Imágenes de Ghana (2). Accra
13.12.09 @ 08:00:09. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Zoco de Aauin. Acuarela de Julio Visconti en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009. 71x97)(*)
Accra, la capital de Ghana, a donde he venido por segunda vez, es una urbe situada al borde del mar, con el cual no parece tener demasiado trato a pesar de sus playas y sus excelentes hoteles. Es una ciudad muy extensa, totalmente llana, con grandes avenidas, sin aceras propiamente dichas, habitada por grandes árboles, muchos de ellos permanentemente en flor: flamboyants de amplias copas salpicadas de rojo; poderosos nims, acacias pobladas de flores amarillas, mangos que nos ofrecen sus apetitosos frutos, bungavillas que aquí crecen hasta adquirir una categoría superior... y unos curiosos ejemplares aparentemente sin ramas, cuyas hojas flácidas y de un verde intenso cubren el tronco de arriba abajo como si fueran antiguos postes de teléfono revestidos de hiedra.
En la zona cercana al aeropuerto de Kotoka preponderan las urbanizaciones cerradas, con sus piscinas y sus bellas verjas de entrada. También es ésta la zona de los buenos colegios y guarderias. Y de las embajadas. La norteamericana y la francesa son espectaculares; aquélla por su inmenso edificio, considerablemente mayor que el de Madrid, y ésta por su larguísima tapia blanca, que encierra un espacio de gran verdor. En realidad, muchas de las tapias de esta zona son bellísimas y destacan por el espectáculo de sus espléndidas buganvillas rojas, blancas y anaranjadas. España enarbola el lujo de su bandera en dos amplios recintos: el de la embajada y el de la agregaduría comercial, recientemente imaugurada. Cerca de ellas está la Nunciatura, en cuyo jardín, presidido por una imagen de la Virgen, solemos oír misa los domingos.
Gran parte de la ciudad toma el aspecto de un inmenso mercado. Algunos de los establecimientos - pocos, desde luego - están a la altura de los que podríamos ver en Madrid o en cualquier otra capital europea; pero la mayoría se concentra en grandes áreas para extenderse luego por doquier. En las no-aceras de tierra roja se alinean puestos y tenderetes, mientras que en las zonas de mayor circulación los vendedores ambulantes se acercan directamente a los vehículos para ofrecer sus artículos. La verdad es que los ghaneses son muy considerados en este aspecto; se sitúan a la espera de que se les solicite algo y no suelen acogotar al viajero. Eso sí, pueden ofrecerle cualquier cosa: desde alimentos ligeros - como bollos, plátano seco o trozos de mango o sandía - y bebidas - o bolsas de agua, muy apreciadas -, a mapas, zapatos, camisetas de Essien, imágenes sagradas y hasta antenas de televisión. Las mujeres llevan la carga sobre la cabeza en un dificilísimo ejercicio de equilibrio que son capaces de mantener durante la manipulación de la entrega y el cobro de la mercancía.
La condición de capital que tiene esta ciudad encuentra su expresión en algunos edificios oficiales ornados de cierta espectacularidad. También en las grandes plazas circulares que rinden culto a los seis políticos considerados como los padres de la nación ghanesa, y sobre todo a Nkrumah, el más importante de todos ellos, porque hemos de decir que consiguió que Ghana fuera el primer país en independizarse después de la Segunda Guerra Mundial. De aquellos sueños de esplendor, y de la influencia enercida en este país por el bloque soviético. queda hoy la gran superficie dedicada a los desfiles y las grandes demostraciones.
El ambiente de Accra es placentero, sobre todo por la influencia de su clima. La temperatura es igual a todo lo largo del año, y ahora, ya en diciembre, terminada la estación de las grandes lluvias, se impone el sol matizado y amable del Harmattan, un viento procedente del desierto que baja hasta el Golfo de Guinea arrastrando una nube de polvo microscópico que, en lo que yo conozco, nunca llegamos a sentir excepto por esa especie de filtro que interpone entre nosotros y el astro.
Es este clima cálido y apacible el que nos mueve a despertarnos a las cinco o las seis de la mañana, bañarnos todos los días en la piscina y meternos en la cama hacia las nueve de la noche. Quizá sea también la razón para que éste sea un mundo silencioso, y teñido, yo creo, de esperanza. Lejos quedan los rifirrafes, los camelos mediáticos, las maniobras arteras y las estupideces sublimes de nuestros dirigentes. Lejos queda, sí, ese mundo petardeante de mentiras. Afortunadamente este año no viviremos unas Navidades rojas; perdón, quería decir blancas.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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