Mis amores. “Cabañuelos”
21.11.09 @ 08:00:03. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Acuarela de Eduardo Vicente en la exposición “100 años, 100 artistas” de Caja Círculo, Burgos, Octubre 2009.65x45)(*)
Los menguados caudales a disposición de los dos hermanos y la tremenda afición, cada día resultaban más incompatibles. Los precios de los elementos con los que recargaban los cartuchos, dicho con toda propiedad, se habían disparado; por ello, la canana estaba ahora desoladoramente vacía. Sin embargo y sin que encontrasen explicación para tamaño privilegio, el arma del señor Silviano dejaba oír su voz cada amanecer en las laderas de Rocalba. El verdadero afecto y la necesidad acuciante, eran motivos más que sobrados para escuchar con atención la sabiduría que encerraban los siempre atinados consejos del cazador.
Discípulos aventajados de tan buen maestro, pronto fueron especialistas en cabañuelos para cazar “a la espera”. Plantaron sus reales entre los grandes pinos del cotarro donde comienza el pinar, alturas de querencia irresistible para las torcaces; amén de otros muchos en los lugares más diversos. En ellos dejaron constancia de habilidad indudable para la construcción (económica y sin problemas...).
Pese a no ser ésta modalidad de caza la más atrayente para ninguno de los dos hermanos, con ella continuó la progresión en el natural aprendizaje: basándose en la astucia, dosis considerable de paciencia y práctica, aprendieron hacia dónde tenían querencia cada una de las especies, y cuáles eran los lugares en los que gustaban guarecerse a las diferentes horas; a guardar absoluta inmovilidad; a ser más sosegados; a ver en la oscuridad; a tener el oído muy fino y atento al menor ruido que denotase la presencia de la caza esperada. Aprendieron, en fin, todos los posibles accesos de las piezas, y, sobre todo, a confundirse con el terreno, poniendo en práctica la lección que en esto es la propia caza la que mejor enseña.
Aparte los siempre provechosos conocimientos que fueron acumulando, las cualidades para practicar con éxito la caza a la espera, no eran en absoluto las de Rodrigo; tampoco, aunque tal vez en forma menos acusada las de Ricardo, en especial las referidas a quietud y paciencia. Sabido es, creo, a estas alturas, que preferían ambos el sobresalto inesperado, la emoción de seguir y perseguir en esa especie de duelo en el que, por instinto, las piezas tienen posibilidad de defensa; por este motivo (mayor dificultad) era también mayor el interés. A pesar de todo lo dicho, y puesto que al parecer, aunque amores, no son amores platónicos, no estaban los tiempos para muchos remilgos, y, caza al fin, la practicaron al final de este verano, tremendo de actividad, con un consumo mínimo de munición. A la postre, y para ellos, es la que mandaba.
Mentados los amores no platónicos (mejor diría, bárbaros), no puedo pasar por alto lo que en su día fue un suceso más que jocoso:
Una fría madrugada, a primeros de septiembre y todavía entre dos luces, a nado y en cueros por no llevar “traje de baño”, hubo de pasar Rodrigo – que para eso era el mayor y no todo iban a ser ventajas- a por la barca que, como casi siempre (¡ “cagüen”!…), estaba en la orilla opuesta.
Como tantas veces hiciera el señor Silviano, se dirigieron a los cabañuelos; para la modalidad de caza mentada aquéllos fueron sus reales dominios. Los construyó “quisió” cuándo por encima del farallón impresionante de las Derroñadas y próximos a las peñas blancas. En uno se instaló Rodrigo sigilosamente; Ricardo en otro, situado un poco más adelante y a mayor altura; por tal motivo, desde él se dominaba un extenso campo de tiro y, al principio entre sombras, la posición de Rodrigo. Cada cual, pues, en su “garigolo”, comenzó la espera...
A estas horas, bien regresan los conejos de sus correrías nocturnas o salen de las cuevas. En cualquier caso reciben los primeros rayos del sol, que a esas horas son en verdad reconfortantes. Tanto miraba Ricardo al frente, escrutando con impaciencia la posible aparición de alguna pieza, como al cabañuelo de Rodrigo. Junto a él, precisamente, hicieron acto de presencia dos conejos hermosos. Ajenos a todo peligro, retozaban los pobres dentro del campo de tiro de la temerosa caña que escupe fuego.
-¡Vaya suerte! – dijo para sí Ricardo, a la vez que esperaba atento el instante del disparo, tan seguro como traicionero. Lentamente transcurrieron los minutos sin novedad alguna, salvo que como clareaba el día, le pareció ver entre las piedras que cuasi ocultaban al cazador, un extraño movimiento...
-¡Se le van a marchar! –dijo incluso en voz medianamente alta. Y Rodrigo, venga de rebullir. En este momento, a menos de veinte metros del de Ricardo, asomaron entre unos tomillos las orejas de un magnífico ejemplar. Se echó la escopeta a la cara, justo al tiempo que, debido a un ruido sospechoso en el otro cabañuelo, desapareció dando un fuerte zapatazo en la tierra. De igual forma se introdujeron rápidamente en el bardo los que tenía mucho antes Rodrigo a la distancia perfecta.
Cabreado, Ricardo se levantó; y sin precaución alguna ni recato de vocear, dijo a Rodrigo:
-“¡¿Pero se puede saber qué puñetas es lo que haces...?!”
Poco a poco se iba incorporando toda su humanidad, a la vez que trataba de subirse los pantalones que tenía recogidos más abajo de las rodillas. Lo demás era evidente: una apretura –le explicó luego a su hermano, y éste años más tarde a mí- por el relente de la mañana, la friura del agua al pasar el río en busca de la barca y las mil y una filigranas que hubo de hacer para satisfacer lo más cautelosamente posible –que no lo fue- la necesidad apremiante sobre el propio y reducido terreno.
“¡No me iba a cagar en los pantalones!”, le dijo, al fin, en el más puro castellano. Hasta llegar a casa no pararon del ataque de risa. En solitario, me he reído muchas veces recordando esta historia que me contaron con todo lujo de detalles.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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