Bodegones de El Prado
27.11.09 @ 08:00:40. Archivado en Artículos
Por José María Arévalo

(Dos fruteros sobre una mesa (detalle). Óleo de Tomás Hiepes. 1642. Portada del catálogo de la exposición “El bodegón español”)(*)
Se exponen ahora, en el vallisoletano Monasterio de Prado, sesenta y un bodegones de los fondos del museo de El Prado, en un programa itinerante que está recorriendo diversas ciudades. Sin duda las limitaciones de espacio en cada una de ellas han obligado a seleccionar mucho. Lo cierto es que se queda uno con la impresión de que nuestra primera pinacoteca nacional debe tener mucha más obra de bodegones, le sabe la exposición a poco, aunque no cabe duda de que será lo mejor con que cuenta en la materia y periodo -desde el XVII hasta el XIX- escogido. O es que la belleza de lo expuesto te deja con ganas de mucho más.
Así como la afición a la acuarela nació de la necesidad de contar tanto paisaje exótico como encuentran en el XIX los expedicionarios ingleses, y aunque hay interés por objetos y naturalezas muertas desde el antiguo Egipto, parece que la afición por los bodegones se multiplica a partir del XVI, cuando se narran, y hasta documentan científicamente, los descubrimientos de especies desconocidas del Nuevo Mundo. Ello facilitado por el desarrollo de la técnica de pintura al óleo, que permite pintar objetos cotidianos en un estilo hiperrealista. La historia de las formas artísticas pasa de la mayor abstracción del Románico, al naturalismo del Renacimiento, y después al abigarramiento de formas del Barroco; en los ciclos que ya hemos comentado permiten a Hausser construir su teoría de la evolución del arte desde la prehistoria a nuestros días.
Pero el verdadero triunfo del bodegón, que antes se consideraba un género menor, es mucho más actual. Como el manierismo de nuestros Juni, Alonso Berruguete y El Greco, en reacción frente al clasicismo renacentista, les llevó a la libre interpretación de la figura humana, el otro principal movimiento subjetivista, muy posterior, que será el impresionismo, aporta una libertad creativa que hará que muchas de las grandes creaciones del siglo pasado y del actual sean naturalezas muertas, bodegones. Se ha desplazado el motivo pictórico y escultórico, de la figura humana, a todo lo que nos rodea, lo que permite una interpretación creativa del mundo exterior a nosotros, primero, y del interior incluso, después. Se ha dicho que Paul Cézanne es quizás el mayor maestro del bodegón de cualquier época. Y que en su "Naturaleza muerta con cesta de frutas", Cézanne recurrió a una doble perspectiva para crear una sensacional composición en la que el cubismo empieza a hacer acto de presencia. Paul Gauguin sintió una gran atracción hacia la pintura independiente de Cézanne, hasta el punto de negarse a vender, cuando se arruinó, la obra de aquel que había comprado. Los “Girasoles” de van Gogh está entre los cuadros que han alcanzado mayor precio en las subastas de los últimos años. Un “cuadrito más de flores”, se hubiera dicho en la época a la que nos lleva la exposición que comentamos.
Así que no he podido evitar verla con mirada actual, comparando el antes y el ahora de gustos y técnicas, temas y encuadres. Y, quizá confundido por el actual debate sobre estilos y formas, me he quedado impresionado con tanta perfecta realización de lo que ahora se lleva, siquiera sea en algunos puntos de este o aquel cuadro. O en todo él, como en el caso del bodegón de Goya “Aves muertas”, sobre 1812, para mi gusto, junto al justamente famosísimo de Zurbarán, lo mejor de la exposición. En capítulos precedentes, sobre la técnica de la acuarela, mucho hemos discutido sobre la necesidad de alcanzar la síntesis; viendo la que ha conseguido Goya en esta joya de pequeño bodegón, sobran todas las explicaciones. La exposición ofrece otra obra magnífica del gran maestro, un cartón para la Fábrica de Tapices con dos perros de caza, pero no sé bien por qué se considera bodegón, como un San Jerónimo de otro autor, próximo a aquellos. De naturaleza muerta no tienen nada.
No sé si les ha ocurrido a ustedes alguna vez, como me ha pasado a mí, viendo una obra clásica, por ejemplo una Virgen con el Niño, que el sencillo buzo que lleva Jesusito le parece tan de la moda actual que podría llevarlo cualquiera de sus, de mis hijos. Esa sensación he tenido con muchos de estos bodegones expuestos. Algunos me recordaron enormemente la pintura matérica, como los efectos utilizados para describir un carnero desollado, en una obra de 1.664, de Mateo Cerezo, uno de los más famosos pintores de bodegones de nuestro pasado histórico. Y los puñados de pigmento colocados a una col o berza en un cuadro anónimo del XVI. Parece mentira que hace tantísimo ya se recurriera a las marranadas –en el buen sentido- para expresarse mejor.
De hiperrrealismo hay para dar y tomar. Unas increibles “Rodajas de salmón” de Luis Melendez, de 1.722; un besugo -bien fresquito, comentaban las señoras, a la vista del ojo aún no del todo vidrioso- de Bartolomé Montalvo (1846); unos tarros de conservas que parecen van a caerse de una mesa, óleo 1.622 de Juan Van der Hamen, flanquedado por otros dos titulados “Dos racimos de uvas” y “Dos racimos de uvas, con mosca” de Juan Fernádez “El Labrador” (fallecido en 1657), a cual más perfecto en su factura. De esas moscas que harían tan identificable hace unos pocos años la primera obra de Barceló, hay varios ejemplos en la exposición El Bodegón Español. Definitivamente nada hay nuevo completamente en esto del arte pictórico.
El que más me ha llamado la atención en cuanto al increíble color y detalles es “Bodegón de uvas, manzanas y ciruelas” pintado en 1630 por Juan de Espinosa, otro famoso de los bodegones. De lejos parece un cuadro impresionista, sin detalles, pura luz, y es que son tan suaves las transiciones de los colores que, cuando te acercas, tienes la sensación de haber cruzado este último siglo, del impresionismo al hiperrealismo más absoluto. Asombroso.
Esta pintura clásica de bodegones es realmente sorprendente. Quitando unos cuantos “dechados” preciosistas, la mayoría forman composiciones realmente armoniosas, realizadas con arreglo a todos los cánones habidos y por haber, un placer para la vista, un disfrute no sabes si más de virtuosismo o de creatividad. No recuerdo mayor sensación de equilibrio y armonía que la que me producen, cuantas veces lo he visto, tanto la atmósfera como el color y las suaves formas del bodegón que pintó Zurbarán entre 1.658 y 1.664. Quizá el único popular de cuantos se exponen ahora.
En fin, que no sabemos lo que tenemos en El Prado. Ocho mil y pico obras en sus fondos, la mayoría almacenadas. Buena idea la de que nos lo vayan contando poco a poco, para poder ir asimilando tanta belleza y tanta Historia.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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