Mis amores. Vendedores ambulantes
19.12.09 @ 07:39:21. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Herry Arifin en herryarifin.com)(*)
Una vez gastados los cartuchos que pudieron fabricar con todo el plomo que había en el caserío de la Vega, comenzaron, al fin, a disponer de munición las armerías. Pero ahora lo que no tenían -¡qué tormento!- era dinero para comprarlos. A la mañana siguiente de una noche de insomnio...
-¡Creo Rodrigo que ahora tengo yo la solución! –le dijo Ricardo, al tiempo que se tiraba de la cama.
-¿Y cuál es si puede saberse? -preguntó éste con cara de circunstancias.
-¡Podíamos vender fruta! –contestó con expresión de triunfo. Pues mira, a Rodrigo no le pareció mal.
La verdad es que cogerla de los árboles no era cosa que les resultase complicada a ninguno de los dos, con la práctica adquirida de trepar antaño a por los pájaros de los nidos, ingrediente fundamental en las meriendas con los vaqueros. Y bajarla tampoco, en “buches” de la camisa. Para llegar a las mejores piezas, siempre, “cagüen la mar”, en las ramas más inaccesibles, inventaron un sistema sencillo pero eficaz: provistos de un varal bien largo, le clavaron en el extremo un bote de los del tomate; cortado el borde como los picos de una corona e introducido en él la pieza de fruta, mediante un giro quedaba cortada dentro. Sin duda era lento el sistema, pero se recogía con él una fruta excelente y de impecable presentación; detalle éste importante por cuanto se cotizaba más en el negocio recién montado. Para recoger variedades de pequeño tamaño, ciruelas, perillos... el carrizo cortado de la alberca inmediata y extendido al pie del árbol, servía para amortiguar el golpe de la fruta, que, ya madura, se desprendía con facilidad en cuanto se agitaban las “gachas”.
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