La voz de las bodegas
31.01.10 @ 08:00:44. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Simancas. Acuarela de José Antonio Regidor)(*)
Escribo de un pueblín castellano del valle del Duero, porque lo conozco desde mi infancia. Pero podría ser cualquier otro en esta España de nuestros pecados… Humildad dentro de la grandeza de almas nobles en cuerpos humildes con la nobleza castellana.
Traspinedo ¿no les suena a gallego, (“cuando se pone a lúa tras os penedos”)?, se asienta al agrego de las laderas que se desploman desde el páramo. Un pequeño conjunto de casas molineras, apiñadas, como los polluelos bajo las alas de la clueca, junto a la iglesia. Mole de piedra sin mayor arte que la reciedumbre antiquísima de sus muros, recios como la fe de quienes los levantaron. Sus pobladores son gentes sencillas, amantísimas de su procedencia con indudable influencia sobre los circunvecinos del Valle. Pequeños labradores de, por lo general, pequeñas propiedades que, insuficientes para dar trabajo y vida a poco más de doscientos vecinos, han de buscar ayuda como obreros a jornal en la vecina Dehesa de Peñalba. Gentes sencillas con la alegre virtud de la sencillez en familias por lo general numerosas.
La vida es patente en Traspinedo. Vida más o menos bulliciosa según en qué tiempos. Pasaron a Dios gracias los años del hambre; pero aún durante éstos, en los que en domicilios, calles y plazas reinaban silencios de no buen augurio, hay en este pueblo y en tantos otros (por no decir todos) un lugar donde realmente se olvidan las penas. También puede suceder, que las gentes acudan a él para olvidarlas. Ya habrán supuesto nuestros lectores, que me refiero a las milenarias bodegas.
autor
Contacto


