Milicia y religión católica
18.11.09 @ 08:04:54. Archivado en Artículos
Por Carlos de Bustamante

(Puerto de Castellón. Acuarela de Guillem Fresquet en la exposición “100 años, 100 artistas” actualmente en Caja Círculo, Burgos. 35x50)(*)
El artículo en Tres Foramontanos del antepasado domingo, magnífico como acostumbra el “monstruo” Javier Pardo de Santayana, me da pie para titular y desarrollar el presente. Es vivo ejemplo, creo, de cómo no está reñida una cosa (religión católica: la nuestra mayoritaria) con la otra (milicia española), sino todo lo contrario. Para amenizar la amenaza de “tronco” en este artículo, les relataré un sucedido curioso. De cuando la “mili” era obligatoria:
Era costumbre, que se pierde allá en los tiempos, que por la Cuaresma entrara en el programa de Formación de la tropa charlas del Pater, para facilitar el cumplimiento Pascual de cuantos soldados quisieran. Como la religión más común –por no decir única- era la católica, al tiempo de aprovechar los mandos, para integrarnos gustosos al mismo “cumplimiento”, solíamos ayudar al Pater en la medida de nuestras posibilidades con teóricas si no religiosas, sí complementarias, al recio estilo cuartelero. Y servían, ¡vaya que si servían! Lo verán.
Siempre preocupados todos los mandos, cada uno en la medida de su vocación al Servicio de España, complementaba el que suscribe al Pater, con charlas más apropiadas por el contenido, al oficial instructor que al “imprescindible cura castrense”.
Les decía a mis soldados cómo comportarse en lugares públicos: bares, cafeterías, incluso lugares de alterne (que alguno -aunque muy pocos- sí había), a los que pudieran aterrizar en ellos más o menos queriendo u obligados por alguna circunstancia. Aclarado primero el error de éste “verse obligados”, escenifiqué con auxiliares (veteranos previamente preparados para la importante misión educativa puramente militar, sin yo excluir ninguna otra), escenifiqué, digo, un caso de soldados comprometidos… por alguna pobre mujer de no muy buena nota. Bar con mostrador a modo de “barra”. Mesas con cacahuetes (el presupuesto no daba para más), y algún vaso de vino peleón (por idem de idem), y auxiliares de uniforme, sentados en alegre camaradería. La atención era tal, que salvo alguna risa contenida de los más experimentados, podía oírse el vuelo de una mosca…
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