Añoranzas
16.12.09 @ 08:00:04. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Monte bajo. Acuarela de Txon Pomés)(*)
No estoy muy convencido de que sea bueno escribir y escribir sobre tantos recuerdos que, como titulo, son añoranzas. Creo recordar que alguien importante dijo: no añores lo que ya pasó, ni te preocupes del mañana, que no sabes si llegará para ti. O así; que, inseguro, no entrecomillo. Me llegó la siguiente noticia, que me despertó añoranzas:
“La preparación de los efectivos del Mando de Operaciones Especiales (MOE) con base en Rabasa es de un elevado nivel y así lo han demostrado en una competición de tiro en Fort Benning (Estados Unidos), donde participaban 31 equipos y el español ha quedado en la primera posición”.
El porqué de mi añoranza, procede de esta extraordinaria competición. Era “menos mayor”, cuando, destinado en el glorioso y hoy desaparecido Regimiento de Infª San Quintín de Valladolid, se me encomendó el mando de la 4ª Sección. Entre otras responsabilidades, tenía la de armamento y material. Se incluía en ella la del polvorín regimental. Entre la muy abundante munición, había no menos de 4 cajas de cartuchos de 9 mm “largo” (10.000 unidades, creo recordar, cada caja). Declaradas en desuso, era preciso destruirlas. En posesión de pistola reglamentaria de este calibre, se me concedió permiso para consumirla en ejercicios de tiro.
Previo aviso a la Guardia Civil de Tudela de Duero y con su Vº Bº, comencé los ejercicios en lugar absolutamente solitario de la Dehesa de Peñalba (propiedad familiar). Ribera del Duero con espaldón de tiro en las imponentes laderas intransitables y el gran tajo en ellas de las denominadas Derroñadas. Cada día colgaba de las frondosidades de la exuberante chopera y alameda, botes, cartones y objetos diversos con buena, escasa o casi nula visibilidad.
Con la brisa continua en esos pagos, los objetos colgados estaban en movimiento suave pero constante. A veces, no tan suave. Cuando más arreciaba la brisa, comenzaba el “paseo”. Al destello de los botes o vista, siquiera de refilón, de los otros objetos, disparaba sobre ellos hasta completar el recorrido de varios kilómetros. A la vuelta, comprobaba resultados. No mal tirador desde casi niño, eran aceptables. Sólo aceptables, al principio. En varios meses de entrenamiento diario y con la sustitución de varios cañones del arma por desgaste, consumí toda la munición (¡40.000 cartuchos!) Mejoraron los resultados: los objetivos acribillados.
Nunca había participado en competición alguna de tiro, hasta que se convocó una en Valladolid para jefes oficiales y suboficiales de todas las Armas y Cuerpos más policías nacional, municipal y gubernativa. Competición de “tiro instintivo y velocidad”. Lo mío, me dije. Y lo fue. Participaba el campeón de España de tiro de precisión con arma corta. Pues ¡nada! ¡Vamos, que me llevé el trofeo! Añoranza grande.
Tal vez por arriesgada y fiado el Mando de estas aficiones, se me confió acto seguido la misión de organizar y entrenar diferentes destacamentos que custodiaban posibles objetivos de la banda “eta”. Repetidores de televisión, depósitos de agua, de combustibles… , amenazados por entonces (inminente el de la subestación eléctrica de la Mudarra de suma importancia nacional). Elegí como conductor del todo terreno asignado a un chicarrón del Norte, de entre los muchos del Regimiento.
Los entrenamientos fueron duros, pero al parecer eficaces. No hubo atentados.
Cada día salía de casa muy pronto, siempre a horas diferentes, hacia los destacamentos instalados y por itinerarios diferentes también. El arma, compañera en mil batallas, montada y abierta la funda, siempre ¿desconfiado? y dispuesto al disparo.
Transcurrido el tiempo de máxima alerta, fue requerida mi presencia en el Gobierno Militar. Vanidoso hasta decir basta, creí para felicitación… ¡infelice! Chorreo descomunal: “¿Pero cómo se le ocurrió elegir ese conductor precisamente…?” Silencio, claro. Perplejo. Y cara de haba. ¡¡Era miembro de la banda terrorista eta!!
Muchas veces estuve bajo los impresionantes efectos de una tormenta en laderas y páramos. Cuando rompe el firmamento el rayo cárdeno y sobrecoge el estampido inmediato del trueno que parece romper en mil pedazos las peñas albas. Vuelta a mi ser la color desde esta violácea en la cara, escuché lo insólito: Tenía en su poder croquis de cada destacamento y accesos, incluso algunos de los itinerarios empleados hasta ellos. Incluía en sus documentos lo desaconsejable del atentado por previsión de innumerables posibilidades.
Me expliqué entonces el porqué me aconsejó un día la Guardia Civil, variar el trayecto variado y sólo conocido por mí y el conductor, claro. También obraban en su poder los movimientos del Coronel del Regimiento. Situación, municiones y dependencias del polvorín regimental al detalle. ¡A “roerse” con el chicarrón del Norte! Añoranza, sí, añoranza grande de estar aparcado del Servicio a España, cuando de verdad lo necesita y de nuestras FF.AA., vapuleadas por disposiciones difícilmente creíbles. Pero ciertas. Añoranza unida a esperanza, también grande, en nuestros jóvenes mandos que mamaron de la misma teta que los veteranos. Dios les ayude.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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