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Mis amores. En el colegio Santiago

Permalink 18.02.10 @ 08:00:32. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Almacenes Díez. Acuarela de José María Mezquita en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009. 76x56)(*)

En un alarde de cordura y no sin la agradable sorpresa por parte de su madre, le pidieron de común acuerdo marchar internos al colegio Santiago, para poderse dedicar así con mayor intensidad al estudio; internado para huérfanos de militares, que por primer año incluyó en su plan de estudios la preparación para el ingreso en la Academia General Militar.

En el caso de Ricardo, parte de “culpa” la tuvo María. Quedarse sin resuello por la carretera en verano, quererla con todo el corazón que Dios le dio, no le parecía suficiente sin asegurar un porvenir que ofrecerle para toda una vida. Estaba absolutamente seguro, que la compartirían, porque de ninguna manera podía ser diferente a lo que tenía muy dentro del alma.

Lo único que le preocupaba en aquellos momentos era no haber dejado la escopeta algún rato todos los días durante el verano y haber cogido las matemáticas, porque pensaba que la base que tenía era muy pobre y para ingresar en la Academia era lo que más exigían. Por tantos y contundentes motivos, tomó la decisión del muy duro internado.

Rodrigo también estuvo de acuerdo porque veía cómo se le pasaba el tiempo. Siempre práctico, sabía que a los procedentes del colegio de huérfanos de guerra, les tenían alguna consideración en el examen. Aunque por diferentes motivos, en cuanto comenzó el curso en el colegio de Santiago, y aún con el “pelo de la Vega”, allá que se presentaron. Entraron con la intención de apretar fuerte los codos y a no pensar en otra cosa más que en lo que les apremiaba, sin confiar demasiado en la consideración que pudieran tener con los huérfanos procedentes de este colegio.

El régimen en el internado del colegio Santiago era muy severo y como un anticipo preparatorio al que se viviría en las academias militares. Como esta profesión era uno de sus importantes amores, además de que desde el principio tuvieron alguna prebenda particular, aguantaron estoicamente el encierro forzoso semana tras semana. Bueno, de lo que sí estoy seguro es que Ricardo no salía para nada. No puedo decir otro tanto de Rodrigo, pues más de una vez, por no decir todos los días, mientras uno –Ricardo- estudiaba hasta altas horas de la madrugada, el otro -Rodrigo-, volvía de sus correrías nocturnas utilizando qué sé yo los medios para ausentarse del dormitorio sin que se enterasen, o sí, los inspectores.

Ciertamente allí pagó Ricardo con creces tantos años en el colegio sin pegar más golpe que todos cuantos se refiriesen a cualquier tipo de deporte. Mas por el doble motivo de sus dos fundamentales amores, bien merecía la pena el esfuerzo; y en verdad que salvo los domingos, aunque también algunos, trabajó con una intensidad tal, que los profesores decían tener fundadas esperanzas en que aquel mismo año Ricardo consiguiera el ingreso en la Academia.

Más de una vez me confesó que en absoluto estaba de acuerdo con el optimismo de los profesores, pues nunca creyó que, pese al enorme esfuerzo, lograría suplir en un solo curso las consecuencias de la pasada vagancia durante muchos.

***

Cada mañana, pues, acudía a la capilla para oír Misa y pedir a la Virgen –otro nuevo y fundamental Amor-, que obrase en él un milagro: el de aprobar el Segundo Grupo, con el que conseguir el ansiado ingreso.

Para hacer buena la sabiduría popular, Ricardo no escatimó sacrificios. Si por una parte insistía “a Dios rogando”, por otra, la cumplió “con el mazo dando”. Es decir: cuasi inmolando el amor, sin apenas ver a María, y dejándose la piel a tiras en el estudio día tras día y noche tras noche.

Según se acercaba la terrible fecha de los exámenes, con más intensidad percibía las ayudas del amor y el nuevo Amor.

Cuando, abatido y pesimista, acudía algún domingo a la su pelirrojilla en busca de consuelo, lo encontraba en la total comprensión de la ausencia sin estar ausente, y en las limpias caricias en las manos con que se despedían. Cada mañana, también en la sonrisa de la Señora, su Inmaculada del colegio; la misma, la misma, a la que quiso con toda el alma en el de Lourdes.

Consciente de la necesidad del milagro, el tantas veces mentado tren de Ariza, llevó a los dos hermanos a Zaragoza. La misma Señora -¡otra vez el Amor!- con diferente advocación, recibió la súplica encendida del “aspirante”.

Y se obró el milagro: Rodrigo y Ricardo, ¡los dos!, ofrecieron a la Pilarica una miniatura de los cordones, que les acreditaban como Caballeros Cadetes. Sin apenas caber en sí de gozo, regresaron a casa donde con el abrazo de su madre, sobraban las palabras.

Con la juventud recién estrenada y la categoría social y personal de Caballero Cadete, Ricardo obtuvo el permiso para acudir en tren, ¡ahora sí!, a la capital.

María levantó la vista de la labor que cosía y cosía siempre en el mirador y se encontró con el enorme corpachón, todo corazón y sonrisa de Ricardo, que se acercaba a la carrera. Escaleras a bajo, corrió ella, también, encendida de ansiedad.
Los ojos atónitos de varios transeúntes, contemplaron una escena nada común por aquellos tiempos:

Ricardo y María se fundieron en un abrazo, que dijo todo lo que tenían que decirse.
Cuando se deshizo el lazo y sólo entonces, María se percató de que había bajado tal y como estaba en casa; comoquiera que su peinado se había desordenado un poco en el lance, subió “a arreglarse”. .

Ricardo me aseguró, que nunca se le hizo más larga una espera. Temía que su pelirrojilla se empeñara en acicalarse más para gustarle; y se le hiciera eterna.

Luego los dos, de la mano, porque habían ocurrido cosas muy importantes en aquel largo espacio de tiempo que llevaban sin verse, sin respetos humanos y con un amor ordenado, limpio, caminaron felices, los dos hacia el Parque Grande. En un banco bajo la suave penumbra “del saúco”, que ya era como un cómplice discreto e importante de los enamorados, Ricardo le contó con detalle todo lo que tenía que contar y lo poco que faltaba, se lo dijo dándole un beso en la ruborosa mejilla. Luego, le rozó los labios. Todo con un amor ordenado, limpio. Ricardo había prometido a la Virgen, que así sería su amor con la que había de ser la madre de sus hijos.

¡A duras penas, el saúco no pereció en el incendio!

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2710/4358540341_e354d44da4_o.jpg


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