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Ocaso rojo

Permalink 19.11.09 @ 07:43:23. Archivado en Artículos

Por Javier Pardo de Santayana

(Playa serena con atmósfera cálida. Acuarela de Rafael Requena, en la exposición “100 años, 100 artistas” actualmente en Caja Círculo, Burgos. 56x76)(*)

Desde El Coto, donde vivo, el cielo de Madrid es un inmenso escenario que excede en espectacularidad al más grandioso de los teatros de ópera.

Durante el día, el hombre de la gran ciudad apenas mira arriba porque está absorbido por el tráfico y los escaparates, y, cuando lo hace, sólo alcanza a ver pequeños retazos de cielo azul o gris. Durante la noche, el resplandor de las farolas impide ver el brillo de los astros. En cambio aquí la noche es un inmenso telón negro sobre el que flotan islas de luz como joyas centelleantes, y el cielo un aquelarre de luceros con la luna como protagonista. De vez en cuando, un avión causa envidia a las estrellas.

Aquí de día nos observa un cielo azul, o gris claro, o bien plomizo, o, con frecuencia, una regata de nubes fugitivas que rebasa la sierra y pasa luego sobre nuestras cabezas rumbo al este. Hay días en que el espectáculo es tan impresionante que no podemos por menos de asombrarnos. Esto ocurre cada vez que la luz tardía del sol incide sobre una acumulación de nubes y celajes en la que se combinan volúmenes y formas que se amontonan en su avance. Entonces, artista alguno puede acercarse siquiera al espectáculo del valle del Jarama.

Yo recuerdo que cuando se preparaba la primera campaña por los Juegos Olímpicos alguien pensó que lo mejor forma de representar a Madrid era una paleta de colores simbólicos inspirados en los colores de su cielo. Y puedo dar fe del acierto porque he visto esos colores muchas veces. Son irisados como los colores del cielo velazqueño. Los hay azules casi líquidos, como de acuarela, blancos de madreperla y, sobre todo, rosas muy suaves. Cuando todos ellos se juntan y deciden inundar el cielo, crean un marco refinado y palaciego que bien pudiera ser el de la corte celestial. Ciertamente impresiona verlo extenderse de confín a confín, como si se tratara de un homenaje cromático a la capital del Reino.

Pero con ser bellos, estos atardeceres no son nada si los comparamos con un ocaso rojo. Para constatarlo, recomiendo mirar por la ventana cuando mi casa y el jardín aparecen teñidos de una luz imposible que parece haber cruzado un filtro rojo. Hace unos días salimos mi mujer y yo, ya tarde, para dar una vuelta con “Pizca”por detrás de nuestra casa. Íbamos dando la espalda al sol poniente y la noche venía avanzando desde el este. Al cambiar de dirección y mirar hacia la luz quedamos enmudecidos. Desde el cenit hasta el horizonte, de izquierda a derecha, de un lado a otro, grandes bandas de nubes rojas se sucedían, tan sólo interrumpidas brevemente por dos o tres estrechísimas bandas que revelaban un fondo azul muy claro. Las nubes ganaban en espesor a medida que se apretaban unas contra otras, y así iban tomando cuerpo y adquiriendo unos tonos grisáceos que resaltaban su volumen. En el horizonte, más allá del amplio valle del Jarama, mirando ya hacia Gredos, un rojo líquido como de sangre fresca servía de fondo continuo a los perfiles de la sierra, mínimos ya en la distancia.

Entonces recordé otro anochecer relativamente reciente, observado también por estos parajes, cuando veníamos de viaje por la carretera 320. Imaginé a la sazón que aquel tropel de nubes era un rebaño de toros enfurecidos que se despeñaban por el horizonte en busca del destino. Así que dejé correr al verso libre:

Toros de sangre para el sacrificio
corren su último encierro y se amontonan
negros y rojos sobre el horizonte.
Rojos como la sangre, como un golpe
de sangre exactamente.
Son sus contornos
plomizos como heraldos de tormenta.

El odio rojo de los iracundos,
y el rojo de los rostros proletarios
de la revolución de octubre
palidecen.
Palidecen incluso sus banderas.

Toda la sangre del mundo, acumulada,
se está agolpando al borde del abismo.
Ahí está, como si todos acudieran
a la gran despedida de la muerte:
al vómito final de las entrañas
del mundo.

Se diría
que estamos ya, definitivamente, a punto
de sumergirnos en la noche eterna.

* “Ocaso rojo”. De mi libro de poemas “Últimos compases”

---
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2659/4090411306_49559851b3_o.jpg


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Comentarios:
¡Y qué decir de la acuarela...! Encaje de bolillos, para adecuar la belleza de la pintura -impresionante- a la maravilla expresiva del atardecer de un día cabe la sierra, por una pareja de enamorados en el atardecer de sus vidas, que ésas sí tienen la belleza conjunta de los colores del arco iris, mezclados en armonía singular que sólo el ser humano, por muy humano,como me costa lo son, casi diviniza. Un privilejio compartir quehaceres con estos foramontanos.
Enlace permanente Comentario por Carlos de Bustamante Alonso 28.11.09 @ 18:01
¡¡¡Precioso!!!

Muchos besos.
Enlace permanente Comentario por polita 28.11.09 @ 00:19
Se me acabaron los calificativos: ya "sólo" leo y callo. Mi silencio lo dice todo: he contemplado tu paisaje, tu ocaso rojo. Y he añorado mi cielo castellano viejo, mi sol ocultándose en la panza del páramo sangrando arreboles sobre las laderas y el valle. Como un personaje más de tus lares, he paseao con "pizca" mientas embobado contemplaba el mismo cielo que aún en la distanca nos cubre a todos; como la nube en el desierto a los israelitas. Espero con impaciencia tu siguiente artículo: ¡velay que vaya aprendiendo!
Enlace permanente Comentario por Carlos de Bustamante Alonso 19.11.09 @ 10:59

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