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Mis amores. El tesoro perdido.

Permalink 10.01.10 @ 08:00:23. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Felicitación de Navidades 09. Acuarela de Salvador Castellà)(*)

En parte porque fui testigo privilegiado y en mucho porque, como ya he dicho, era especial confidente de Ricardo, puedo proseguir el relato que contiene sus aventuras y vivencias más íntimas. Convencido por sus propios argumentos y mucho más por los de María, Ricardo convenció también a Rodrigo. Entregados, al fin, de lleno a los estudios, se les hicieron más cortos los meses que aún faltaban para el verano.

Con el mismo genio y figura, antes de dormir planeaban cacerías, que por el momento les hacían olvidar la espada de Damocles de los inminentes exámenes.

Dónde cazar tenían, pues con la Vega sobraba cazadero y caza; escopetas tenían también: la del doce de su padre y aquella otra del cañón roto que les dejó Julián, aunque de puro vieja estaba casi inservible; además, había en su casa una escopeta preciosa de l´afouché de un solo y largo cañón. Era una auténtica joya de artesanía, tan fina, ligera y esbelta como una carabina india.

Para no variar, el problema era el de costumbre: ¡los cartuchos! Imposible comprar los del doce, sin tiempo para trabajar –como otrora hicieron a jornal en la propia Vega- por la firme decisión de entregarse de lleno a los estudios; ni por el mismo motivo, para conseguir las pingües ganancias que en tiempos no muy lejanos les proporcionó la venta ambulante de fruta. Menos aún la munición de l’afouché, tan anticuada, que la fábrica que había en Medina del Campo cerró porque nadie la compraba, a no ser algún chiflado coleccionista.

Ante tan negro panorama, soñaban a diario con tesoros de cartuchos; sueños tan imposibles como que Ricardo aprobara, en su día, las matemáticas que exigían para la difícil meta que se había propuesto: el de ingreso en la milicia. Pues, falto de base y pese al enorme esfuerzo que los ambiciosos planes requerían, imposible la recuperación de tan importante asignatura.

Un día, que según me dijeron era domingo, la máquina de pensar trapisondas, Rodrigo en este caso, propuso a Ricardo una visita de inspección a los sotabancos de la casa familiar donde vivían.

Junto a las modestas viviendas abuhardilladas, había varios cuartos trasteros de los que el más atractivo era el que pertenecía a su abuela. Repleto de antiguallas, era más tentador por lo prohibido que por lo desconocido. La vieja puerta estaba cerrada con llave, mas por el ojo de la cerradura podía verse un gran cajón, en primer plano, parecido al de la silla de montar que perteneció a su padre. ¿Cuál sería su contenido?, ¿otra silla de montar tal vez?; pues nos la podían dar -se dijeron- porque con una, compartida entre cinco hermanos, la verdad es que tocaban a bien poco. Y de seguro que ella –siguieron razonando- no la quería para nada. Como ni por lo más remoto se les ocurrió pedir la llave -¡qué vulgaridad!-, éste era el dilema: abrir la puerta como fuera, o quedarse sin saber el contenido del arca, que ya se les antojaba irritantemente misteriosa.

Sin que mediaran palabras, y mientras el pensamiento de Ricardo se ocupaba en tales divagaciones, un “ligero” empujón de Rodrigo, siempre decidido, bastó para que la puerta se abriese como si fuera de papel de fumar. A la par acudieron derechos al cajón. Lo abrieron, ansiosos, y poco faltó para que cayeran de espaldas al comprobar el contenido: ¡lleno de cartuchos hasta arriba!, y botes de pólvora, y saquitos de perdigones, y un juego completo de máquinas para recargar, y... Allí estaba todo al alcance de su mano y en cantidad como ni siquiera en sueños pudieron imaginar.

Miraba Ricardo boquiabierto las riquezas del cajón, cuando ya Rodrigo –otra vez decidido- había llenado un talego con ¡cartuchos de l´afouché! Tembloroso por la emoción, “el pequeño” guardó cuanto pudo en un saco, y Rodrigo hizo lo propio. Como locos bajaron luego a casa. Enseguida guardaron el tesoro en el cuarto ropero del dormitorio. No es que les importara mucho, pero, aparte de ahora suyo ¿quién sería el dueño de todo aquello? Porque en casa de la abuela ninguna de las tres mujeres que vivían con ella tenía, que supiesen, aficiones cinegéticas.

Cuando al día siguiente y después de una noche épica entraron en casa a la vuelta del colegio, notaron el ambiente enrarecido. Allí estaba la abuela hablando acaloradamente con la madre de ambos.

-“¡Cagüen tal, ya nos pescaron!”, dijeron los dos al tiempo. Efectivamente, en seguida fueron requeridos a su presencia. ¡Qué bronca Dios santo! Su madre estaba profundamente disgustada, y no menos la abuela, que una y otra vez repetía:

-¿Qué le decimos ahora a Paco, que nos lo confió todo para que se lo guardásemos? Porque lo que habéis hecho, niños, es un verdadero robo con asalto y hay que restituirlo y confesarse de ello. La sentencia llegó fatídica:

-¡Niños –les dijo, severa, su madre-, echarlo todo en la cesta de la plancha y a devolverlo enseguida! y aunque por el momento sin confesión, también llegó, tremenda, la penitencia: ¡y sin propina este verano!

¡Santo Dios! Su tío Paco, un cazador tan empedernido como ellos mismos, era el propietario del tesoro. Ricardo, con todo su corpachón de hombre, rompió a llorar a moco tendido, más que nada porque respetaba a su madre como se merecía y le dolía haberle proporcionado aquel disgusto más aún que tener que devolver los cartuchos de l’afouché y la pérdida de la propina del verano. Su madre seguramente les perdonaría lo de la propina si se lo pedían de buenos modos. Pero no tenían fuerza moral para ello. Ni siquiera para alegar el total desconocimiento de que aquello fuera del tío Paco.

Tomaron cada uno un asa de la enorme cesta de la plancha y, con la cabeza gacha, volvieron a los sotabancos donde devolvieron lo robado.

Ricardo seguía apesadumbrado y lloroso. Rodrigo, el tío, imperturbable. De vuelta y al entrar de nuevo en el ahora desolado dormitorio, la manaza del mayor se posó sobre el hombro del pequeño:

-¡No seas tonto Ricardo, no llores, que mira lo que tengo! –le dijo al tiempo que abría los cajones del escritorio; repleto uno de ellos de cartuchos perfectamente colocados; pólvora, perdigones en abundancia y las máquinas de recargar en otro; lleno el tercero de ¡cartuchos de l´afouché!

-¡No te fastidia, sin nada nos íbamos a quedar!, -dijo contundente.
Bien o mal hecho lo que hizo Rodrigo, se parecía mucho a lo que hacía Robín de los Bosques. Ricardo dejó de hipar. Al tío Paco, ni le iban ni le venían unos cartuchos más o menos. Seguramente se los hubiera regalado si se los hubieran pedido. Ricardo apartó sus remordimientos e hizo causa común con Rodrigo, que tenía salidas para todo. No podía, pues, por menos de admirarle.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2713/4225169282_841050f279_b.jpg


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