Hipócritas
02.03.10 @ 08:00:19. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Acuarela de Trevor Chamberlain en adriehello.nl/UK/links.html)(*)
No sé si ustedes tienen idea de lo que es Afganistán. Yo recibí una colección de fotografías de aquel país con el tema común de los accidentes de “carretera” y la hice circular por la red. La respuesta fue espectacular. Mucha gente me dijo entonces que ahora se daba cuenta de la hostilidad que rodea a nuestros soldados. Un paisaje lunar de barrancos repetidos hasta el infinito y una red de pedregales disfrazados de ríos salvados por caminos imposibles y salpicados de aldeas misérrimas donde es imposible saber quién es quién.
Un territorio donde el peligro puede esperarnos en cualquier recodo, porque tras algunos rostros existe la voluntad de matar. Es el dominio de los señores de la guerra, financiados por el opio; un lugar donde no se sabe lo que es un estado bien organizado; no siquiera lo que es un estado a secas. Tan sólo se reconoce la ley del más fuerte.
Ante este panorama nos preguntamos de dónde sacan nuestros soldados el temple necesario para abordar diariamente el peligro. Y nos damos cuenta de que vivir y trabajar allí requiere una especial disposición del ánimo y el ejercicio de muchas virtudes.
De cuando en cuando llegan féretros a España, y entonces nuestras autoridades se ponen serias y alaban las virtudes del soldado. Es natural; al fin y al cabo se trata de virtudes ejemplares, como el espíritu de servicio y de sacrificio, la abnegación, el compañerismo… O el valor y la lealtad al mando. Aquí el valor consiste en superar todos los días el temor que produce un peligro que ronda por doquier; un peligro omnipresente e insidioso. Y en tales circunstancias la lealtad al mando es esencial.
Poca motivación precisa el soldado cuando su misión es defender las fronteras de su patria, porque, de entrada, está defendiendo a su familia y a su pueblo; el patrimonio común que, en el fondo, conforma y da sentido a su propia vida. Pero reconozcamos que cuando uno está jugándose la vida en Afganistán, exponer la vida requiere un cierto esfuerzo intelectual. El soldado sabe que, efectivamente, tiene en sus manos el prestigio de la nación; que se trata de defender a distancia e indirectamente a su gente; que están en juego la libertad y la justicia. Pero con todo, lo que más fuertemente le mueve es ese espíritu de unidad - es decir, ese compañerismo - que le obligará a responder a lo que sus pares de él esperan, y, sobre todo, la lealtad al mando. Sí; la lealtad al mando es tan importante para el soldado, que exige una ejemplaridad que arrastre.
Veamos ahora lo que está ocurriendo. Las mismas autoridades que tan serias se ponen ante la circunstancia de una muerte en acto de servicio; los mismos que proclaman alabanzas a esas virtudes esenciales para el soldado; esas mismas personas, digo, muestran también su público desprecio hacia lo que esas virtudes significan. Porque en las mismas fechas en que recibimos la noticia de un aumento de tropas en Afganistán; cuando las imágenes nos mostraban a los legionarios dispuestos a afrontar una vez más la muerte, esas mismas personas arrancan de su pedestal a uno de los más expresivos ejemplos del valor humano, la figura del fundador de la Legión - tuerto y manco en el combate -, y arrancan a una calle el nombre de otro héroe legendario: el que, como un nuevo Guzmán el Bueno, prefirió la muerte de su propio hijo a la entrega de la plaza que tenía la responsabilidad de defender.
Entonces, ¿a qué llaman “memoria histórica” estos hipócritas? ¿Considerarán quizá, por mera coincidencia ideológica, que los verdaderos héroes fueron quienes imponían el chantaje?
Mas no para ahí la cosa. También en esos días condecorarían a un grupo de oficiales que dieron un triste ejemplo de deslealtad al mando.¡Bonita forma de estimular a quienes ahora parten al lejano Afganistán!
Si para nuestros dirigentes el valor es algo molesto que sería preciso erradicar, y la lealtad al mando algo que merece un buen castigo, que lo digan abiertamente. Y si quieren erradicar la fe, que lo digan también sin eufemismos ni simplezas. Pero que no se nos pongan luego serios para elogiar el valor y la lealtad de nuestros caídos ni hagan el paripé de simular una oración.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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