Cuando los hijos son consecuencias…
24.01.10 @ 08:00:26. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Nevando en la Esclusa 42. Canal de Castilla. Acuarela de José María Arévalo.34x46)(*)
Si sólo se leyera el título, razón habría para pensar que menosprecio, cuando no insulto, a los hijos. Nada más lejos de la realidad. Se trata, nada menos, que de ensalzar el amor conyugal con la pretensión que sea, precisamente, a través de los hijos. Veremos si lo consigo…
Cuando “hombre” y “mujer” se unen en matrimonio, por el acto conyugal se hacen “una sola carne”. Y suele producirse el milagro: donde antes había dos, ahora hay tres. El amor pudo encarnarse en un nuevo “ser humano”. Por esto, dice mi amigo e impresionante escritor Alfonso Basallo en su novela que les recomiendo, “Pijama para dos”: “tan erróneo es sacar al hijo del contexto del amor conyugal, como sacar el sexo del contexto del matrimonio”.
Milagro, digo, de im-po-si-ble realización si en vez de Adán y Eva-nuestros primeros padres-, Dios hubiera creado Eva y Rosa o Adán y Pepito. Sin diferenciación sexuada, no hay complementariedad. No hay matrimonio. No hay posibilidad de engendrar ser humano alguno. No hay nada. Salvo anomalía “contra- natura”. Natural es, incluso en lo material de uso cotidiano, la unión de macho con hembra: en electricidad, carpintería, metalurgia y tan largo número de ejemplos, que no es preciso cansar la atención de lector, aun con un mínimo coeficiente intelectual, que, evidente, no es el caso, para saber un principio tan básico ¿O no?
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