Los lunes, revista de prensa y red
14.12.09 @ 07:56:07. Archivado en Artículos
“¡Mujer, Bono no te condena!”, de Juan Manuel De Prada, y “Una ideología insidiosa”, del cardenal Cañizares

(Ternura. Acuarela de Ana del Campo en la XI Exposición Internacional de Acuarela, Segovia, Junio 2009.50x70)(*)
¡MUJER, BONO NO TE CONDENA!
Artículo de Juan Manuel De Prada publicado en abc.es el pasado 28 de Noviembre.
A mí la religiosidad de Bono siempre me ha parecido un puro fachadismo, al estilo del postizo capilar con el que disimula su calvicie, con sus ribetes de frailonería untuosa, que lo mismo le sirve para situarse en primera fila en la toledana procesión del Corpus que para ponerse tibio en las panrodias eucarísticas de Entrevías. Pero fachadismo y frailonería no bastan para explicar del todo el fariseísmo de Bono; o sólo servirían para explicarlo en su aspecto más puramente externo, propio del «catolicismo barroco» de otras épocas, donde el gesto religioso vivo era sustituido por la mueca y el aspaviento. Pero, junto a este fariseísmo externo, convive en Bono un fariseísmo más insidioso y medular, que consiste en la sustitución cínica de la religiosidad esclerotizada por un relleno ideológico. El fariseo de esta segunda especie actúa sobre su religiosidad como el taxidermista actúa sobre los animales que diseca: los vacía de órganos internos y los infla de borra antes de coserlos, cuidándose además que acicalarlos por fuera.
En el artículo que Bono se ha sacado del magín para justificar su apoyo al aborto libre hallamos esta segunda forma de fariseísmo, acicalada con sus invocaciones al «Evangelio de Jesús», en el que «quiere inspirar su vida». Empieza Bono, como el fariseo de la parábola, proclamando pomposamente sus «convicciones éticas y religiosas»; pero enseguida descubrimos que tales convicciones han sido vaciadas de significado y sustituidas por la borra ideológica. Hay pasajes en que tal sustitución revela las mañas del taxidermista chapucero: así, por ejemplo, cuando concluye que la prohibición del aborto «sólo ha logrado su práctica clandestina», ante lo cual «el legislador responsable no debe mirar a otro lado»; y no mirar para otro lado consiste, a su juicio, en legalizar el aborto libre. Que es como si el legislador advirtiera que poner semáforos en las calles ha servido para que algunos conductores se los salten; y, para evitar esta práctica clandestina, resolviese quitar los semáforos.
Pero Bono no se limita a proclamar pomposamente unas convicciones vaciadas de contenido, sino que también se atreve a juzgar las convicciones de los demás, como hacía el fariseo de la parábola con el publicano. En un pasaje muy taimado del artículo, Bono aconseja evitar la «caricatura» de quien condena el aborto; pero a renglón seguido incurre en ese vicio, afirmando que los obispos, durante los ocho años que gobernó el PP, «aceptaron mansamente» la ley vigente del aborto. Sólo la caricatura, en su versión más trapacera y chirriante, puede permitirse convertir en aceptación mansa lo que ha sido condena sostenida, reiterada y sin ambages, expresada tanto en instrucciones pastorales como en la predicación desde los púlpitos. Pero todavía Bono llegará más lejos en su artículo, atreviéndose incluso -¡con un par!- a tergiversar el magisterio papal sobre el aborto.
Como no podía ser de otro modo en un sepulcro blanqueado, que por fuera parece bonito pero por dentro está lleno de huesos de muerto y de toda inmundicia, Bono no se recata de embadurnar su prosa con el almíbar empalagoso de la filantropía, disfrazando su justificación del aborto de «comprensión y misericordia» hacia las mujeres que abortan; en donde se vuelve a demostrar que la falsa caridad es la forma más astuta y sutil de fariseísmo. Y, en fin, como tarde o temprano los fariseos acaban, en su arrogancia, creyéndose investidos de poderes mesiánicos, Bono concluye su artículo parodiando el pasaje evangélico de la mujer adúltera con un apóstrofe demencial: «¡Mujer, actúa en conciencia, esta ley no te condena!». Nosotros, menos apostróficos, nos preguntamos cómo se las ingeniará Bono para escapar a la condenación de la Gehenna, que según el Evangelio de Jesús en el que asegura inspirar su vida es el castigo que se reserva a los fariseos.
UNA IDEOLOGÍA INSIDIOSA
Artículo del cardenal Antonio Cañizares publicado en La Razón el paasado 25 de Noviembre.
El pasado lunes se ha presentado en la Universidad Francisco de Vitoria un libro importante sobre una cuestión capital: «La ideología de género. Reflexiones críticas». Los autores, en su conjunto, ofrecen una visión lúcida y objetiva de esta ideología que, desde hace unas décadas, se está difundiendo por todas partes. Esta ideología constituye y expresa una gran revolución cultural que cuenta con muchos medios e instrumentos puestos al servicio de los que la promueven y con alianzas de poderes muy influyentes. Algunos «lobbies» muy poderosos están en ello.
¿En qué consiste esta ideología nueva y esta revolución cultural? En lugar de la palabra «sexo» se introduce y se viene utilizando la palabra «género». Con ese cambio semántico se está diciendo sencillamente que «las diferencias entre el hombre y la mujer, mas allá de las obvias diferencias anatómicas, no corresponden a una naturaleza fija, sino que son producto de la cultura de un país o de una época determinados». Según esta ideología, la diferencia entre los sexos se considera como algo convencionalmente atribuido por la sociedad, y cada uno puede «inventarse a sí mismo» (Alzamora Revoredo).
La sexualidad, en esta ideología, no es vista propiamente como «constitutiva» del hombre; el ser humano sería el resultado del deseo, de la elección. Sea cual sea su sexo físico, el hombre podría elegir su género; esto es: podría decidirse, en cualquier momento, y, consiguientemente, cambiar en su decisión cuando quisiera. En esta ideología y para esta revolución cultural no existe naturaleza, no existe verdad del hombre, sólo libertad omnímoda. Todo es libertad y, por encima de todo, libertad. No hay un orden moral válido en sí y por sí; todo depende de lo que se decida. No cabe un único y universal orden moral. El único que deberíamos establecer sería el orden que da libertad a todos: la libertad está incluso por encima y en la base de derechos humanos fundamentales e inalienables, como el de la vida; en esta revolución, en el fondo no sería la verdad la que nos hace libres, sino la libertad la que nos hace verdaderos.
El nexo individuo-familia-sociedad, en esta revolución, se pierde y la persona se reduce a individuo. No hay verdad, ni naturaleza, ni creación; sólo cultura. En esta disociación entre sexo y género, o entre naturaleza y cultura, la persona no cuenta, y sin embargo destruye la dimensión personal del ser humano y lo reduce a una simple individualidad. Esta ideología también supone el cuestionamiento de todo lo que significa y conlleva «tradición» e identidad. Todo es cambio, siempre hay que buscar la novedad. Tal revolución, además, excluyendo en su base toda referencia a la dimensión trascendente del hombre y de la sociedad, excluyendo a Dios, creador del hombre y que ama a cada hombre por sí mismo, comporta necesariamente una dimensión y visión laicista de la vida y de la sociedad en la que no caben ni Dios ni verdad objetiva alguna; son sustituidos por la libertad, la decisión y el hacer creativo del hombre.
El relativismo radical es otro de sus soportes, y el asentamiento en la mentira es un compañero inevitable. Estamos, pues, ante una subversión en toda regla, ante una verdadera revolución cultural de consecuencias destructivas de grandísimo alcance para el futuro del hombre y de la sociedad. Es preciso ofrecer la fuerza de la verdad. Es lo que trata de ofrecer el libro presentado el lunes, al que me he referido en este artículo. Una espléndida aportación de sus autores, merecedora de todo agradecimiento.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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