Tapias blancas
22.01.10 @ 08:00:12. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Bubion con luz natural. Acuarela de Silvia Pereira)(*)
¡Eureka! Ya encontré un tema sencillo como la vida misma; nada que tenga que ver con el omnipresente politiqueo que nos aflige: las tapias. Porque no me digan que las tapias no son un tema inocuo y aparentemente baladí.
Lo que pasa con las tapias blancas es que cualquier español las asociará inmediatamente a las pintadas; o sea, a esos chafarrinones pretenciosos que nos destrozan los paisajes urbanos. Y los no tan urbanos, puesto que también nos martirizan desde los arcos de los puentes y desde las señales de tráfico. Lo que inexorablemente nos lleva de la mano a hablar de los indeseables grafiteros.
¡Ay, los grafiteros! Confieso que para mí son una verdadera obsesión. Miren ustedes; cuando se me ocurrió la aparente tontería de hablar de las tapias, acudí a la lista de mis artículos del blog para ver si ya había escrito algo sobre estos individuos, y me extrañó constatar que no. Pero, ¿cómo no abordar en nuestro humilde blog algo que se relacione con esta extraña secta que, como las cucarachas, se extiende de noche por nuestras ciudades para destrozarlas?
Así que lo haré ahora aprovechando la ocasión de constatar que, efectivamente, las tapias blancas pueden existir en las grandes ciudades, aunque para hacerlo haya que salir fuera de España. Y cosa parecida podría decirse de otras localidades más humildes.
Fíjese usted, amable lector de mis entretelas; en este pueblo mío, que no era de los más castigados por la lacra de los grafitti, salió hace poco un tal “Orbes” que me tiene a mal traer. No habían pasado dos días de la inauguración del nuevo Centro de Salud cuando este energúmeno ya nos había pintarrajeado la fachada recién estrenada, que a fuerza de pintadas y limpiezas presenta hoy un sucio y descuidado aspecto. Y no han pasado muchos meses para que su nombre aparezca también en las señales de tráfico de una gloriosa rotonda ornada de olivos y banderas que da entrada a mi urbanización. De verdad; confieso que no sé lo que daría por satisfacer mi morbosa curiosidad por ver cómo es el rostro de un cretino como éste, quien, para mayor abundamiento, estoy seguro de que se sentirá orgulloso de lo que considera una “proeza”.
O sea que, en esta era de los derechos humanos, admitimos que tiparracos como éste se dediquen a amargarnos la estética sin pedirnos permiso. Para mí es como si me vinieran a dar una patada en la espinilla y luego se fueran sin que nada les pasara por hacerlo.
Digo yo que si les entra la urgencia de “expresarse”, pues bueno, que se fastidien o se vayan a pintarrajear el cuarto de estar de su casa, a ver qué les dice su mamá, a la que por mi parte quisiera dejar fuera de tan justas invectivas. Otra solución sería que lo hiciesen en Internet, porque ahora nadie puede decir que no encuentra dónde mostrar lo que le dé la realísima gana, y la prueba es este mismo blog.
Claro que la culpa la tienen todos esos majaderos que les tratan como si fueran artistas en vez de llevarlos a la picota. Es “arte urbano”, dicen.
Con lo bonitas que son las tapias blancas… Ahora las he visto en Accra y me han hecho feliz. Desde luego hay tapias blancas adornadas de buganvillas de todos los colores; tapias florecidas o simplemente embellecidas por el contraste con el verdor de los setos. Pero tapias que serían imposibles con un grafitero al acecho, porque no aguantarían veinticuatro horas sin verse mancilladas por unas letras sin significado alguno o por unos zafios rasgos negros. Y yo me pregunto: ¿de verdad, estamos en un país civilizado?
Hace poco más de un año viví un mes en el centro de Londres. El barrio se llama Pímlico y pertenece a la ciudad de Westminster. Desconozco si existen rincones marginales de la capital inglesa donde la secta de los grafiteros pudiera haber montado su cuartel general, pero, desde luego, la presencia de pintadas no es allí comparable con la que se observa en nuestras grandes ciudades. Y aun así, Pímlico es un caso especial, porque ofrece una de las mayores concentraciones de muros blancos que conozco. Muros impolutos, iluminados por las flores que cuelgan de las farolas y de las fachadas.
Así que es posible contener el ímpetu de esos facinerosos… Pero claro, para conseguirlo habrá que hacer algo que no se hace. Y como la gente apenas protesta…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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