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Feos

Permalink 29.11.09 @ 07:59:21. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

(Germen de vida. Acuarela de Pepe Carazo en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009. 100x32)(*)

Si algo bueno tiene este blog es que nos permite hablar de lo divino y de lo humano - y en ello incluyo todo lo imaginable - sin otro límite que la prudencia y el buen gusto. Además, en caso de duda todo consiste en afilar bien el lápiz y decir las cosas de una manera propia y adecuada.

La cuestión está más bien, por tanto, en encontrar temas suficientes como para no fallar cuando por turno nos corresponde, lo que a veces exige que nos sentemos a escribir sin tener muy claro de qué demonios vanos a ocuparnos. Afortunadamente, lo que podría suponernos un problema nos trae, a su vez, la solución, ya que basta con hablar sobre cualquier cosa de aquellas que solemos dejar pasar sin más, con lo cual se demuestra que hasta los pensamientos más mínimos contienen suficiente enjundia como para sacar provecho de ellos.

El caso es que de un tiempo a esta parte vengo observando que la inmensa mayoría de lo que solemos llamar “la gente” es bastante fea, o si quieren ustedes, poco agraciada, que queda mejor. Como mis lectores podrán suponer, nada tiene que ver esta consideración con cualquier comparación conmigo mismo, sino que es un juicio pretendidamente objetivo.

Lo que yo quiero decir es que, lo que veo alrededor cuando voy en autobús, recorro los supermercados o me cruzo con la gente por ahí, rara vez tiene que ver con ese canon de belleza que cantaron los poetas y acuñaron los clásicos. Reconozco, claro está, que no me ayudan a encontrarlo ni mi edad ni mi circunstancia, puesto que ni una ni otra me permiten frecuentar aquellos ambientes donde se concentra la juventud. Es más, estoy seguro de que si yo fuera joven encontraría bastantes niñas guapas, monísimas, monas o simplemente monillas, cortejadas por jóvenes apuestos o simplemente resultones por inteligentes o simpáticos. Lo malo, claro está, serían los atuendos, porque como he comentado repetidamente en este blog, lo que se ponen encima estos jóvenes de hoy es sencillamente letal para su aspecto.

Quedamos, por tanto, en que la juventud, o sea, la imagen de los pocos años, es lo que de verdad salvaría la situación a la que antes me referí, y que bastaría con pasar un peine de vez en cuando, tapar un ombligo, subir un poco el pantalón o zurzir los sietes de la pernera, para hacer resurgir la belleza y buena facha en nuestros colegios, institutos, universidades y lugares de diversión.

Lo malo es que, por lo que se ve, ese bendito tiempo dura poco. Y el buen tipo empieza a fallar en cuanto los destructivos efectos de la bollería fina y las hamburguesas de doble o triple piso inician su labor deformadora. Tampoco hay que desdeñar el impacto de la publicidad alimenticia, a la que en alguna otra ocasión me referí. Luego, para el género femenino, las cremas de día y de noche y demás productos untuosos al tacto van haciendo su tenaz trabajo de zapa para que la piel olvide su tersura. Y así llegamos a la situación a que me referí al principio. La pérdida de las hechuras se combina con la ropa cómoda, y el resultado no puede ser más decepcionante. El destrozo se culmina, naturalmente, cuando aparece el inevitable chándal deportivo.

Pero tampoco es cuestión de buscar paliativos o justificaciones a la vulgaridad o a la fealdad pura y dura. Mi impresión es que la mezcla aleatoria de razas que conformó el aspecto exterior de nuestros compatriotas - entre los cuales naturalmente me incluyo - ha dado lugar, sin duda, a algunas personas de singular belleza, pero dentro de una mediocridad generalizada en este aspecto. Quizá por eso nos gusta tanto que nuestros niños sean altos y rubios.

De todas formas siempre habrá unas personas más guapas o feas que otras, hecho del que, por cierto, debiera ocuparse la ministra de igualdad. Y, sin embargo, vemos como los jóvenes, por feos que puedan ser ellos mismos, tienden a despreciar a los ancianos por su aspecto decrépito o, por lo menos, escasamente atractivo. Porque, naturalmente, la ancianidad puede sobrellevarse con una cierta dignidad, pero para esto hay que desarrollar un esfuerzo sin el cual lo más probable es que nuestra apariencia resulte bastante lamentable. Caído el pelo - o no caído del todo, que es casi peor -, amarilleando la dentadura si es que ésta existe, y con los ojos rijosos, deteriorados y faltos del brillo que les proporcionaba la ilusión, el espectáculo que ofrecemos cuando los años se acumulan resulta bastante deprimente.

No es de extrañar, por tanto, el rechazo de los jóvenes, pobres ignorantes ellos, que no se dan cuenta que un día preferirán tener ese mismo aspecto que ahora ridiculizan, porque la alternativa sería no haber llegado ni siquiera a poder sufrirlo. Por eso yo propongo una idea que podría contribuir a dignificar a los ancianos, o casi diría yo. a quienes tienen ya esa edad en la que nos ponemos fondones y hemos de resignarnos a perder desde el pelo hasta el palmito. Se trataría de implantar una moda consistente en lucir en la solapa, en el bolso, o simplemente en la espalda, una foto de nuestros años de juventud o de lucida madurez. Creo yo que, entonces, más de uno diría “caramba, pues esta señora era un bombón” y más de unaexclamaría: “pues ese tío estaba francamente bien”.

Comprendo, claro, que mi propuesta tiene un punto débil. O quizá dos. Uno de ellos es la moda. Porque nada hay más ridículo para los jóvenes que un atuendo que difiera del suyo o un peinado que hoy no se lleve. El origen del otro punto débil sería el síndrome del fotoshop. Porque, claro, quienes vean nuestras fotografías pensarán que la belleza o la apostura podrían ser un artificio de la tecnología moderna.

Mas creo yo que si fuéramos capaces de superar ambos obstáculos la situación cambiaría en poco tiempo, y esos jóvenes que ahora nos tachan de carrozas - y se ríen porque ya nos queda poco tiempo - caerían en la cuenta de lo que es esto de la vida y comprenderían que esos ancianos que ven son ellos mismos y no tienen la culpa de ser viejos. Se darían cuenta también, quizá, de que la ancianidad les llegará casi por sorpresa y bastante más pronto de lo que ahora se imaginan.

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2549/4128701057_ba2de32c69_o.jpg


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