Mis amores. Henchido de amores
11.03.10 @ 08:00:56. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(El Pilar de Zaragoza . Acuarela de Francisco Castro)(*)
Buscando mis amores, iré por esos montes... Los de san Gregorio, inmediatos a la Academia, son montes de una dureza extrema. No tanto para Rodrigo y Ricardo, como para la mayoría de los Caballeros Cadetes. Esto era así, porque aun siendo un horno en la época de calor y gélidos en la de frío, montes al fin, los dos hermanos vivían, se movían y “combatían” en ellos de la misma manera que lo habían hecho en la Vega durante años: en su elemento.
Más duro les resultaban horas y más horas de clases y estudio intenso en las aulas, que vivir mañanas, tardes ¡y noches! trillando a golpe de sus pisadas tan inhóspitos parajes. ¡Y qué dureza les podría significar combatir, incluso con fuego real, si disparar contra enemigos imaginarios era gratis y en abundancia! Tampoco –y perdonen si les parece inmodestia, aunque no creo, porque de sobra conocen ya a mis “apuntadores”- les suponía ningún sacrificio ni trauma, las clases de equitación en el exterior o en el picadero, que constituían el verdadero coco para la mayoría de caballeros cadetes y para ellos era poco menos que una fiesta, después de haber domado en la Vega durante años potros cuasi salvajes y del temperamento de Volga, Estrella, Rafaelillo...
Mentados los ejercicios de tiro, me place traer a colación el suceso, puede que intrascendente pero realmente curioso, en una noche de fuego real en los montes de san Gregorio...
Las explosiones de los proyectiles lanzados por las armas pesadas, a la vez que iluminar el cielo con vívidos resplandores, parecían romper en mil pedazos mogotes y crestas (cotarros) del monte. Rodrigo y Ricardo, tiradores ambos de ametralladoras, hacía “cantar” a su máquina, como los más experimentados cadetes del segundo curso. De pronto y en un silencio de las grandes armas, se oyó ¡el cántico de las perdices! imitado, claro, con disparos de ametralladora: tará-ta-ta -tarará.
“Son Rodrigo y “su hermano”, decían los cadetes, que enseguida supieron de las aficiones de ambos.
La combinación de ejercicios como estos o similares, con los estudios específicos y la práctica de virtudes castrenses (humanas), infundieron en los dos el espíritu militar recio, imborrable, que si es propio de la milicia en general, en grado máximo para cuantos pasaron por el noble recinto de la Academia General Militar. De entre ellos destaco -porque lo conozco bien- el espíritu (amor) de Ricardo, que para nada interfería el que por supuesto seguía profesando a María “la su pelirrojilla”.
Los ratos de ocio, que aun no muchos el cadete alguno sí tenía, Ricardo los aprovechaba, lo sé porque los vi muy de cerca, en escribir cartas interminables tan henchidas de amor, que nada de particular tendría llegasen a su destino -María- envueltas, como el saúco, en llamaradas.
Los días festivos, si Ricardo bajaba a Zaragoza, era por un tiempo muy breve –lo que duraba la visita a la Pilarica o poco más -, para, Caballero del Pilar, agradecer y pedir a ésta, su Madre, por los grandes amores, que como un volcán latían dentro de su pecho. Tras la escritura, Ricardo dejaba huella indeleble, supongo que también Rodrigo, aunque me consta que no tanto, en los campos de deportes.
Sin experiencia en amores epistolares, y una “única” en vivo, María al principio no contestaba al que “oficialmente” era su novio “formal”. Tantas veces leyó y releyó Ricardo la primera misiva, que siempre a la espera de nuevas cartas, el tiempo se le pasaba volando. Tanto, que recién llegado a la Academia, se vio de pronto en su ciudad con las primeras vacaciones (“permiso” de Navidad).
Todavía María en el colegio, allá que se fue Ricardo a buscarla, de uniforme. Fui testigo de excepción del revuelo que se organizó en la puerta. Niñas, compañeras y amigas, y también no compañeras ni amigas, se la llevaron al cadete en volandas. No creo equivocarme si digo, que entre las rejas de una de las ventanas vi otros uniformes... Eran ¡los de las monjas!, atentas al gran revuelo de las alumnas.
Para decepción, seguro, de todas las curiosas, en el reencuentro no hubo más que un apretón de manos, largo y no muy fuerte y la mirada profunda que lo dijo todo; mirada que continuó silenciosa hasta el mismo portal de María. Del mirador habitual de su pelirrojilla, dice Ricardo que vio desaparecer una sombra en el interior de la casa. Sólo entonces, como de costumbre, un beso fugaz en los labios de María, compensó la eterna separación de varios meses y el sacrificio de la larga espera. Algunas comadres propalaron tan rápido la noticia del reencuentro de los “novios del barrio”, que ya entraran –sin entrar- o salieran, en lo sucesivo siempre se sentían mirados (¿admirados?) por gran parte del vecindario, para los que constituían una especie de patrimonio común y todos miraban con simpatía.
El resto del día, los tres hermanos cadetes lo pasaron en casa con su madre, que también les echaba de menos; con todo su admirable temple, no podía evitar una furtiva lágrima cuando veía a los tres mayores juntos de uniforme.
Como de costumbre, pero sin acostumbramiento, al siguiente muy temprano, Ricardo y María fueron juntos a Misa. Sin ser litúrgico por entonces “darse la paz”, para los “novios del barrio”, se adelantó algún lustro el Concilio. Luego, aunque la mañana estaba más bien fría, es que ni se enteraron bien cogiditos de la mano por el bendito Paseo de La Alameda.
Hasta la hora de comer –María ya de vacaciones- escuchó embelesada las mil y una peripecias de Ricardo, henchido de amores, en la Academia. Por la tarde, como muchas tardes, veían una y otra vez las mismas películas en sesión continua, que en realidad no veían, pero había buena calefacción, cuando en la calle hacía mucho frío y tampoco era cuestión de subir a casa de María, porque no podían formalizar el “noviazgo” de unos chiquillos, que entonces podrían considerar irresponsables.
Las entrañables fiestas de Navidad y el también entrañable amor hacia María, tuvieron la culpa de que a los enamorados se les pasaran las vacaciones como un soplo. Ricardo volvió a la Academia. De acuerdo los padres con las monjas, María no volvió al colegio. La despedida, de la que tal vez nada me contó Ricardo, o yo no lo recuerdo, supongo que sería como todas las que se sucedieron a lo largo de tantos períodos de separación durante ¡cuatro años de academias! Tierna, sentida, plena de amor-dolor y gozo.
Integrado allí Ricardo en la escuadra compuesta por siete hombres de “armas tomar”, cuando desfilan ante los mandos agrupados en el espacio de tribunas, el gastador mira altivo a la autoridad que preside.
Mira con descaro y en realidad no ve, pues el pensamiento, sin que se resienta la exactitud de la marcha, vuela por lugares insospechados: por un lado, la música le lleva a soñar con que es cabeza de formación de sus propios soldados; sueño en el que no importa tanto el mando como la posibilidad de enseñar, educar, instruir... Y no sólo en los cada vez más complejos y necesarios conocimientos, sino en todo aquello que ha mamado primero en su propia casa y vivido con intensidad después en el breve período desde que ingresó en el centro castrense: obediencia, subordinación, reciedumbre, espíritu de sacrificio, caballerosidad, honradez..., y tantas otras virtudes convenientes para todo ser humano, más humano cuanto mejor las viva.
Mira descarado el gastador, altivo, y continúa sin ver, pues ahora se le aceleran los pulsos ante la imagen –otro amor limpio- que recorrió hecha canción tantos caminos en las voces fuertes, recias, de los cadetes:
“Yo tengo una novia que es mi ilusión / más rubia que el oro/ en sus ojos bellos me miro yo / ella es mi tesoro”.
Ante la sonrisa de la su pelirrojilla, que el gastador recibe en este sueño marcial, se añade de los caballeros cadetes que terminan el segundo curso, por lo que están próximos a otros sueños:
“Buscando una estrella al cielo fui / la bajé a la tierra./A mi tesoro la he de regalar / rayos de plata y oro /que así tendrá”...
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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