¡Ya vienen los Reyes!
06.01.10 @ 08:00:32. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Los Reyes Magos. Felicitación de Navidades 09 de Luis Piñero)(*)
Nada fácil ordenar cada día la numeración y preferencia de artículos que le llegan a nuestro “dire”, amigo Arévalo, para que ustedes los lean o, simplemente, los echen un vistazo. Trabajo y paciencia. Porque no es el orden una de mis escasas cualidades; y como encima soy prolífico, un día sí y otro también he de recibir sus cariñosos chorreos. Públicamente le pido perdón. Desordenado, una miaja “inorante” y trabajador…: enemigo público número uno. Terrible. Solicitó mi colaboración “articulada”, para Reyes y Año Nuevo. Lo voy a intentar con la mejor voluntad y ojalá a gusto de ustedes. Son días en los que trataré de olvidarme de filigranas literarias y dejar que hable el corazón y escriba lo que me dicte.
Durante estas fiestas pasadas (que espero hayan sido para todos ustedes de lo más felices), he tratado de vivirlas valiéndome de un pequeño “truco”: hacerme algo o alguien en cada escena impresionante de las acontecidas. Fui a veces un labriego, un pastor pasmado ante Dios hecho una criatura indefensa en la más absoluta pobreza. En el colmo de imaginación calenturienta, fue incluso ratón de los que dice el villancico “roían los calzones al bueno de san José”… También Iván y Kira –mis “lobillos”, ya fallecidos- o la extraviada Baraca, de mi amigo Javier, presentes ante el Misterio.
En el no va más imaginativo, hoy no me he andado con chiquitas, porque se me antojó hacerme rey nada menos… ¿Pero no fueron tres…? ,¿a qué viene usted con semejante invento?... Pues van a ser cuatro. Me dio la idea un correo de los recibidos con felicitación navideña .Gracias a todos.
Contaba una historieta, muy bonita, de cómo el cuarto rey, de cuyo personalidad me apropio para ustedes, llevaba al Niño, Mesías recién nacido, como los otros Reyes compañeros, multitud de regalos en proporción a la categoría del “Rey de los judíos”.
Salió-salí- del campo, en la dirección que marcaba una estrella de la mañana de superior belleza a la acostumbrada. Deslumbrante. Durante el penoso pero agradable por lo esperanzado viaje, fue-fui-repartiendo obsequios a cuantos menesterosos encontró a su paso en ciudades, pueblos, y naciones. La carga de los animales de carga, iba disminuyendo a medida que aumentaba el socorro a tanta miseria por el mundo que atravesaba. En la más remota lejanía, se unió a los regios compañeros. Gozoso. Tal era la alegría del cuarto rey-éste castellano- de la “terrible estepa por la que el Cid cabalgó con doce de los suyos”, que apenas si reparó en que todo lo había repartido. Cabalgaba con la compañía de su persona y la ilusión de la Fe de ir a adorar al Rey de reyes. Desapareció la estrella. Siguieron por el camino marcado. Cada nuevo amanecer aparecía nuevamente, cada vez más hermosa. Rutilante. Con la alegría que solo da Dios a los que siguen su camino pese a las continuas y cada vez más numerosas dificultades en forma de incomprensiones, cuando no oposición abierta a sus firmes creencias, llegaron a una aldea perdida y pobre de pobres y perdidos lugares. Preguntaron. La callada por respuesta o signos de no estar en su sano juicio los ilusos Magos. Un día precioso, como ninguno de los amanecidos hasta el presente, trajo la aparición de la más bella estrella de la mañana que jamás contemplaran. Se detuvo sobre una paupérrima cueva de pastores, tan inhóspita que, incluso estaba abandonada. Su Fe penetró en ella. Los cuatro.
Melchor, Gaspar y Baltasar, que así se llamaban los de la también regia compañía, quedaron, como él, Carolius, atónitos ante la más bella estampa nunca contemplada: enseguida supieron que allí, recostado en un pesebre, al solo agrego del calor de afortunados buey y mula, en un Niño indefenso vieron y oyeron cómo ángeles del cielo le proclamaban Dios de las alturas. ¡Lo habían encontrado! Sin duda. ¡¡Era el Mesías!!
Con la sonrisa presente, el mejor regalo que fueron ellos los que lo recibieron, de José y María, su madre, extendieron a Sus pies todos los presentes traídos desde Oriente: oro, incienso y mirra. Regalos de Rey. El cuarto Rey, tras el momento de ensueño por lo contemplado y adorado, miró con desolación sus alforjas vacías a hombros de un corazón enamorado. Mientras el Niño sonreía-para comérselo- relató a sus padres cómo todo cuanto traía para ÉL, lo había dado por el camino a los pobres más necesitados.
Una voz dulce, humana, pero de cielo, le dijo que su Hijo sabía que ya le ofreció más que ninguno. Los pobres, los niños y los enfermos -le dijo “la Dulzura”- son Él. Carolius confuso. Del bolso del chambergo, sucio y polvoriento del viaje, sacó un pergamino y leyó su inmaterial pero amorosísimo regalo:
LA LUZ QUE HA DE VENIR
La Luz que ha de venir está llegando
y es tanto lo que llega en la venida
que no cabe en el pecho tanta vida,
aurora tanta al corazón llamando.
Es tal la claridad en su porfía
de abrir un ventanal y hacerse lecho,
que baja las estrellas sobre el pecho
del mundo en Navidad. Y un nuevo día
nos abre a la Verdad, como tocando
con nieve cereal lo más profundo
del largo anochecer que ciega el mundo.
La Luz que ha de venir está llegando.
Juan Carlos Rodríguez Búrdalo
Se lo entregó para ÉL el amigo del que leyó nombre, apellidos y vivienda: Valdemoro,200. Sonrió nuevamente el Niño, por tan espléndido regalo recibido. A Carolius se le borró el rictus de tristeza por llegar tan de vacío. A Jesús, así se llamaba el Niño, se le cerraban los ojos, aún más bellos que la señal seguida. Eran los mismos ojos de su Madre, la más hermosa y verdadera Estrella de la Mañana. Suave a oídos de los presentes: ángeles, pastores y humildes labradores de aquellos pagos, cantó Carolius. Nuevo Regalo:
A la nanita nana, nanita ea
mi niño tiene sueño, bendito sea
A la nanita nana, nanita ea
mi niño tiene sueño, bendito sea
ea, ea, ea
Pimpollo de canela,
lirio en capullo
duérmete vida mía mientras te arrullo,
duérmete que del alma mi canto brota
y un delirio de amores es cada nota.
Oh niño que en cuyos ojos el Sol fulgura,
cerrarlo es cercarme de noche oscura
quiera cerrar el mío, los ojos bellos,
aunque tu madre muera sin verse en ellos.
Fuentecilla que corre clara y sonora,
ruiseñor que en la selva canta y llora,
calla mientras la cuna se balancea,
a la nanita nana, nanita ea
a la nanita nana, nanita ea
ea, ea, ea
De puntillas, sin hacer ruido “para que no despierte que está dormidito”, los cuatro dejaron tras de sí la sonrisa agradecida de María y José. ¡¡Felices Reyes!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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Comentarios:
Que esa LUZ no deje de venir, de llegar y de iluminar el "largo anochecer que ciega al mundo.
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