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Mis amores. El desfile de la victoria

Permalink 21.03.10 @ 08:00:22. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Madrid. Óleo de Aureliano de Beruete y Moret, en pintura.aut.org)(*)

Pienso yo que mi papel de escritor- que no lo soy, y me gustaría haberlo sido- no está a la altura de los acontecimientos de los que conozco los más por confidencias del propio Ricardo y que, como un conductor de un coche excesivamente prudente, utilizo mucho las velocidades y el freno.

Ricardo vivió un acontecimiento no sé si decir inolvidable o memorable: el gran desfile de la Victoria en Madrid. Me dijo, que probablemente le hizo alusión a María en alguna de sus cartas de cómo nombrado gastador, desfilaría en la capital de España en la efemérides señalada; y que por supuesto acariciaba el sueño de que allí pudieran verse. Tantas y tantas cosas más digo yo que le escribiría, que con el impresionante ajetreo de los preparativos, no volvió a acordarse de la remota, imposible, circunstancia de verse en Madrid. ¡Menudo regalo!

Ricardo no era presumido en absoluto. Pero era muy responsable y en cuanto hubo comprobado el calor de los aplausos que brotaban de las tribunas instaladas en el paseo de la Castellana, sintió que le sacudía un recio estremecimiento. Desde su puesto en la “Escuadra”, veía sin mirar a la muchedumbre enfervorizada. No suponía, con haber pensado mucho en el desfile, que pudiera convertirse en una cosa tan importante, para que el pueblo se acercase al Ejército y para que él sintiese el orgullo de ser militar.

Pensó en su pelirrojilla. Y, más erguido aún si cabe, prosiguió el desfile. El desfile del sueño imposible.

Como el rayo surca el cielo en días de tormenta, así surcó la visión por la retina del gastador: le pareció ver unos cabellos dorados, familiares, entrañables, inconfundibles entre otros muchos en una tribuna rebosante de personas importantes. Hubiera sido sólo un sueño, muy bello, pero sueño, si el cabo de la Escuadra no hubiera mandado: ¡Vista a la derecha!

No vio a la autoridad; pero sí a ella. Porque era, ¡realmente!, María, la que aplaudía con entusiasmo a su paso. No acierta a comprender –me confesó luego- cómo no perdió el compás del paso cuando le saltó el corazón dentro, hasta casi salirse del pecho. ¡Había venido! Su pelirrojilla en Madrid...

***

Buscando mis amores... Entre la baraúnda de la multitud bulliciosa, el amor encontró al amor. Me confesó sincero Ricardo, que ningún sacrificio lo fue tanto como no fundirse en un abrazo con ella, de uniforme y en presencia de la madre de María y de “todo Madrid”. Nada más puedo contar, porque me dijo Ricardo que apenas si recuerda lo que pasó luego. Sabe sólo, que aún más henchido de amor, su “noviazgo formal” entró en el “séptimo cielo”.

Sucediera lo que sucediese, el público aplaudió a rabiar, lo mismo que hubieran hecho en el barrio.

Ellos se sintieron, como en su ciudad, los novios del barrio. Este numerito de levantar a María por los codos en vilo, lo había en puesto en práctica Ricardo al menos en otra ocasión, que yo sepa, aunque sin el complemento del desfile. Ocurrió en el Paseo de los Álamos junto a un Pisuerga maduro y reposado. Ignoro el motivo que dio ocasión a aquel homenaje a María, exaltada a altura suficiente para que se mirase en los ojos del Caballero Cadete. Pero me consta el resultado: cuando Ricardo posaba en el suelo con toda delicadeza a su pelirrojilla, estalló un aplauso no muy numeroso pero sí muy enérgico , y una voz que le acompañaba:

“¡Bravo Ricardo! ¡Así se hace, sí señor!”

Era la voz de un deudo muy próximo de Ricardo, ya mayor, que caminaba tras los novios por el paseo con su mujer, y celebraba en tono festivo y positivo el número, lleno de alegría juvenil que había llevado a cabo su pariente con pulcritud circense.

No porque lo conozca al detalle, voy a relatar los pormenores del amor entre Ricardo y María durante el verano que llegó pronto, ni durante todo el siguiente curso. Para los novios, cada día con su propio afán fue sin duda irrepetible.

Bien puede imaginarse, pues, el lector, que si no idéntico durante todo este tiempo, fue similar el amor- pasión de Ricardo por la caza en la Vega, y como un calco el mismo, pero cada vez más encendido amor bajo el saúco, en el cine, el Amor en Misa, por el Paseo de La Alameda... Mes tras mes, de amor, Amor, amor...

No había ningún tipo de cuestiones de competencia, todo era limpio y cabía en el mismo saco como decía él. Y el día de mañana tendría que meter más en el mismo sitio, porque vendrían los hijos, los que Dios quisiese, los compañeros junto a los que trabajase, los soldados que le confiasen, las misiones que le encargaran... Él tenía que amar todo lo que hacía para sentirse él mismo.

Cuando todo hacía presagiar un amor consolidado, surgió lo imprevisto…

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4068/4440105263_320b4f612a_o.jpg


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