El otoño más largo
11.12.09 @ 08:00:02. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(En Zaratán. Acuarela de José María Arévalo. 34x56)(*)
Pensaba haber escrito hoy sobre el Museo de escultura policromada de Valladolid, que por fin he conseguido ver, tras su reciente apertura, este puente de la Inmaculada, con varios de mis hijos. Escribí sobre él cuando se dio la gran noticia, prometiendo contarles la impresión. Al retomar el motivo, he comprobado que el retraso de la visita coincide con lo que ha durado este año el otoño, inusitadamente prolongado, justo dos meses. Así que no podía dejar pasar el acontecimiento. Normalmente – lo comento todos los años por la Fiesta del Agua de la asociación castellano leonesa de acuarelistas, que se celebra a finales de la estación -, dura, por estas tierras nuestras, solo un mes, octubre un poco pasado, desde la fiesta del Pilar. No se qué ha ocurrido este año, que hemos disfrutado de los colores del otoño el doble de tiempo. La acuarela adjunta es de la semana pasada. Todavía ayer había amarillos en los chopos y rojos-teja en los castaños, en la carretera de Renedo, donde fuimos a pintar el trío de jubilados.
De los colores del otoño escribí hace dos años por estas fechas. Además de elucubrar sobre donde y por qué son más vivos – aguas arriba del Pisuerga, a la altura de la capital vallisoletana, decía, pero no muy seguro, y sin la menor idea de cual sea la causa-, y ya en materia propiamente pictórica, añadía: “Tengo la impresión de que con los amarillos y naranjas pasa como con los verdes, que resultan fácilmente horteras. Pero entonces ocurre que las estaciones más bellas del año, primavera y otoño, no se pueden pintar. Incluso el verano que es también verde y/o amarillo, tampoco nos vale. Y así resulta que los maestros de la acuarela, Wesson, Chamberlain, etc. solo pintan paisajes parduscos.” Para concluir: “Me resisto a aceptarlo”. Y pensando que era un problema técnico, ofrecía una solución: “He recordado aquella idea de Kandinsky de que los amarillos resaltan más en triángulos, y los azules en círculo, y la aplico en la medida de lo posible. Seguro que los compañeros tenéis muchas más ideas. Esa es la conversación”. Dos años después, releyendo aquel artículo, pienso que más que cuestión de formas es un problema de entonar los colores.
Con el paisaje urbano pasa que, en los motivos de árboles, que es conveniente incluir para aligerar el exceso de dibujo y detalles, son los colores otoñales los más agradecidos. Desde luego, pintar solo campo tiene una enorme dificultad, por lo que casi siempre acudimos a incluir alguna casita en la lejanía, algún tapial o cerca, aunque no existan en la realidad. En el campo, la necesaria síntesis y la repetición de formas parecidas obligan a elegir bien los colores, para distinguir la sucesión de formas de las arboledas, la de las parcelas sucesivas en la tierra, o los distintos planos de las praderas.
Con ésta dificultad empezamos a dibujar, delimitando las masas que vamos a distinguir, y nos damos cuenta de que ese paisaje tiene colores cálidos diversos, multiplicidad de amarillos más o menos intensos, naranjas y rojizos, pero también colores fríos, desde luego en la foresta que queda en lejanía, pero también en los matorrales más próximos, y no digamos en el cielo que se cuela entre la fronda y en las sombras.
Lo bueno sería decidir si vas a pintar con colores fríos o cálidos. Los colores propios de otoño son más bien cálidos, pero resulta, por ejemplo, que el más gracioso es el de una higuera amarillo limón, que resalta precisamente por su excepcionalidad. En los matorrales es frecuente encontrar muchos verdes azulados del típico carrasco, en un entorno más bien violáceo que, si entornas los ojos, dan las matas que ya se van secando. Esa variedad puede contigo, quedas preso de su múltiple colorido y ya no aciertas a entonar.
Este año me dio por meter mucho violeta cálido, violeta con mezcla de tierra siena tostada. El violeta va muy bien con la variedad de amarillos, no en vano amarillo y magenta son complementarios. Pero, como dominante, es un color monótono y triste. Así que tuve que rectificar y volver a la tan difícil variedad que impone la naturaleza. Dos meses han dado este año para mucho, para estrellarse una y otra vez, y acabar temiendo a los colores del otoño. De repente, no sabes por qué, un día te sale una acuarelilla decente, y entonces vuelves a creer en el otoño, la estación más maravillosa del año para los pintores. Especialmente para los que practicamos la acuarela, la técnica más agradecida de todas, traidora también, como los colores del otoño. Sin embargo, te despides de éste, hasta el año que viene, con añoranza, como si ya no esperaras encontrar motivos tan bellos y agradecidos hasta entonces.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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