Jornada vallisoletana
12.03.10 @ 08:00:29. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(En la Plaza Mayor, Valladolid. Acuarela de José María Arévalo.23x16)(*)
Aunque el día ya no amenazaba nieve como en nuestro anterior intento, sí que amaneció envuelto en una lluvia pertinaz y omnidireccional, de esas que parecen venirnos de todas las direcciones y sentidos. Día húmedo y hostil, como casi todos los de este invierno. Pero llegados a Valladolid el tiempo cambió, y de ahí en adelante vivimos una jornada agradablemente soleada. Hasta el viento racheado que nos recibió junto al Pisuerga fue amainando con el paso de las horas.
Éramos un pequeño grupo de amigos, y la idea consistía en pasar un día con Carlos Bustamante; vivir su propio ambiente. Nada mejor, por tanto, que acercarnos a Traspinedo, cabe el río Duero y la Dehesa de Peñalba, donde nuestro amigo y compañero pasó gran parte de su vida, tan bien reflejada en muchos de sus jugosos y descriptivos artículos.
Cualquiera que haya seguido las series de este blog conocerá ya aquel rincón de Castilla, e incluso habrá sido testigo de las aventuras cinegéticas de nuestro compañero foramontano, de sus trabajos en la era y hasta de sus tempranos amoríos. Así habrá tenido ocasión de vivir el día a día de un ser apasionado y vital y tan aparentemente fuerte como sensible. Quien haya seguido sus relatos sabe ya, si no tuvo ocasión de experimentarlo personalmente, cómo suena la voz de las bodegas y cómo huelen los patatales y los viñedos. Y cómo balan los corderos cuando uno se acerca con el pienso, y lo que se siente cuando se hace correr la bota tras el trabajo en la era o cuando buscamos la sombra con la frente perlada de sudor, o cuando despega la perdiz roja de entre los surcos polvorientos.
En Traspinedo nos esperaban una sopa caliente de esas que hacen revivir a un muerto, unas buenas barras de lechazo y un chorizo frito y bien cortado, y, claro está, una botella de ribera del Duero, bebida con moderación porque somos gente austera y queda carretera por delante. La comida culminó con una tarta de piñones de las que hacen honor a la toponimia.
Al regreso, Carlos nos señaló unas cortaduras sobre el río: “Mira, la finca estaba a esa altura”, dice, así, en pretérito, Y añade: “Y por allá arriba cazábamos mi hermano y yo”. Y apuntó a una cumbre tajada que destaca bajo el cielo azul. Todo esto lo dijo con un toque de nostalgia. Y nos recordó algunas de las aventuras plasmadas por su pluma, como aquélla de cuando los dos hermanos se aventuraron nada menos que a fabricar la pólvora.
Antes, nada más llegar a la casa de Valladolid, vecina de la parroquia de San Lorenzo, me había interesado por conocer el rincón donde Carlos trabaja, así que ahora ya puedo imaginarle inclinado sobre el ordenador para evocar escenas de su niñez o de su juventud, o tomando su lanza y su adarga para arremeter una vez más contra los molinos de la estupidez y la maldad, que crecen como setas en el paisaje desolado de nuestro entorno moral.
La visita me regaló la ocasión de conocer personalmente a José María Arévalo, el primero de los foramontanos. Es casi exactamente como le imaginé, y conste que nadie me lo había descrito previamente. De verdad; si me hubieran pedido un retrato robot basado simplemente en mi intuición, le habría dibujado muy parecido a como es en la realidad. Sólo me dio la impresión de ser algo más joven de lo que yo suponía, quizá por contraste con nosotros mismos, todos en los setenta y tantos. De él recibí el obsequio de una de sus magníficas acuarelas, largamente esperada. Representa una esquina de los soportales de la plaza Mayor que bien pudiera ser la de la casa de mis tías, visita obligada de mis años infantiles. Desde allí veía yo las procesiones y me entretenía con el ir y venir de la gente en esas tardes eternas de los domingos y fiestas de guardar.
Jornada perfecta. Problemas, ninguno. Sólo que la salida hacia Traspinedo resultaría algo más complicada que lo normal. Durante un buen rato fuimos de Valladolid a Valladolid pasando por Valladolid. Por lo que se ve, el Plan E u otros proyectos municipales han puesto una de las orillas del río patas arriba. Pero nada se resistió al GPS, que se las apañó para salir del laberinto.
De Valladolid no regresamos de vacío. Volvimos llenos de buenos recuerdos y sensaciones, con el espíritu en calma, unos ricos mantecados de Traspinedo y unas botellitas de buen vino tinto. Y yo, además, con mi evocadora acuarela como símbolo de una nueva y ya casi antigua amistad.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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