel era o no un buen ornitólogo, pero todo apunta a que no había un pájaro del que no supiera el nombre y las costumbres. En todo caso estoy seguro de que los amaba sin medida, ya que en el campo de Castilla ellos son los encargados de la música juntamente con los altos chopos, los álamos, los regatos y los ríos. Por eso, al saber que la noticia de la muerte de nuestro ilustre vallisoletano coincidía con esta explosión de primavera adelantada, creí encontrar un saludo, un adiós… no sé, algún símbolo, en el exuberante vuelo de mis pájaros. Quizá se tratara simplemente de un homenaje a quien fue su amigo y compañero.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2714/4448479110_5947fb201d_o.jpg
Comentarios:
bonita";no digamos a la especie perdiz roja de nuestros montes, páramos y laderas. Amaba a las reales "pechugonas" cuando estallaba en el azul del cielo el esplendor de la llamarada roja y azul, al ser abatida por el disparo de su escopeta de "dos caños". Amaba, como nadie, cada especie y su entorno, identificándose con él.Como, cristiano de una pieza (ya lo dije), lo veo ahora, escopeta y perro, de recorrido diario en los más hermosos cazaderos. Foramontano de Valladolid: con la fauna de tu jardín, que imagino precioso, también eres delibiano. Identificado también, sin endiosarlo, con la luz del sol que, gratificante, recibimos.Mis saludos afectuosos a tus "pájaros y flores", que tan bien describes.
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