Gente especial
16.02.10 @ 07:45:21. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Playa de Puente Duero. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 34x53)(*)
Indudablemente son gente especial. No me extraña, por tanto, que hayan sido encumbrados a puestos de tan alta responsabilidad. Me refiero a los políticos, en cuyas sabias manos hemos depositado nuestro presente y nuestro futuro.
Son gente especial sin duda, porque, mire usted, ni yo mismo me veo en su puesto, y mire que he estudiado. Ellos se postularon, y han conseguido que todos estemos pendientes de lo que hacen o no hacen. Les vemos cada día en los noticiarios, desde donde nos miran con suficiencia a través de la pantalla. Pero no se lo tenga usted en cuenta, porque para eso son gente especial, y además incluso nos sonríen cuando les conviene.
Dicen esto o lo otro, y la bolsa sube o baja, que eso ya es poder. Y pueden decir una cosa y luego la contraria y no pasa nada. Si nosotros dijésemos una cosa y luego la contraria o metiésemos más o menos la pata, nos defenestrarían de seguro, que algún artículo de algún reglamento encontrarían para hacerlo. Podríamos, me temo, hasta perder nuestro puesto de trabajo. Aunque ni eso sería necesario para marginarnos, y si no lo creen, vean a esos cuatro millones y pico de desgraciados sin empleo que no han hecho nada malo, los pobres. Claro que tal consideración no afecta a esta especial, ínclita casta a salvo de pequeñas desgracias, que para eso sabe blindarse aprovechando que ahora tiene la sartén por el mango.
Ellos pueden, incluso, negar la evidencia. Yo he visto, por ejemplo, como un señor muy sensato se la mostraba con buenos y fundados razonamientos en un debate anunciado a bombo y platillo en la televisión. Decía aquel señor que habíamos entrado en crisis, y su contrincante lo negaba, que ya tiene mérito, sobre todo estando medio dormido como parecía estar. Y el pueblo pronunció su veredicto en contra de aquel señor tan molesto que se atrevía a anunciar tiempos peores. Porque, según parece, al pueblo le gusta que le engañen si es para mejor. Luego la evidencia acabó por caer, no sobre sus cabezas, sino sobre las nuestras, y casi nos las parte.
Este ejemplo es uno de muchos, pero me parece especialmente significativo. En él se ve la vocación de estatua que tienen los políticos que se precian de tales. Yo, desde luego, la comprendo. Porque, dígame la verdad, querido lector: ¿renunciaría usted a verse inmortalizado en medio de una plaza que luciera su nombre? Supongo que no. Imagínenselo: “Plaza de Fulanito de Tal… Y ese Fulanito es usted, el del monumento. Luego le puede caer hasta el nombre de la estación de metro, que eso ya es el summum. Pero entre usted y estos hombres y mujeres tan especiales hay una pequeña diferencia, y es que ellos pueden conseguir tan apetecible honor a pesar de habernos fastidiado el presente y el futuro. Hasta pueden quitar o dejar las estatuas cuando quieren, y no crea que para ello necesitan siquiera un motivo. Por ejemplo, yo veo todos los días a un señor muy raro en forma de pedrusco que pusieron en el paseo (lagarto, lagarto) de la Castellana y que cuando formaba parte del reino de los vivos solía insistir en que lo de la democracia estaba muy bien si ganaban los suyos, porque de no ser así él prefería eliminar de entrada al adversario. Y ahí sigue tan pancho.
Pero claro, para acabar en estatua hay que empezar por algo, y un buen comienzo puede ser ir endureciendo la cara desde el primer momento. Decir una cosa y la contraria es un entrenamiento excelente a tal efecto, y para hacerlo no encuentran gran problema. La prueba es que se entregan a ello con entusiasmo desmedido. Ya ve usted; los que tenemos ahora superan en rostro de cemento a Buster Keaton.
Yo creo que todo esto es posible gracias a que, como van en listas cerradas, pueden permitirse el lujo de andar todo el día pisando moqueta y tramando maniobritas, y sólo hablan delante de una pantalla o de su propia claque. Por eso esta gente tan especial no se topa jamás con los parados, que siempre andan los pobres haciendo colas para ver si pillan algo. Y como tampoco encuentran tiempo para entrar en contacto con gente normal que pudiera decirles algo gordo, pues claro, se creen más listos que nadie por falta de contraste, y no sólo se atreven a decirnos lo que tenemos que hacer - que curiosamente coincide con lo que a ellos les conviene - sino que además se inventan la realidad si no les gusta.
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