Los lunes, revista de prensa y red
25.01.10 @ 08:00:22. Archivado en Artículos
“Ana Frank en Haití” de José Ramón Ayllón, y “Madrugadora Pascua Militar”, de Luis Alejandre.

(Arévalo,Ávila. Acuarela de Luis Labrador en expo-torreon09.blogspot.com)(*)
ANA FRANK EN HAITÍ
Artículo de José Ramón Ayllón publicado en joserraayllon.blogspot.com el pasado Domingo día 17.
Tras el terremoto, la capital de Haití es un infierno iluminado por la condescendencia del sol. Por eso, si Dios tuviera cuello, algunos no dudarían en estrangularle ahora mismo. ¡Cómo es posible que haya permitido semejante catástrofe!
Otros –y lo escribo pensando en Eliot, Lewis, Teresa de Calcuta, Ernst Jünger, Frossard, Karol Wojtila o Chesterton-, después de haber sufrido en sus carnes los Haitís de Auschwitz, Hirosima, el Gulag soviético y las Guerras Mundiales, le consagraron sus inteligencias y sus corazones, sus afanes y sus días. Ya decía Viktor Frankl que el ser humano ha inventado las cámaras de gas y, al mismo tiempo, ha sido capaz de entrar en ellas con paso firme, musitando una oración.
Pienso también en criaturas como Ana Frank, tres años escondida con otros siete judíos, casi ratas en una madriguera. Pero en ese escondrijo Ana se enamoró de Peter, y el descubrimiento del amor inspiró en su Diario páginas maravillosas y afirmaciones inesperadas: "Mi vida aquí ha mejorado mucho, muchísimo. Dios no me ha dejado sola, ni me dejará". Una noche, antes de dormirse, le asalta el recuerdo vivísimo de Hanneli, una de sus mejores amigas, que había sido llevada por los nazis. Al día siguiente, la chiquilla escribe: “Dios me ha dado más de lo que merezco y, sin embargo, cada día me hago más culpable. Cuando pienso en los demás, me pasaría el día llorando. No me queda más que pedir a Dios el milagro de salvar aún algunas vidas”.
El 4 de agosto de 1944, policías de las SS detuvieron a los ocho escondidos, los separaron y los enviaron a campos de concentración. Relatos de supervivientes nos permiten sorprender algunas instantáneas de los últimos días de Ana Frank. La señora de Wiek la recuerda en Auschwitz, en la puerta del barracón, mirando el camino por donde se empujaba a un grupo de gitanas, completamente desnudas, hacia el horno crematorio. “Ana las seguía con los ojos, llorando. Y lloró también cuando desfilamos ante los niños húngaros, unos niños que esperaban desde hacía doce horas, desnudos bajo la lluvia, el turno para pasar a la cámara de gas. Recuerdo que me dio con el codo y me dijo: -Fíjate en sus ojos. Y lloraba, mientras a la mayoría de nosotras hacía ya mucho que se nos habían agotado las lágrimas. También la estoy viendo con la cabeza rapada y sus grandes ojos negros, sentada cerca de la cama de un chiquillo de doce años llamado David: Ana y él hablaban siempre de Dios". Y lo mismo harían en Haití.
MADRUGADORA PASCUA MILITAR
Artículo de Luis Alejandre, general y ex jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, publicado en larazón.es el pasado día 7.
En el Palacio de Oriente y en todas las Capitanías se ultimaban detalles, se verificaban micrófonos y focos, se comprobaban listados de protocolo, se repasaban, incluso se memorizaban, las palabras que debían pronunciarse a mediodía añadiendo o suprimiendo alguna expresión «aconsejada» en un fax de última hora, cuando en Menorca a las nueve y media de la mañana de ayer, el Comandante General de Baleares, General Estaún, presidía en nombre de S.M. El Rey el acto conmemorativo de la Pascua Militar.
Madrugó la balear menor, como madruga el primer sol que le llega de oriente, y se conmemora en ella la Pascua –sin ser Capitanía por razones históricas que bien conoce el lector.
La instituyó el rey Carlos III en 1782 «como expresión de júbilo por la recuperación de Menorca del poder de los ingleses y de regocijo por las ilusionadas esperanzas de recuperar el Peñón de Gibraltar». Menorca había sido conquistada tras seis meses de duro asedio al castillo de San Felipe en la entrada del puerto de Mahón, último bastión en el que resistieron las tropas inglesas del general James Murray.
Siempre sintió el Rey Ilustrado que la Guerra de Sucesión y la consolidación de la Casa de Borbón con Felipe V habían tenido un coste excesivo para nuestro país, constituyendo para él una permanente obsesión, la recuperación las dos importantes plazas.
El «regocijo» de Gibraltar quedó –y sigue quedando en ilusionada esperanza y el «júbilo por Menorca» sufrió un tercer traspiés en 1798, cuando los ingleses ocuparon nuevamente la isla. Sería la Paz de Amiens (1802) la que la reintegraría definitivamente a España.
Pero ni el sol naciente ni James Murray tuvieron nada que ver con la temprana hora menorquina. La razón es más sencilla. El Comandante General de Baleares, desdoblándose, debía presidir el acto en Palma a las doce, tras haberlo hecho antes en Mahón en el que fue palacio de los gobernadores ingleses, ubicado en un extremo de la muralla que protegió la plaza durante siglos. Desde 1287, Menorca tenía Gobernador o Comandante Militar. Los tiempos cambian y la historia y la tradición pesan menos aquí que el presupuesto y la orgánica.
Pero, volvamos a la Real Orden de Carlos III, cuando señala que: «el Rey de las Españas queriendo dar a los Ejércitos una muestra de su real aprecio ordenó a los Virreyes, Capitanes Generales, Gobernadores y Comandantes Militares, reuniesen a las guarniciones y presidios y notificasen a sus mandos, para que éstos lo hiciesen llegar después a las tropas, su regia felicitación».
Por supuesto, la conmemoración ha evolucionado, con retoques importantes incorporados en tiempos de nuestra Transición política. Pero hoy, iniciada la segunda década del siglo XXI, creo merece una ponderada reflexión.
La conmemoración de la Pascua Militar se ha convertido en una especie de «reapertura de curso político» recién iniciado el año y tras el parón informativo de la Navidad. En ella encuentran especial eco las declaraciones de intenciones políticas –algunas positivas, como la búsqueda del consenso parlamentario, pero también se da más importancia a vestimentas, gestos, presencias y ausencias, que a las palabras del Rey como Mando Supremo de las Fuerzas Armadas (Artº 62 de la Constitución) siempre próximas al verdadero espíritu de la conmemoración.
No. Desde luego no pido que aprovechemos el día para reivindicar Gibraltar, borrón en la cuenta del reinado de Carlos III, ni es necesario proclamar la españolidad de la Menorca conquistada –a golpe de bloqueo naval, fuego de artillería , tren de sitio y asalto– hace doscientos y pico de años, por los 12.000 soldados que mandaba el duque de Crillón.
Me refiero al concepto de «hacer llegar a los mandos, para que éstos hagan llegar a las tropas la regia felicitación».
No es que los mandos y las tropas necesiten una felicitación periódica. Saben de sobra lo que piensa y siente su Rey.
Lo que debe reconsiderarse, en mi opinión, es si es necesario un intermediador protagonismo político, más dirigido a los partidos y a los medios de comunicación que a los miembros de las Fuerzas Armadas, que han acudido con sus mejores galas al Palacio de Oriente o a cualquier capitanía a recibir la «regia felicitación». Ya tienen los partidos políticos sus propios y necesarios ámbitos de actuación, esencialmente en las comparecencias en las comisiones y plenos del Congreso y del Senado.
Porque los miembros de las Fuerzas Armadas, mientras escuchan discursos correctos políticamente, preparados por bien dotados gabinetes, vertebrados con halagadoras promesas, en su callado fuero interno sienten con preocupación la manipulación partidista de sus ordenanzas –las que les legó precisamente Carlos III– ; piensan que se les cierran y dispersan colecciones en el museo militar de Barcelona o se pretende manosear la Historia en el de Toledo; piensan que otros partidos les reprenden por izar la Bandera española en el Monte Gorbea o les obligan a borrar el lema «a España servir hasta morir» de la Academia de Tremp, allá por el norte de Lérida; piensan en cómo se confunde la respetuosa lealtad con la sumisión; piensan en los reiterados recortes presupuestarios justificados siempre por un «reducir para estar mejor dotados»; piensan en las peligrosísimas reformas de su sistema de enseñanza que tan buenos profesionales ha proporcionado hasta hoy; piensan en los cientos de recursos interpuestos contra la ley de la Carrera Militar.
Por supuesto, piensan en sus compañeros de armas que les dejaron o que sirven en tierras extrañas y valoran positivamente el que nadie, ayer, les negase un sincero reconocimiento.
Creo que los miembros de las Fuerzas Armadas no merecen este «estar sin sentir». Si se les encuestase seriamente, imagino su respuesta.
No necesitan esta «expresión de júbilo». Saben de sobra lo que sienten sus Reyes y su sociedad por ellos.
Les basta. Les basta, porque su mayor satisfacción la encuentran en el cumplimiento callado, serio, estricto, a veces sufrido o incomprendido, de su deber como soldados. Les sobra con saber que sirven a su Patria, aquí o en tierra extraña.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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