Mis amores. Amor “fundamental”
02.12.09 @ 07:43:06. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(El Pilar. Acuarela de Francisco José Castro. Portada de catálogo)(*)
Pudiera pensar el lector que con tal título, el amor que sentía (tenía) por María, no fuera importante. Pues, “improbable” lector amigo, se equivoca quien así piense. El de ambos fue un amor precioso donde les haya. Con fundamental quiero decir sencillamente que, cuando se escribe Amor con mayúscula, no se refiere al solo amor humano. Humanamente, puede surgir, y surgió, en quien dejaba la adolescencia, plagada de ellos. Éste fue uno muy especial, cuyo relato intentaré no sea de poner los ojos en blanco ni envuelto en tufillo de sacristías. En absoluto fue así.
Retrocedo: Les dije, que mi hermano Rodrigo y yo decidimos la preparación intensa para el muy difícil ingreso en la carrera de las armas; y lo hicimos con el internado en el colegio Santiago para huérfanos de militares. Un alarde de cordura. El régimen disciplinario era de extrema dureza. Mis planes eran tan firmes por el total enamoramiento de la mi pelirrojilla, que lo acepté, nunca mejor dicho, de mil amores.
Junto al estudio intenso, extenuante, pedía y rezaba; rezaba, pedía y oía Misa a diario: con la diaria petición a la Inmaculada del milagro; porque milagro sería, después de años y años de vagancia en estudios –frenética actividad en deportes, aficiones, amores…-, aprobar, insisto, el más que difícil segundo grupo, basado en las casi ignoradas matemáticas.
Como en nada conocía términos medios, restringí otras manifestaciones amorosas a las, como siempre, muy intensas, totales, a la Señora. Llegó a ser tal la confianza con Ella, que mis íntimas “conversaciones”, henchidas del fundamental Amor (¿lo ven?), que don Edilberto, el “Pater”, tenía que avisarme a diario y después de la Comunión. Era preciso cerrar la capilla para acudir él (o ambos) a desayunar. No recuerdo qué Le diría en tan largas peroratas, pero les aseguro que eran de Amor encendido y confiado. Tanto, que me planteé que pudiera tener “vocación”.Quiero decir que tal vez -¡hummm!...-quisiera ser cura.
Aquella imagen de la Inmaculada me traía a las mientes las cantigas enamoradas a la Virgen. Las que compuso Alfonso X el Sabio. Y puesto que esto lo escribo en mayo, recuerdo la bellísima “¡Bienvenido mayo!...” Preciosa, digo, porque nos invita a rogar con más Amor a la Virgen María, para que nos libre del mal y nos colme de bienes. Y puesto que hablamos de amores…, recuerdo, también, cómo la cantaba con frecuencia y dicen que excelente voz, en la que sólo faltaba el acompañamiento del clavicordio, o la más sencilla zanfona del medioevo, para ser verdadero juglar de la Virgen. La transcribo íntegra, para que la recuerden y disfruten:
Rosa entre rosas
flor de las flores
Virgen de vírgenes
amor de amores
Rosa en que el Señor
Puso su querer
flor la más hermosa
Que se vio nacer
Virgen que hace dulce
todo padecer
amor que hace nuestros
Sus castos amores.
Cuando les hago semejantes confidencias con sinceridad salvaje, les aseguro que, sin permitirme nunca bromear con ellas, tuve un fuerte ramalazo de vocación. Pero el que podía y debía ser santo amor humano por mi pelirrojilla y el amor a mi profesión –también santo o bueno-, junto al milagroso ingreso, hicieron que fuera eso: un fuerte, fortísimo…ramalazo.
Mas en mi alma y corazón incontaminados –se lo aseguro-, quedó siempre el poso del impresionante y fundamental Amor.
Con el corazón en carne viva, ofrecí entonces la miniatura de los cordones rojos (distintivo visible de los cadetes de la Academia General Militar) a mi queridísima Pilarica.
Sería interminable añadir los avatares académicos del segundo curso. Me limitaré a un suceso puntual, importante, imprevisto, anterior al progreso amoroso del final del verano con la mí pelirrojilla.
Los altavoces clamaban insistentes por la presencia de Ricardo y Rodrigo Aguirre en la sala de visitas. Insistentes, porque al estar, como de costumbre, en el campo de deportes, me llevó algún tiempo, además intrigante, cambiarme totalmente de atuendo, para acudir a la llamada de no sabíamos qué personaje. Entre bromas de los compañeros, que decían de coña lo de la visita en la canción “Teresita”…Entramos con la curiosidad pintada en el rostro. ¡Ni Teresita ni gaitas! Un joven desconocido, pero de lo más amable, nos saludaba extendiendo, efusivo, la mano. Nos miramos con sorpresa y correspondimos correctos. Resultó ser un pariente lejano, natural de Medina del Campo, al que no habíamos visto en la vida. Aquél día era sábado, por entonces absolutamente lectivo. Nos invitó, muy cariñoso, a merendar el domingo en la residencia de estudiantes donde vivía. Particularmente a Rodrigo, hasta se le estiraron las orejas con tan solo oír la palabra merienda. Yo, más bien contrariado, por la intrusión del “pariente” en horas que dedicaba al deporte o a escribir a María. No obstante, acepté, educado, con el disimulo que al de Medina no pasó inadvertido.
El trayecto en tranvía hasta la Plaza de La Seo inmediata al Pilar, fue de un continuo regocijo mental de Rodrigo. No paraba de imaginar hermosos porrones de vino y exquisitas viandas, a las que, sin duda, habíamos sido invitados.
Tras la acostumbrada visita a la Pilarica, los dos firmes, inhiestos, bizarros, marchamos a la cervecería “Gambrinus”. Lugar de la cita, y según la sapiente opinión de Rodrigo, como aperitivo para “abrir boca”. Allí estaba. Sonriente y con sendas jarras de cerveza pedidas con antelación, muy seguro de la puntualidad espartana de los cadetes. Mientras tomábamos con fruición, ya los tres, el delicioso contenido, Carlos, así se llamaba el “interfecto”, nos puso en antecedentes, que ni escuchamos, tan entretenidos con el “refresco preliminar”.
Anduvimos luego lo que no está escrito hasta llegar, en un descampado, fuera, claro, de la ciudad, a la Residencia de estudiantes Miraflores (no se me olvidó el nombre), lugar de la suculenta merienda…
Detrás del medinense, saludamos primero: yo, a una Virgen preciosa. Los otros, además y con genuflexión, al Sagrario en una capilla donde se respiraba ambiente de paz y sereno recogimiento. En extraño contraste con el exterior, de si no jolgorio, sí de enorme alegría. La cara de Rodrigo, lo decía todo: ambiente propicio para una merienda suculenta. Seguro. Saludos entrañables y, al fin, todos al comedor. Rodrigo hubo de abrocharse la guerrera, que llevaba camino del perchero, pero que no encajaba “el destape” con la austera pulcritud del entorno. Sendos vasos de leche (¡sobra el plural!) y tres galletas, tres, de postre.
El poema en la cara de Rodrigo, adquirió tintes dramáticos. Con la excusa de no se supo qué obligaciones del servicio, a escape tomó las de “Villadiego”.
Yo, no. Por más timorato, permanecí hasta la hora de emprender el regreso a las verdaderas obligaciones académicas.
A la pregunta posterior que me hizo Rodrigo con solo su expresión, contesté para su desconcierto:
“¡¡Me lo he pasado de miedo!!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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