Mis amores. Si el saúco hablase…
04.03.10 @ 08:00:13. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Palomares en Peñaflor de Hornija. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 34x53)(*)
Que “el hombre ha nacido para amar”, era allí tan evidente, que tentaciones dice que le dieron a Ricardo de hacer buena y notoria por su parte la sentencia. Como la zarza que ardía sin consumirse, el saúco soportó el fuego de las más encendidas palabras de amor. Palabras dichas por Ricardo y María, más aquél que ésta, con las manos entrelazadas.
Porque Ricardo sentía muy vivo el amor y porque otros muy próximos incitaban al ejemplo, María apartó varias veces, con suave firmeza y sin perder la sonrisa, la cara e incluso los labios de “su cadete”. Más para protegerle a él, que para protegerse a sí misma. Tenían que hacer frente , todavía, a un largo noviazgo y ambos querían -él tanto como ella-, que fuera una relación limpia, como debe ser entre dos personas educadas en la idea positiva de que la pureza y el respeto mutuo es una virtud humana y cristiana, que exige ciertos sacrificios.
Puede entenderse o no entenderse, pero Ricardo se alegraba de que ella fuera valiente cuando él flaqueaba y la valoraba más y la quería todavía más.
Cuando las sombras comenzaban a ser cómplices de amores tal vez prohibidos, los jóvenes enamorados levantaron “el Parque”, para dirigirse a paso muy vivo a casa de María.
El bono que Ricardo sacó en el restaurante La Oficina, le daban para comer y cenar “casi” toda la semana. Pero ¿y dormir?
Aunque a María por el momento nada le dijo, sé que esa misma tarde y antes de acudir a casa de su ¿novia?, había aceptado el “ofrecimiento” de la portera de una habitación en su propia casa, arriba, en los sotabancos: un cuartucho abuhardillado con una cama “más vieja que la tos”; sin servicio ni más agua corriente que la contenida en una palangana, con tantos años como su dueña por lo menos; una silla destartalada; una toalla, y un peine. Adminículos estos últimos, que apenas si usó porque, según me comentó, le daban cierto reparo.
Con demasiada antelación a la hora convenida, y después de esperar impaciente el lento, lentísimo amanecer, que no acababa nunca de entrar por el ventanuco de la buhardilla, Ricardo paseó una y cien veces la calle arriba y abajo, hasta que María apareció en el mirador.
Cual si quemasen, nada más traspasar los umbrales de la iglesia, separaron las manos, unidas desde el portal de su casa. Oyeron Misa. Como todos los de esa semana y las siguientes, que mentira parece tuvieran siete días, pasearon luego por La Alameda sin pensar nunca en mañana, el de regreso a la Vega; y, peor, el de la incorporación de Ricardo a la Academia.
Sólo la ilusión del nuevo y desconocido amor, hizo soportable la separación para acudir a tierras aragonesas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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