Dedicado a D. Miguel Delibes
17.03.10 @ 07:50:35. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Boceto para el Mural El Impulso del Hombre,1966. Técnica mixta sobre papel, de José Vela Zanetti en pintura.aut.org. 93 x 55)(*)
Espectacular concierto el que Arcadi Volodos, el nuevo “genio del piano”, dedicó el pasado sábado, como no podía ser de otra manera, al gran maestro Miguel Delibes, en el auditorio vallisoletano que lleva su nombre. Homenaje, el propio, magnífico, “Auditorio Miguel Delibes” que puede decirse todavía estamos estrenando; pero también esta temporada de música en ese su auditorio, que está siendo magnífica; y el concierto del sábado, ya para caerse las paredes. Recuerdo la extraordinaria técnica de Ivo Pogorelich, que pudimos apreciar, hace ya años, yo creo que cuando se restauró el Calderón. Un “monstruo del piano”, decíamos. Pues Volodos no lo es menos, y para mi gusto más apasionado, con más fuerza todavía. Qué gran concierto, pensaba mientras lo oíamos, para festejar a Delibes; espero pueda ya oírlo, y a la vez cobrar una buena perdiz, que es lo que él esperaba de la gloria accidental, como contaba en “Diario de un cazador”. Seguro. Aquella tercera de ABC suya, en defensa de la vida del no nacido, cuando pocos daban la cara, el Señor se lo habrá devuelto ahora centuplicado.
Muy buena gente, Don Miguel, quizá un poco pesimista. “La madre se echó a reir –confiesa, en boca de Lorenzo, también en “Diario de un cazador”- y me dijo que ya de chico era igual, que el día que se abría la veda lloraba pensando en el día que habría de cerrarse”. Son, quizá, peculiaridades de las raíces castellanas, que tan detalladamente describió en “Castilla, lo castellano y los castellanos”. “La inseguridad atmosférica ha originado en el labriego castellano una segunda naturaleza basada en la desconfianza: desconfianza en las propias fuerzas y en la asistencia del sol o del agua que necesita. Esta desconfianza, apuntalada en razones climatológicas, va extendiéndose después hacia sus convecinos y hacia la vida misma y acaba configurando una manera de ser: la del hombre instisfecho, receloso, que vive en una perpetua zozobra. El campesino castellano, por sistema, nunca nos dirá que las cosas van bien”. Y añade: “Su impotencia frente al cielo, la conciencia de su insignificancia en un paisaje infinito, acentúan la religiosidad del castellano”.
Pero también aclara, en la misma obra, que ese “paisaje infinito” es solo una parte de Castilla, que es ciertamente muy variada. “La impresión de infinitud y vacuidad que su paisaje produce en el forastero, se refieren a la Castilla llana y, más propiamente aún, a la Tierra de Campos. Esta Castilla, la Castilla árida y desamueblada, dotada de elementos mínimos, es la Castilla de Unamuno, Azorín y Machado, la Castilla espectacular precisamente por la carencia de ornato, por la falta total de espectáculos: el mar de surcos, el páramo pedregoso, los sombríos montes de encina, los pueblecitos de adobes, rodeados de bardas, con la esquemática pobeda sombreándolos, los cerros motilones pespunteados por una docena de almendros raquíticos, las dos hileras de chopos flanqueando marcialmente el hilo escuálido, invisible, de un regato… Ésta, quizá, sea, desde un punto de vista topográfico, la Castilla esencial, la Castilla por antonomasia y, por ende, la Castilla literaria”.
Le echamos de menos, ya hace algún tiempo, por las calles de Valladolid, con gorra y tabardo, quienes bebimos en su prosa. Yo hacía una lista de palabras que me sonaban con sabor castellano, tomadas de Delibes y de Azorín, para dar ese especial toque a mis artículos “Por tierras de Castilla”. Todavía al recoger sus textos en éste, tengo que mirar el diccionario: “pobeda”, lugar poblado de pobos, álamos blancos. Ya no se me olvida. Pero en su legado, su obra, nos está pidiendo que no le echemos de menos. “En mi pueblo no se da demasiada importancia a las cosas y si uno se va, ya volverá; y su uno enferma, ya sanará; y si no sana, que se muera y que le entierren. Después de todo, el pueblo permanece y algo queda de uno agarrado a los cuetos, los chopos y los rastrojos”. A usted seguimos viéndole, maestro, también en el Auditorio vallisoletano. Así es, muy cierto. Probablemente el viernes que viene, la magnífica violinista Janine Cansen le dedicará también su interpretación, y nos uniremos todos al homenaje, que continúa.
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