Cómo superar la hemiplejia leyendo a Delibes
18.03.10 @ 08:00:25. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Campesino con alforjas. Óleo de José Vela Zanetti en pintura.aut.org. 1970. 78 x 96)(*)
Acababan de concederme, con suma benevolencia, el premio literario de la Federación de Centros de Castilla y León en el País Vasco (Vascongadas para mí y no se me ofendan) con mi obrita ¡”Viva la maña”! En el periódico “El Correo español, el pueblo vasco”, salió la entrevista que me hicieron con tal motivo. Había comentado con el periodista, que, sobre todos los escritores, me gustaba Miguel Delibes, al que había leído con fruición durante mi forzosa quietud recién padecida la hemiplejia que llevo puesta.
Seguro que por falta de noticias importantes, lo publicaron en el número que conservo para alimentar mi vanidad: una fotografía “del escritor”… con una frase -inventada- que decía como el título de referencia. Fue inventada, pero no falsa. Leer a Delibes fue un verdadero alivio en momentos duros. Cazador como él: de escopeta y perro, o sin perro. Campero como él, pues “viví el campo” aún más que los domingos o cuando se abría la veda. Para mí, su lenguaje era del todo inteligible. Era, y es, mi lenguaje. Me divertí, trabajé y como que nací en el campo. Una delicia leer a quien entendía divinamente. Devoraba sus libros, que casi me hacían olvidar el percance inesperado. Él, Delibes, y Miguel Martín Fernández de Velasco, mi amigo y gran escritor, con su Peña Grande. Se lo recomiendo; el libro, no la hemiplejia, claro, aunque tampoco es para tanto, mi ¿mal?, claro.
Aconsejado de no permanecer inactivo, que para nadie es bueno, comencé con lo que nunca me permitieron tal vez excesivas ocupaciones: escribir. Al echar de menos algunas de estas actividades y aficiones, rememoré por escrito las más ilusionantes durante años: el campo y la caza.
Charlaba con mi amigo Fernando Altés Bustelo, propietario y por entonces director del Norte de Castilla, su periódico y el de Valladolid de toda la vida, cuando se interesó por mis ocupaciones.
Escribo, le dije a secas. Cuando en el devenir de la conversación salió el motivo de mis escrituras, puso aún más atención.
-¿Por qué no me envías alguno de tus artículos? Puse cara de haba, pero siempre vanidoso, accedí. Le gustaron. Con orejas tiesas como los burros, escuché su propuesta:
-¿Quieres que se te publiquen en el Norte?, escuché, sin apenas dar crédito a lo que me decía. “Casualmente”, llevaba un artículo en el bolso. Campero el artículo y cuajado de expresiones propias, y vividas, del Valle del Duero.
Verlo plasmado en el “papel” unos días después, hizo que se me subieran repetidamente los congojos. ¡Pero si desde niño en la revista Unión del colegio de Lourdes, jamás me habían publicado nada...! Por aquel tiempo componían el Consejo de Redacción Miguel Delibes, Francisco Javier Martín Abril y el propio Fernando. Todos q. e. p. d. Como en extremo bondadosos, porque lo eran, les daban el Vº Bº, trabajé duro en lo que me gustaba y podía. Salieron como churros. Puede que en su más pleno sentido. ¡¡Y, encima, me los pagaron!!
Compré mi primer ordenador e impresora. Seguí escribiendo con asiduidad, ¡a ver…! Y comenzó mi particular calvario, que aún sigue… : si el remunerado trabajo era placentero, no así el aprendizaje de estas máquinas “de los demonios”. Puede que me hayan desenredado algún cable, que lo dudo. Mas lo seguro es, que tengo tal enredo dentro, que el milagro fue no estampar contra la pared, “el bicho”. No lo hice. Adquirí un “portátil”. ¡Madre del amor Hermoso, qué nuevo calvario! Lo que me faltaba por enredar, se me complicó del todo.
Pero a lo que íbamos, que no es a hablar de mis problemas. La generosidad de mi compañero de cole, aún con años de diferencia, bastante menos con sus hermanos, hizo que me adentrase en el apasionante mundo de las letras. Debo al hoy fallecido Miguel Delibes, lo que él en persona nunca pudo, o sí, imaginar. El periodista vasco-profeta, acertó de pleno. Un pueblo entero -Traspinedo- escuchaba la lectura de mis cuasi diarios artículos durante varios años en derredor de una mesa donde el lector encaramado desgranaba nombre y expresiones familiares. En “cá Taca”, no me quieren cobrar si entro en el bar. Miguel Delibes tuvo la “culpa”. El humanista; el defensor de castellano; el maestro de narradores; el que con algún premio dijo con sencilla humildad: “mucho metal para mí”; el “Foramontano de honor, hijo adoptivo de Molledo; el maestro de maestros en narrativa y ensayo, nos ha dejado. Hablé varias veces-no muchas- con él, pues ensimismado en sus escritos, creo, era más bien huraño (él lo dijo), no era propicio a la conversación forzosamente elogiosas, se nos fue sin darle las gracias.
De la mejor manera que sé y puedo, esta mañana ofrecí por el eterno descanso de su alma mi Misa. Espero cumplir con esa grata deuda, cuando mi admirado voluntario en el crucero Canarias y yo (Dios lo quiera), nos encontremos cazando en las más feraces praderas, montes y laderas de peñalbas y villabañez de otros mundos donde no hay llanto ni dolor, ni enfermedades, ni sufrimientos… y las perdices más bravas y rojas que jamás cazáramos. Y milanas bonitas y Ángeles (su querida esposa-“la señora de rojo sobre fondo gris”-, vecina y conocida del barrio en el Valladolid de toda la vida). Descansa en paz, querido Miguel, y besa la mano de mi parte a Ángeles, ángel de tu nuevo cielo.
Un último favor: como aún sigo en recuperación hemipléjica, seguro que tu éxito será mayor si me reservas a tu lado un puesto de cazadores en mano (tú y yo solos como te gustaba), por los cazaderos que ya habrás descubierto. Quiero ser tu compañero de escopeta y perro. Dar contigo uno o varios tientos a la bota, cuando “bajados de la burra y escopeta en tercerola” descansemos de interminables andaduras por montes y morenas castellanas. Nos vemos… honorífico foramontano de Molledo. Dios te bendiga.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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