Una mañana en la imperial Toledo
19.03.10 @ 08:00:18. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Vista de Toledo. Óleo de Domenikos Theotokopoulos, “El Greco”, en pintura.aut.org. 1596-1600. The Metropolitan Museum of Art. New York. 121 x 109)(*)
No voy a entrar en la polémica que suscitó la noticia de que se llevarían de Madrid el Museo del Ejército. Quitarlo de la capital de la nación para “recuperar” el salón de Reinos, y contribuir con ello a la ampliación de El Prado, pareció una muestra más de desprecio a la milicia y a su historia, porque estaba considerado como uno de los mejores museos de su especie, y un museo militar es lo más parecido a un museo de la Historia de España. Pronto surgió otro importante motivo de preocupación: las declaradas intenciones de la Ley de Memoria Histórica hacían temer que ésta entrara a saco en la Historia militar en general - y, sobre todo, en la más reciente - para dar de ella una versión contaminada por el sectarismo.
Esta razón fue, precisamente, la que me llevó a visitar la nueva sede de Toledo acompañando a dos nietos de un destacado general. Su madre había cedido varios recuerdos significativos con la condición de que fueran dignamente exhibidos, y estaba decidida a retirarlos en caso contrario.
La verdad es que quedamos realmente impresionados por el titánico esfuerzo que allí se está realizando. No se trata solamente de trasladar un enorme museo de un lugar a otro, con las dificultades lógicas que supone el transporte de un enorme tonelaje de materiales y efectos enormemente sensibles, ni es sólo cuestión de ampliar las nobles instalaciones donde se albergará el tesoro, sino que además se pretende cambiarlo de naturaleza, puesto que de un profuso museo romántico pasará a convertirse en un museo didáctico y conforme al actual estado del arte.
Por otra parte, como las dos plantas principales del Alcázar resultan insuficientes para el empeño, se hizo preciso levantar un nuevo edificio aledaño, y esto añadió otra importante complicación, originada por los restos arqueológicos de las sucesivas fortificaciones que a lo largo de los siglos aprovecharon aquella posición dominante sobre el Tajo. Los impresionantes restos con los que tropezaron las aludidas obras de construcción pueden verse hoy en el interior del museo y constituyen uno de sus muchos e indudables atractivos.
Una buena parte de los fondos del antiguo museo de Artillería, luego museo del Ejército, quedarán recluidos en unos enormes almacenes. Son demasiadas cosas, y el carácter didáctico de la nueva versión del museo así lo exige. Sólo se exhibirá de forma permanente una limitada parte de ellas, y el resto permanecerá almacenado de forma tal que haga posible la observación ordenada por parte de los expertos y su presentación temporal en exposiciones monográficas.
Desde luego caben dudas de si el nuevo museo será o no visitado por mucha gente, porque Toledo está tan cercano a Madrid que permite a los turistas ir y venir en el día y aun así contemplar un buen número de lugares interesantes referidos sobre todo al Greco, al encuentro de las tres culturas y a la gesta del Alcázar, pero se hace dudoso que en ese tipo de programa quepa también la visita a uno de los mejores museos militares del mundo.
En cualquier caso no tengo tiempo de entrar en este tipo de disquisiciones. Sólo me referiré al ingente esfuerzo de organización que vienen realizando aquellos mandos militares que, estuvieran o no conformes con la idea inicial, han visto en sus manos la responsabilidad de llevar a buen término tan ingente empeño.
En nuestra mañana toledana pudimos visitar la gran variedad de talleres en los que se realizan las delicadas tareas de reconstrucción y limpieza. Cada antiguo uniforme, cada condecoración, cada arma, cada bandera, cada cuadro, cada documento, cada artefacto histórico; cada pieza en suma, es objeto de cuidados y tratamientos que cortan su proceso de envejecimiento, garantizan su buena conservación y la ponen en buenas condiciones para la exhibición. Todo queda ordenado y numerado; cada cosa que se sitúa en los almacenes permanecerá conservada en empaques y cajas adecuadas a su tamaño y naturaleza, a la temperatura conveniente, con el grado de humedad aconsejable, y en armarios ad-hoc. Montacargas de gran tonelaje permiten elevar las grandes piezas de artillería hasta los amplios pasillos. Todo, tal como dije, según el estado actual del arte.
Les diré que hicimos una arriesgada prueba. Con todo lo que se ha movido de un lugar a otro, con tantas operaciones como se han realizado para la conservación, con el traslado de los archivos, con tantas obras de acondicionamiento, ¿podrían mis amigos encontrar con rapidez los efectos de la familia? Y si fuera así, ¿en qué condiciones los hallarían?
El resultado es que fueron apareciendo todos, uno a uno, en un almacén u otro según su carácter y naturaleza. Cada cosa en el lugar esperado, perfectamente limpia. “Mejor que estaba en casa” nos dijeron los deudos, ellos que venían con la mosca tras la oreja. Cada efecto guardado, perfectamente envuelto, protegido en el lugar idóneo, en la caja, en el estuche, en la percha adecuada y a medida. La pistola, reluciente en el alveolo hecho ex profeso para alojarlo.
No sé cómo acabará la cosa. La solución, en el número próximo, como solía decirse antes. Mi pregunta es: ¿resistirán con éxito estos hombres que hoy se esfuerzan cada día por que nuestro museo no sea sólo el mejor y más moderno del mundo, sino también por que no nos lo malogren contaminándolo con propaganda sectaria y enemiga de la milicia? Desde luego, yo no les arriendo la ganancia. Sí que admiro el denodado esfuerzo que realizan por cumplir con su responsabilidad en un mar de presiones acumuladas: las de los políticos que van a lo que van, las de los expertos que se creen la voz de la sabiduría, y las de tantos amigos del museo cargados de razones para la preocupación y el descontento.
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