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Los lunes, revista de prensa y red

Permalink 23.11.09 @ 07:41:02. Archivado en Artículos

“Buenismo: la realidad y la imagen”, de Javier Pardo de Santayana, y “Democracia, patriotismo y lealtad”, de Lázaro Conde

(¿Africa empieza en los Pirineos?. Acuarela de José Beulas en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009.50x70)(*)

BUENISMO: LA REALIDAD Y LA IMAGEN

Artículo de Javier Pardo de Santayana publicado en “Tierra, Mar y Aire".

Supongo que el lector estará de acuerdo conmigo en que si por algo fuera criticable esta revista, no lo sería, desde luego, por no denunciar los males y las desviaciones que observamos en esta sociedad nuestra o por no profundizar en los valores morales que deben ser preservados.

Naturalmente, esto ha de hacerse con el mayor respeto hacia el lector, lo que implica dar prioridad absoluta a la verdad y despojarse de temores y complejos, evitando, como es lógico, las exageraciones y las salidas de tono. En este sentido se orientará también, supongo, la atención a la demanda, pues es casi seguro que quien nos lea se mostrará deseoso de que no “escurramos el bulto” ante la realidad. Pero creo que todo tiene un límite, que en este caso podría estar en no alterar excesivamente los ánimos, ya que no sería ni caritativo ni saludable desazonar más de lo razonable a quienes, además de los achaques de la edad, sufren - sufrimos - diariamente el hostigamiento de la sinrazón y el desatino. O sea, que la cosa no es tan fácil como a priori pudiera parecer.

Hoy quisiera ocuparme de una de las desviaciones inducidas en la sociedad española, y que no se incluye necesariamente, por lo menos en cuanto a intensidad, entre aquéllas que solemos atribuir a las grandes tendencias globales. Se trata concretamente del “buenismo” - también conocido como “angelismo” - al que ya nos hemos referido ocasionalmente en las páginas de esta misma revista. Es éste una especie de manierismo de la progresía, una suerte de pose que no nos inquietaría si no fuera porque en realidad se trata de una argucia mediante la cual se pretende obtener provechosos rendimientos.

Parte el buenismo de una realidad innegable - el hecho de que vivimos inmersos en la cultura de la imagen - y exprime sus posibilidades hasta las últimas consecuencias. Reconoce, efectivamente, el poder persuasivo de la publicidad, que, hábilmente combinado con el dominio de los medios de comunicación, permite crear estados de ánimo determinados y clichés fabricados a la carta que provocan reacciones casi automáticas. Según se ve, el sistema funciona, porque este nuevo “lenguaje” ha calado profundamente en lo que ahora llamamos la “ciudadanía”, que tiende a tomar posiciones según esquemas preestablecidos y puestos en valor mediante las sutiles técnicas del “marketing”.

Es el buenismo hermano gemelo de lo “políticamente correcto”, y combinados ambos contribuyen eficazmente a transmitir un cliché de perfección y de superioridad moral que favorece a quienes lo promueven. Un cliché inatacable para quienes no llegan a caer en el enredo, que quedarán como anatematizados por el simple hecho de disentir. Los mismos mecanismos que acuñaron una imagen beatífica de sí mismos se utilizarán para desacreditar a quien antes osara contradecirlos, desencadenando contra ellos una campaña tan agresiva como fuera necesario.

Llegados a este punto, una aclaración parece imprescindible, y es que el evidente éxito del buenismo no es atribuible a que la sociedad sea especialmente proclive a la bondad, puesto que para ella lo bueno parece ser, cada vez más, aquello que a cada uno le apetece y viene en gana. No; lo que hace el buenismo es ofrecer un atractivo paisaje de cielos azules, florecillas y pájaros canoros como los de algunos de los carteles que vimos en los cada vez más lejanos “años de la transición”. Y esto gusta a la gente, por mucho que cualquier parecido con la realidad resulte mera coincidencia.

Naturalmente, el buenismo establece sus puntos fuertes en aquello que más rendimiento proporciona a quienes lo utilizan como estrategia. Tal como acabo de insinuar, esto resulta curiosamente compatible con una realidad que lo contradice. Y aún va más allá, porque la realidad es precisamente aquello sobre lo que el buenismo actúa para suplantarlo mediante las técnicas de la imagen y del omnipresente marketing.

Así que, al final, siempre “queda bien” ante los ojos de los ciudadanos, casi convertidos en simples consumidores de publicidad. Y los asuntos que impregna resultarán fácilmente defendibles e idealizados ante la gente que no va mucho más allá del aspecto de las cosas, es decir, ante la mayoría. Por eso las propuestas que ofrece para resolver los problemas son aceptadas con facilidad por una gran parte de la sociedad, aunque no vayan dirigidas a atacar a éstos en sus orígenes - es decir, allá donde se ubican las más importantes responsabilidades - sino a derivarlos hacia sus consecuencias. Y esto le es muy característico, como lo es también la utilización de la estratagema del cambio de plano; se traslada el debate a un plano periférico en el que el angelismo se sienta a gusto, y allí se trata de convencer a los unos y de enredar a los otros. A veces se llega, incluso, a proponer como solución la no mención del problema para dar la impresión de que éste no existe.

Créanme que lo que digo es absolutamente cierto, y un buen ejemplo de ello es lo que observamos en el delicado campo de la defensa. Naturalmente, en el mundo en que vivimos, y siendo, como no podíamos por menos de ser, aliados de nuestros socios europeos y euroatlánticos, hemos de aceptar determinadas responsabilidades, pero en el fondo lo hacemos un poco “con la boca pequeña”, como si estas responsabilidades fueran materia contaminante. En tal actitud podríamos encuadrar la eliminación del término “guerra” de nuestros documentos oficiales, dando a entender que suprimiendo la palabra se suprime también la incómoda realidad del conflicto que ésta representa.

Supongo que ante tamaña ocurrencia Clausewitz se habrá estremecido en su tumba como ahora nos estremecemos nosotros al constatar la evidente irracionalidad que encierra y el escaso valor que concede a la inteligencia de nuestros conciudadanos, por muy ilustre que sea su precedente más directo: la “erradicación” del sida en el Gabón mediante parecido procedimiento.

Desde luego el sistema de “extinción-por-la-no-mención” sería maravilloso si de verdad funcionase a la hora de resolver los problemas, pero como esto no ocurre, constituye una escandalosa falta de rigor intelectual además de ser sumamente contraproducente para los fines mismos de la defensa, lo que no quiere decir que no pueda resultar eficaz a otros efectos hasta que los ciudadanos se cansen o caigan en la cuenta del sofisma y, como el niño del cuento, digan aquello de “el emperador va desnudo”.

Curiosamente, esta tentación tan pueril también se ha visto reflejada en nuestro código de conducta militar, no sólo en lo que se refiere a la supresión de cualquier mención a la guerra, sino incluso en la casi eliminación del término “enemigo”, que sólo aparece un par de veces al tratar del militar que pudiera caer prisionero. Lo malo es que las supresiones se han llevado por delante algunas ordenanzas tan bellas y esenciales como aquélla en la que se establecía que “todo servicio, en paz y en guerra, se hará con igual puntualidad y desvelo que al frente del enemigo”. Pero aún se ha ido más lejos, y también el carácter mismo de los ejércitos ha recibido el alado toque del buenismo, al rehuirse el reconocimiento de la condición de combatiente que caracteriza al auténtico soldado.

En mi opinión no era ciertamente baladí la preocupación de la comisión redactora por que el soldado mantuviese en todo caso su capacidad operativa como combatiente cualquiera que fuera su actividad en tiempo de paz. Efectivamente, el mantenimiento de esa capacidad es lo que ha venido obligando a nuestras unidades a un continuo reciclaje tras las operaciones en el exterior. Pero esta obligación debió parecer excesiva en términos de imagen y se ha hecho desaparecer, al menos sobre el papel, mientras se añadía un nutrido conjunto de artículos sobre las funciones “no de combate”, de forma que, en su conjunto, lo esencial quedaba marginado, por lo menos en apariencia. Y no es que yo piense que el soldado no es hombre de paz, sino todo lo contrario, porque sé que la finalidad última y fundamental del combatiente es precisamente restaurarla, y en ello expone, incluso, su propia vida; o sea, que la cosa va en serio. Pero algo bien distinto es dar pie a que la imagen del soldado pueda ser interpretada como una caricatura de miembro de ONG, tal como algunos creen ver en esta curiosa operación cosmética.

Los retoques experimentados por el borrador de nuestro nuevo código moral militar a través de un “proceso administrativo” que ha modificado sustancialmente la propuesta de la comisión redactora, son, por tanto, un buen ejemplo de lo que el buenismo pretende. Pero claro, una cosa son las operaciones de imagen y sus objetivos, y otra muy distinta la necesidad de garantizar la defensa de la nación en cualquier circunstancia. Por tanto, quiera Dios que esta manipulación no se convierta, con el tiempo, en un ejemplo de las funestas consecuencias que puede tener el desvirtuar la esencia de determinadas instituciones fundamentales por la simple obsesión de crearse una imagen favorecedora.

DEMOCRACIA, PATRIOTISMO Y LEALTAD

Artículo de Lázaro Conde Monge publicado en Minuto Digital.

Huele Sancho, y no precisamente a ámbar (Cáp. XX de la primera parte del Quijote). El General Sabino Fernandez Campo, español ejemplar, que dedicó su vida a servir a España en su condición de militar, desde su juventud como oficial en el Ejército del General Franco, hasta el final de su existencia en la que sobresalen de forma especial los años en que permaneció fiel y abnegadamente a las órdenes directas de D. Juan Carlos de Borbón, designado por el propio Franco como su sucesor en la Jefatura del Estado con el título de Rey, constituye un paradigma de la nobleza e integridad con la que los militares cumplen fielmente el compromiso de servicio a su Patria, por grandes que sean los sacrificios, riesgos y fatigas que conlleven.

La referencia al General Fernandez Campo, recientemente fallecido, además de un tributo de admiración y recuerdo a su persona y a su impecable ejecutoria, es a juicio de quien la hace, la necesidad imperiosa de poner inequívocamente de manifiesto que las Fuerzas Armadas constituyen la única Institución nacional que garantiza la democracia como sistema político, mayoritariamente asumido por los españoles al aprobar por aplastante mayoría la Constitución vigente desde 1978.

El evidente predominio de la inmensa corrupción económica, actualmente existente en España, amparada por una casta política abominable, pasaría a un segundo plano, de confirmarse los siniestros augurios sobre la posibilidad de que se produzca su desintegración territorial transcurridos más de cinco siglos desde la unidad lograda por los Reyes Católicos, al finalizar la Reconquista de la península tras ocho siglos de lucha contra la invasión musulmana, incompatible con la civilización judeo cristiana, esencia fundamental de nuestro ser nacional. La injustificada tardanza del Tribunal Constitucional en pronunciarse sobre la validez del Estatuto de Cataluña, transcurridos más de tres años desde su inmediata impugnación, tras su precaria aprobación por los votantes de aquella Comunidad Autónoma, es motivo de lógica alarma en los integrantes de las Fuerzas Armadas que conocen perfectamente la misión que les encomienda la Constitución de defender la integridad territorial de España (art.8).

En las circunstancias actuales, en las que el Estado de Derecho se tambalea ante la antidemocrática y descarada intervención del Gobierno en la Administración de Justicia, cuya independencia es condición sine qua non para su mantenimiento, no valen subterfugios que traten de evitar la adopción de ineludibles soluciones inmediatas. Una vez más, la mirada del pueblo se dirige de forma especial al estamento militar que es valorado muy por encima de otras Instituciones. De ahí las muestras de solidaridad y afecto que reciben nuestros soldados en sus comparecencias públicas, en llamativo contraste con el rechazo que provocan quienes lideran la gestión política.

La gravedad de la situación, no admite demoras en la adopción de medidas eficaces, para frenar y corregir las disparatadas decisiones que están conduciendo a la nación a un callejón sin salida. En este sentido es un grave error ignorar el creciente malestar de los componentes de los tres Ejércitos que integran las Fuerzas Armadas, que consideran una provocación intolerable el nombramiento y la continuidad en su puesto de la actual ministra de Defensa, dados sus inmediatos antecedentes que se remontan al no lejano 11 de Septiembre del año 2006 en el que Carme Chacón, como miembro destacado del PSC y vicepresidenta del Congreso de los Diputados, celebraba la Fiesta Nacional de Cataluña, solidarizándose con Pep Rubianes, inmediatamente después de que tan mediocre cómico catalán calificase de “país de mierda” a la “puta España”. Es posible que el declarado progresismo del peculiar presidente del Gobierno de España, incluya el desprecio absoluto hacia quienes dedican sus vidas al servicio de la nación aceptando los riesgos que conlleva el desempeño de su misión e ignore que sólo su concepto de la disciplina, adquirido durante la formación militar, les reprime para no manifestar explícitamente su palpable descontento. Convendría que tomara buena nota de ello.

Al valorar en su justa medida el privilegio de su libertad, un español persuadido de que no existe alternativa política a la democracia en ningún país desarrollado social y económicamente como España, emite con su firma y barruntando su limitado eco, sus particulares puntos de vista, con la intención consciente de desenmascarar la torpe y sectaria gestión de quien detenta la Jefatura del Gobierno desde el momento en que obtuvo la victoria en las Elecciones Generales celebradas el 14 de marzo del año 2004, en las condiciones por todos conocidas, tres días después del espantoso atentado terrorista, cuya verdadera inspiración y autoría siguen sin conocerse.

Al enjuiciar la actuación del Presidente del Gobierno, es imprescindible hacer constar que su insuperable resentimiento, ha rebasado todo límite, asignando la dirección política de las Fuerzas Armadas, con una intención abiertamente provocativa. La profesión militar es esencialmente vocacional y entre los principios y valores que sustentan tal vocación, sobresalen el patriotismo y la lealtad. En consecuencia, si de algo abominan los que responden a su llamada sirviendo a España en las filas de sus Ejércitos, es del engaño y de la traición, como referentes de la falsedad y cobardía de quien políticamente les encomienda cometidos que, como progresista sin sentido del ridículo, enmascara con la denominación de misiones de paz. Es falsa e injusta esta denominación en zonas de guerra, donde los militares tienen la ansiada opción de acreditar su valor, que deberá figurar en sus correspondientes hojas de servicio.

En línea con esta reflexión y en referencia a la política militar, sería conveniente que el inefable señor Rodriguez Zapatero, valorara la eficacia de la adoptada por la totalidad de los Gobiernos que le precedieron, basada en el conocimiento de la Historia que sin escrúpulo alguno pretende manipular y falsificar, para reescribirla con el fin de cambiar el signo de la victoria en una guerra civil perdida por todos los españoles, aunque militarmente y de forma rotunda el derrotado fue su añorado Frente Popular. Aunque es increíble, el Presidente del Gobierno de España desconoce que, gracias al patriotismo de los vencedores, políticos de toda tendencia llegaron al acuerdo de redactar en 1978 la Constitución vigente inequívocamente democrática, refrendada por inmensa mayoría.

La democracia presenta limitaciones en su desarrollo cuando la más evidente falsedad caracteriza su ejercicio. La imposición de la mentira como constante esencial del autodenominado progresismo de izquierdas ha conducido a España a una situación de extrema gravedad, percibida por la mayoría de la población, que echa en falta la existencia de una auténtica Oposición, imprescindible en toda democracia auténtica.

Los líderes sindicales, en compañía de una considerable caterva de productores y actores del mediocre cine nacional, todos espléndidamente apesebrados con dinero público, e ignorando la alarmante situación de los trabajadores a los que dicen servir, planean realizar codo con codo, un considerable número de manifestaciones de apoyo al Gobierno, ondeando su bandera, que no es otra que la de la segunda República, roja, amarilla y morada, la misma en que se envolvían el portavoz del PSOE en el Congreso de los Diputados y la progresista vicesecretaria del mismo, diplomada en sectarismo y demagogia, con el puño izquierdo en alto y cantando la Internacional como himno de batalla, el pasado uno de mayo en la celebración del Día de Trabajo. Todo un ejemplo de democracia, patriotismo y lealtad.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2565/4090443494_f06f763dec_o.jpg


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Comentarios:
Lázaro Conde,"Tochi", si me lo permites, compañero y amigo:tienes tanto "oficio" en la escritura, y tan atinadas(duras) son tus argumentaciones, que tu amor a España y su Ejército, no te permiten guardar silencio.Al menos por escrito. La verdad, no es "tu verdad". Es "la verdad". La que manifiestas en tu artículo. ¡Cuánto desagravio te es debido por anteriores malentendidos!Tienes-sin asomo de adulación- un nivel de apreciación del mundo que nos ha tocado vivir, que hace disculpable el que muchos no te hayan entendido antes. Eres como eres y basta.No dejes (no nos prives) de manifestar tus opiniones. Son de maestro. Todos saldremos ganando: militares y paisanos.Gracias.
Enlace permanente Comentario por Carlos de Bustamante Alonso 23.11.09 @ 18:14
Para Javier Pardo 1º: no sé, mi general y amigo,si tu fenomenal artículo, ya leído en nuestra Revista,te salió de un tirón o fue redactado tras meditación profunda.Aunque parece esto, el "AVE"de escribir que hemos tomado en tres foramontanos, estoy seguro que, junto al trabajo literario desarrollado toda tu vida, no te ha supuesto masyor esfuerzo. Haces lo que dices y dices lo que haces.¡Cuánto echamos de menos tu presencia activa en las Fas!Por si los interesados leyeran mi comentario, les diría con todos respetos, que deberían manifestar claramente las acciones u omisiones en la redacción de su borrador en las RR.OO. y, si lo saben, quién se las hizo, para dejar semejante bodrio. Por si, cosa probable, no leyeran esto, ¿querrías, por favor decírselo? Que Dios te nos conserve muchos años.
Enlace permanente Comentario por Carlos de Bustamante Alonso 23.11.09 @ 18:00

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