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Mis amores. Perdigones de artesanía

Permalink 28.11.09 @ 08:02:01. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Campos. Acuarela de Cirilo Martínez Novillo en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009. 33x45)(*)

Los amores, dicen, son más cosa de voluntad que de sentimientos. Rodrigo y Ricardo aunaron voluntades, para que lo dicho fuera aún más cierto en lo referente a la caza. No era por cuestión sólo de dinero, sino que las armerías estaban como para cambiar su negocio por el de floristerías por ejemplo. De todos los elementos necesarios para recargar cartuchos, no tenían más que algún bote de pólvora negra y eso no siempre.

Sin embargo, el señor Silviano seguía cazando a la espera todos los días. Más que nunca, pensaron, se imponía ir en busca de su experiencia. Le vieron junto a la beldadora en la era inmediata al caserío. Silviano se ocupaba en llenar con la “media” sacos de garbanzos excelentes; garbanzos de la Vega de Rocalba, afamados por su calidad y finura. Con un solo y poderoso “golpe de riñón”, dejaba la media bien llena. Acariciándola luego por encima, quitaba el sobrante para enrasarla; de esta forma, todos los sacos daban el peso exacto.

-¡¡No los hay...!! ¡A qué ton van a tener cartuchos en mi pueblo! –responde contundente y rápido a la pregunta ansiosa que llevó a buscarle a las dos almas en pena. Al tiempo de contestar, arrebuja con una mano la boca del saco lleno mientras con la otra y el “hilo sisal” que mantenía sujeto con los dientes, lo ata bien fuerte. Operaciones todas, ejecutadas con movimientos precisos, exactos.

-¡Ni falta “quihace” que los “haiga”! –continúa-, que para eso “tengo ó” estas manos que Dios me ha dado, dice al tiempo que las agita como grandes abanicos al aire, acompasadamente, huesudas, poderosas. Con expresiones de castellano del valle del Duero, prosigue: La “custión” está, mayormente, en los perdigones ¿verdad?, dice esbozando una sonrisa extraña. Rodrigo y Ricardo asintieron sin pestañear, con el presentimiento y la esperanza de que la pregunta pudiera tener contestación.

-“Pues “sos” diré –dijo entonces importante- cómo se hacen de primera en primera: “En un buen cazo, mejor si es de hierro, calentáis en lumbre fuerte un cacho plomo hasta que se “dirrita”; “dispués”, con una punta bien aguzada y redonda, “hacís mu bien de bujeros” en el culo de un bote de los del tomate; todos, mayormente, iguales; se coloca en el suelo un “barreñón” con agua, y sujeto el bote con unas tenazas para no “quemarsos”, se cuela el plomo “derretido”. Por los “bujeros” caerán, mayormente, las gotas de plomo al barreño”.

-¿Y los perdigones? -le preguntó Rodrigo “mayormente” desconfiado.
-“¡Quihacer!”, todos en el barreño... , ¡Y muy su-pe-rio-rones!
-¿Y se tira bien con ellos? -le preguntó Ricardo también incrédulo.
-¡Cuál!, ¡de primera en primera! ¡Mira qué tal “arrebujaron a la rabona” que “velaquiestá” en las alforjas! –concluye, al fin, con franca sonrisa el cazador.

Apenas hubo terminado de hablar, salieron “escopeteados” en busca del plomo. Lo encontraron pronto en el desván de la cuadra; y en la fragua, un cazo, más que aparente, de mango largo. Nerviosos, espiritados... , prepararon enseguida el bote.
-¿Serán perdigones del ocho?, se preguntaban al tiempo de taladrar el culo del bote con una punta. Colocaron después el barreño, grande, de barro, encontrado… donde la mujer del pastor hacía el queso. Después la hoguera. En fin, todo, todo, al pie de la letra.

En líquido como el agua se convirtió pronto la vieja tubería; vertieron cuidadosamente, con expectación, el caldo, y comenzaron a caer gotas al barreño. Terminado el contenido del cazo, tiraron nerviosos el agua. ¡Bendito sea Dios; allí estaban los perdigones! Eran un poco gruesos, mas ¡ay!, que al caer las gotas, quedaron todos igualitos pero...¡con rabo! Uno a uno tuvieron que cortarlos hasta reunir una carga aproximada para media docena de cartuchos. La cosa es, que otra vez tuvieron munición; aunque era del todo necesario inventar el sistema de fabricación de perdigones sin el dichoso apéndice, que les llevó tanto tiempo y trabajo quitarlo.

Una sola mañana fue más que suficiente para comprobar la eficacia de la fabricación artesana. “Bajaron” varias torcaces a las que de nada valió su dureza con el grueso calibre de la mortífera carga; y en una rabona que, con tan temerosa andanada, dio (como diría el señor Silviano) “quisió las pingoletas” .

Mediada la mañana del día siguiente, de nuevo sin cartuchos y, por ello, mustios y cariacontecidos, se dirigieron a la huerta; al tiempo de “dar un tiento” a los tomates, zanahorias o cuanto pudiera haber allí comestible, buscaban una distracción que mitigase la tristeza por lo inevitable de sus amores de nuevo en veda.

Cerca del lugar, tenía el hortelano un montón de basura para incorporarla a los canteros al tiempo de cavarlos. De pronto Rodrigo exclamó fuerte, tanto, que del susto se le cayó a Ricardo el tomate de la boca:

-“¡¡Ya está; ya lo tengo!!”
-¿Cuál...? –preguntó su hermano sobresaltado.
-¿Pero no ves, Ricardo, los escarabajos? –se lo “aclaró” con la pregunta. Efectivamente, unos escarabajos negros y asquerosos, formaban bolas de estiércol a fuerza de empujarlas con las patas traseras a lo largo del camino.
-“¡Venga, Ricardo, vamos a casa, que de verdad ya lo tengo!”

Con otro trozo de plomo, la primera operación fue la misma. Ricardo le miraba interrogante...
-¡Tú déjame! – dijo al tiempo que, con asombro por parte de éste, pues no entendía nada de aquel tejemaneje, tiró el plomo líquido sobre el cemento muy liso que sirve de terraza a la puerta de su casa; allí, se extendió al instante. Con un cuchillo viejo (después, claro...), cortó el plomo en tiras largas; luego, y con el cuchillo aún más viejo, las tiras en cuadritos más o menos todos iguales.

-¡Ahora lo del escarabajo! –exclamó con seguridad. Aún del todo confuso, Ricardo le dejaba hacer boquiabierto. Y lo hizo, ¡vaya si lo hizo! Con una tabla puesta encima de los cuadritos y ligera presión, comenzó a imprimir – y díganme si no discurrió Rodrigo- suaves movimientos rotatorios. Girando sobre sí mismos (más o menos como las bolas del escarabajo) con la pequeña traba de la asperura del cemento, los trozos de plomo tomaron, progresiva y rápidamente, forma redonda. Cuando al fin levantó la tabla, ¡allí estaban!; perdigones en cantidad esparcidos por el suelo y, naturalmente, sin rabo.

A partir de entonces tuvieron una actividad febril. Y la canana de nuevo estuvo gozosamente llena. No hubo rincón del caserío que no registrasen en busca de plomo para la fabricación artesana. Incluso desmantelaron -¡qué bárbaros!- las tuberías del cuarto de baño de alguno de los vecinos ausente.

-¡Bah, para lo que los utilizan...! –dijo Rodrigo convencido.
-¿No vamos nosotros con frecuencia al corral donde las gallinas se encargan rápidamente de la limpieza, sin necesidad de tuberías ni desagües? –“razonó” Ricardo, también convencido, dándole a su hermano la razón.

Por haberse acabado en las armerías incluso los tacos de cartón, fue preciso atacar la pólvora, negra por supuesto, con papel de periódico prensado. Para comprobar el resultado del disparo sobre la pieza, tenían que esperar a que el viento disipara la nube negra de la pólvora y la lluvia de letras por la que, mira por cuanto, el diario de más tirada en la capital quedó rociado por aquellos pagos en aquellas calendas.
A mediados de verano, menos la afición, se les acabó todo: el plomo, los pistones, la pólvora, los cartuchos vacíos, y, ¡cómo no!, también los cuartos.
La sombra de los dos hermanos deambula con aflicción por la Vega. La caza, como si supiera de su desgracia, se les pasea ahora por delante de las narices en los cazaderos silenciosos.

Sólo entonces, Ricardo pensó en otros amores…
---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2493/4128701063_b23bbb76b6_o.jpg


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