Mis amores. Novios formales
25.02.10 @ 08:00:25. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Árboles. Acuarela de Aure Gallego)(*)
Me confesó Ricardo que si tan breve iba a ser siempre el amor como el transcurrir del tiempo este primer día, su amor por María sería como un suspiro. Porque como un suspiro se le hicieron las horas que pasaron juntos, hasta la dolorosa separación que le devolvió a la Vega. Atisbo de tristeza que la sólida base (el amor) lo transformó en fundada esperanza.
Esta vez no fue un sedante total contemplar de cerca el valle, ni las Derroñadas, el monte, las riberas, ni las laderas. Mitigó, no obstante, la pena tremenda de haber dejado en la capital una parte, y parte importante, de sí mismo. La natural alegría de su madre y la manaza de Rodrigo en el hombro, hicieron que en la profunda oscuridad de Ricardo por haber dejado a María, se viera un puntito de luz: la de un amor también imborrable por el campo, la naturaleza y el entorno, que enseguida le atrapó.
El limpio amanecer, iluminó a los dos hermanos caminando, escopeta en ristre, por la gran cárcava, que, “como arroyo que entre flores se desata”, serpea por las laderas de Rocalba desde casi la misma puerta de la iglesia hasta las estribaciones del “Monte del Menor”. Tal era la abundancia de codornices al agrego de junqueras y abundante vegetación junto al tímido regato, que tras un tiroteo espectacular y la percha y el morral lleno de caza, pero vacío de munición, hubieron de regresar al caserío de la aún más “Verde” en la otra orilla.
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