La primera helada (II)
26.12.09 @ 07:51:36. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Felicitación de Navidades 09. Acuarela de Manuel Prieto Hernández)(*)
Me enrollé, sí, en el artículo anterior del mismo título, pero es que, además, para escribir acorde con el tiempo, resulta que este año han empezado tarde las heladas, no ha helado, como habitualmente, “por los Santos”.
Transcurrió el verano. Y con el otoño, llegaron al campo otros nuevos y diferentes olores. El viento fresco, tan reconfortante en la canícula pasada, hizo que en los hatos del personal que, muy numeroso bajaba cada día a Peñalba -como en Traspinedo se le llamaba a la Dehesa por el casi desaparecido pueblo que otrora le dio nombre- arropado en mantas, ésta sí con más de mil batallas “en sus costillas”, para no quedarse arrecido en madrugadas desapacibles, traía, digo, olores variados y distintos a los intensos de tantas mieses doradas del verano. Olores perfumados a fruta madura: reinetas de piel moteada y piel dura que, no obstante, traspiraba esencias de madera noble y naturaleza incontaminada.
Fragancia de los melonares que acababan su ciclo de vegetación y ofrecían al ambiente el dulzor que pugnaba por escapar de las carnosas y almibaradas interioridades en hermosas piezas “piel de sapo” o apretados de carnes melones “tendrales valencianos”. Los que, por cualidades de conservación, estaban ya colgados de las vigas en los sobrados para lenta maduración, sin pérdida de sabores hasta los postres navideños, no muy lejanos. A madera de nogal vareado de frutos cuyas envolturas antaño verde intenso, estaban hogaño ennegrecidas por el peso de largos días y la calor. Frutos sanos y sabrosos, que junto al de sus hermanos almendros (almendrucos montañeses, chichotes quechuas de los indios que habitaron Traspinedo), dejan que el viento traslade sus fragancias ocultas dentro de olorosas protecciones hasta las oquedades humanas incontaminadas de polución, aunque no de la que desprenden los “pitos de picadura selecta del tabaco que contiene el cuarterón”. Pitillos liados a mano, que se apagan apenas encendidos y alguna que otra “calada”, sostenidos por lo castellanos labios de fumadores contra los que no pueden las sustancias nocivas contrarrestadas por las saludables y más numerosas otoñales.
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