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Mis amores. De lo que consiguió su pelirrojilla

Permalink 28.01.10 @ 08:00:37. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Amapolas. Acuarela de Rafael García Bonillo. Exposición de 2003 en Granada)(*)

La verdadera pasión que Ricardo sentía por la caza, quedó, pues, bien claro, que se acrecentaba con las dificultades. Y a poco, digo yo, hubiera llegado en este terreno, si aun con tremendo esfuerzo y venciendo la fatiga no hubiera conquistado montes y riberas; dicho de otra manera, si junto con Rodrigo, no hubiera dominado tanto las suavidades del valle como la enorme dificultad de las laderas.

Como creo que ya dije, Ricardo estaba, o creía estar, perdidamente enamorado de María. Pero aparte de un corazón grande y de su apasionado amor por la naturaleza ¿qué más podría ofrecerle que ella de verdad no se mereciera? Sin estrenar casi la juventud, poco más tenía para que los sinceros planes de futuro pudieran tener visos al menos de convertirse algún día en realidad. Sabía de campo y de caza; sabía de trabajo y austeridades. Y si de conseguir algo importante se trataba, demostrado había quedado que tampoco le importaba cualquier sacrificio.

Pese a lo dicho, con el sosiego de los primeros días en la capital para comenzar un nuevo curso (el 6º de bachillerato), y después de algunos paseos calle arriba y abajo de San Nicolás y Acera de los Nogales, a Ricardo comenzó a rondarle por la cabeza la idea de lo poco que tenía para ofrecer a la que, para sí y alguna otra vez a su confidente comenzó a llamar –porque lo era- “su pelirrojilla”.

La Divina Providencia, seguro, fue quien dispuso las cosas. Salió una disposición por la que para ingresar en la Academia General Militar, sólo eran precisos los cinco primeros cursos del bachillerato. Justamente los que a trancas y barrancas Ricardo había sacado adelante.

La decisión no fue improvisada. Desde siempre y seguramente en los genes de una antiquísima tradición familiar, era indudable su afición (otro primer y gran amor) por la carrera de las armas. Desde entonces, acrecentada por la necesidad de ofrecer un porvenir digno a María, tan firme fue su propósito, que se entregó en cuerpo y alma a intentar lo que debido a la carencia casi absoluta de los conocimientos de base necesarios para acceder a tal profesión, se le presentaba como empresa poco menos que imposible.

Vistas así las cosas, Ricardo intentó poner un poco de orden en la escala de valores: su incipiente juventud se inclinaba con clara preferencia hacia María. De ninguna manera quería renunciar a la atracción apasionada por el campo, la naturaleza y la caza. Se imponía, pues, ordenar su tiempo, para, sin perder las claras tendencias de la fuerte personalidad, recuperar tantas horas perdidas hasta el presente, con verdadera ocupación al estudio intenso. Dejó el colegio. Consciente de la imposibilidad de aprobar el primer año los dos grupos –letras y ciencias-, puso el mayor y máximo empeño en preparar a conciencia el primer grupo. No obstante, también acudía a diario a las clases particulares de matemáticas de un magnífico profesor.

Con María y sus amigas sólo salía los domingos a la hora del paseo. Caminando a su lado, le contaba acaloradamente éstos sus afanes y la decisión que había tomado. A ella le pareció bien que dejase para el año siguiente la dedicación completa a las ciencias.

Sin dejar el grupo (las tres amigas y los dos amigos), ampliaron el paseo por los jardines del Parque Grande. Distanciados casi siempre algunos pasos de los otros, María y Ricardo se fijaban, no sin algún rubor, en los amores que salpicaban el amplio recinto distribuidos por los numerosos bancos que jalonaban los paseos; amores tanto más amartelados cuanto más frondoso y recóndito era el paraje. Al caer la tarde, casi anochecido, y ya solos, emprendían el regreso a casa; corriendo cuando al pasar por la Plaza Mayor el reloj desgranaba las fatídicas diez campanadas de la noche. Cuando en su apresurado regreso, se cruzaban con algún cadete que tras despedirse “cariñosamente” de su novia, volaba hacia la Academia, en la sonrisa de los enamorados se traslucía el deseo, contenido, de protagonismo. Escenas, que según me confesó Ricardo, por la noche le hacían soñar y por el día estudiar con más bríos.

Por supuesto que María y Ricardo “se gustaban”, y se gustaban mucho, pero aún no se había producido entre ellos una declaración formal de amores, ni pese a las frecuentes insinuaciones e intensas miradas, habían pasado de amigos, ni edad dicen que tenían para que realmente fueran novios.

Pocos días antes de comenzar oficialmente el verano, el muy entrañable tren de Ariza llevó a los dos hermanos, siempre juntos, para presentarse a las pruebas de ingreso en la Academia General Militar.

El primer susto, para Ricardo, fue en el reconocimiento médico. Fuerte como un roble, nunca creyó que en esto hubiera el más mínimo problema. No obstante y después de reconocido minuciosamente, los médicos del tribunal, aunque con cierta cara de guasa, le volvieron a llamar. Susto tremendo, porque esto solía ocurrir cuando el aspirante tenía algo por lo que normalmente le declaraban no apto. Tal debía ser su cara de preocupación, que el presidente, seguramente arrepentido del mal rato que le estaban haciendo pasar, tomó la palabra para decirle muy sonriente:

-“No, no se preocupe caballero aspirante, si sólo le llamamos por los pies; es que nunca les habíamos visto tan grandes”.

Con su número cuarenta y seis de calzado y el resuello que no le salía del cuerpo, Ricardo salió al fin del tribunal a pesar del mal trago, sonriente y contento.

En las muy duras pruebas de gimnasia, no hubo sorpresas. Los dos hermanos las aprobaron con suma facilidad, preparados como estaban con el entrenamiento específico y la fortaleza adquirida con el intenso ejercicio de la caza venciendo toda clase de obstáculos a través de montes y morenas.

En lo que era propiamente examen de letras, además de que me consta que Ricardo no iba mal preparado, tuvo la suerte de que le tocase una “papeleta” para lucimiento. Aprobó con nota. Del examen de idiomas con no excesiva dificultad, también salió airoso. Y en dibujo, ¡madre el dibujo!; poco le faltó para tirar por la borda lo conseguido hasta entonces, pero pesaron más en el tribunal las buenas calificaciones anteriores que no precisamente su “obra de arte”, y al fin aprobó todo el Primer Grupo con una calificación más que discreta. A ciencias, dice que se presentó, para coger experiencia más que nada, y recibió, claro, las calabazas más monumentales que hayan podido darse en la tierra más feraz.

Rodrigo tuvo peor suerte y al no aprobar el primer grupo, que era eliminatorio, no pudo presentarse al segundo donde iba mejor preparado.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2709/4303678850_14f25cc418_o.jpg


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