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Relativismo contra democracia

Permalink 28.02.10 @ 08:00:14. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Trevor Chamberlain en adriehello.nl/UK/links.html)(*)

En la base de la cadena de errores a los que me he referido en artículos anteriores diseminados (ideología de género, teorías queer…), se encuentran diversas formas de “rechazo del realismo”: de la realidad de que las cosas “son lo que son (objetivamente)”, con independencia de lo que el sujeto piense, sienta o decida (“subjetivamente”) sobre ellas. Aunque tal vez reiterativo, no me refiero hoy, solamente, a las, desde mi punto de vista, malhadadas actuales RR.OO., sino de manera general a ese cúmulo de disparates contra el sentido común derivados del relativismo imperante.

Los seres tienen un “modo de ser” (una “naturaleza” común a todos los de su especie) del que procede un “modo de obrar” también propio. Esa naturaleza es “objetiva e inmutable”. Objetiva, porque “viene dada”, no es creada o inventada por el individu@. Inmutable, porque no cambia: al contrario, es lo que hace que un ser siga siendo lo que es aunque experimente cambios; por ejemplo un hombre o una mujer no pierden su “humanidad” al envejecer o adelgazar, cuando cambian de lugar o de ropa, cuando trabajan o cuando enferman.

Sin embargo, en una buena parte de la cultura actual, se rechaza el realismo al dar por supuesto que el hombre no tiene una naturaleza determinada (objetiva), sino que su modo de ser –con las exigencias que implica- es mero producto de las circunstancias históricas, de la mentalidad y de la cultura , y va cambiando con ellas. La consecuencia inmediata de esta visión, es que no cabe encontrar criterios de validez permanente, para saber qué es “bueno o malo” para el hombre; qué es digno o indigno de él; qué le mejora o degrada; qué es “humano o inhumano”. Según esto, todo es provisional y anecdótico: lo que es “malo” aquí, mañana o en otro sitio puede ser “bueno”.

Se rechaza el realismo también cuando se niega, no que exista una verdad objetiva sobre el hombre, sino “que sea posible conocerla”, o al menos conocerla “con certeza”. Todo lo que se pueda decir queda, así, reducido al ámbito de la “opinión” o de la “probabilidad”. Pero, si no hay -o es imposible conocer- una verdad objetiva en el ser del hombre, no puede haber tampoco criterios objetivos, para valorar la moralidad de su obrar: lo que unos consideran “malo”, otros lo consideran “bueno”, y ninguna opinión puede pretender que sea la verdadera. El criterio objetivo de la “verdad”-lo que las cosas son- se sustituye entonces por la percepción subjetiva de cada individuo (con sus limitaciones, intereses, pasiones…) o por la estadística (lo que de hecho “se piensa”, lo que “se hace”, lo que suele “salir bien o mal”).

Las leyes, para ser justas, deben ser “racionales”, esto es, conforme a la recta razón que busca promover en la sociedad, del mejor modo posible, el bien común adecuado a la verdad del hombre. Pero si se niega la verdad objetiva de la naturaleza humana, el legislador deja de tener referencias estables sobre lo que es adecuado al hombre. En consecuencia, tiene que reconocerse incapaz de afirmar que algo es en sí mismo un bien o un mal para la sociedad.

De este modo, se impone como dogma el “relativismo”: puesto que, según lo expuesto en “Ideologías…”, las cosas no tienen una naturaleza permanente, o no podemos conocerla con certeza, nada es defendible como verdad absoluta que la sociedad deba defender frente a todos. Todo será opinable, subjetivo, y por eso, modificable en función de la voluntad política de quien legisla. El relativismo desemboca así –¡acabáramos!- en un “sociologismo”: las tendencias sociales, y el poder de influencia de los grupos de presión, que se proponen “marcar tendencias” para cambiar la sociedad, se convierten en factor decisivo para que una realidad merezca la atención y protección del legislador. O sea, sencilla y llanamente, un calco a la actual y relativista legislación. ¿O no?

Y si así lo dice la ley -dicen luego- determinados “bienes y derechos” (¿)deben ser protegidos, porque “así lo dice la ley” y en la medida en que lo diga: la “justicia…” se reduce a la “legalidad…”

Dicho de otra forma más entendible, creo, para todos: si el Estado no quiere reconocer la diferencia entre la cohabitación de una pareja del mismo sexo y el matrimonio, no atiende a lo que las cosas son, sino que se ampara en una aparente cuestión formal: “algunos opinan otra cosa y no puedo imponer un modelo porque todo es relativo”. ¡A ver…!

En realidad, esta decisión cambia radicalmente el concepto de matrimonio. Y, al fin, que ojalá no veamos, lo impone como modelo único a todos: ante el Estado y ante la sociedad, el matrimonio queda reducido-en su definición y en su protección jurídica-a una simple convivencia con intimidad sexual. Lo que, de siempre, hemos llamado, cuando menos, amancebamiento. Ya nadie tiene derecho a contraer verdadero matrimonio, ¡para que todos tengan “derecho” a lo que la ley considere matrimonio a su propia opción. Como, por desgracia, ¿impasibles? ya estamos viendo.

Evidentemente, esto lesiona el derecho fundamental de las personas (y de la sociedad) al matrimonio: a vivirlo y protegerlo tal como es.

Desde esta perspectiva mayoritaria, cada vez se está facilitando más la posibilidad de “totalitarismo”. Nada más lógico, pues, que “señalar el relativismo como el mayor enemigo de la democracia”. Sin el timón de la referencia a la verdad, se hace imposible una referencia objetiva al “bien” en la conducta individual y social; y la “nave” va a la deriva.

La opción relativista, en conclusión, escamotea el fundamento objetivo de la realidad entera, y por tanto también de la persona humana y del significado de su diferenciación sexual.

Afirmar –y esto sí coge de lleno al texto reformado y deformado de las RR.OO. – como algunos pretenden (ver Título III, Capítulo II, Artículo 73, Apartado: Relación con los subordinados” de las RR.OO. para los Ejércitos) que la persona humana concreta no es varón ni mujer por naturaleza, y reducir la diferenciación sexuada (“género”) a la “opción sobre la orientación sexual”, como una más de las posibilidades abiertas a la libertad individual, supone “alterar la historia” ¡ “y la ciencia”! Pero, sobre todo, manifiesta una voluntad arbitraria de suprimir la realidad y sustituirla dogmáticamente por una construcción ideológica. Por el contrario, afirmar que la persona humana existe en la realidad como mujer o como varón, no es necesario elaborar ningún tipo de argumentación filosófica o científica: basta la constatación del sentido común (el menos común de los sentidos, dicen), sin prejuicios.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm5.static.flickr.com/4060/4386015884_2eceeaf455_o.jpg


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