Una de piratas
15.11.09 @ 08:00:55. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Puerto. Acuarela de Ceferino Olivé en hispacuarela.com)(*)
No sé si a usted, querido lector, le pasará lo que me pasa a mí, pero el caso es que de un tiempo a esta parte veo continuamente cosas inesperadas y asombrosas. Naturalmente, reconozco que antes también saltaba alguna sorpresa de vez en cuando, pero como algo verdaderamente extraordinario. Recuerdo, por ejemplo, que andando yo ya cerca de los treinta, a un portugués de nombre Galvâo se le ocurrió apoderarse de un barco de pasaje, y, que, como funcionó el invento, sucedió a este hecho una racha de secuestros que pasó de la mar a los aviones de línea, y de los aviones de línea a la actividad mafiosa, que es donde ahora se hallan principalmente ubicados. Pero hasta entonces, cuando alguien hablaba de secuestro lo que se nos venía a la mente era lo del hijo de Limbergh, porque había que retrotraerse nada menos que a aquel triste suceso para recordar otro caso parecido.
Mucho más reciente es lo de Al Qaeda y Osama Ben Laden. Contemplar el surrealista espectáculo de las altas torres del World Center colapsándose, y ver luego cómo los responsables de aquella burrada eran unos tipos tocados con turbantes e instalados en el árido escenario de un desierto - como en un escenario propio del Hollywood más rancio y anacrónico - resultaba, cuando menos, desconcertante.
La aparición de la piratería en los noticieros de la televisión nos devolvió hace años el recuerdo de algunas de las imágenes más sugestivas de los primeros años de nuestra juventud. En efecto, para mí, decir pirata era evocar la figura de Sandokan, el osado Tigre de Mompracém, con su exótica horda de corsarios blandiendo el temible kriss malayo por las procelosas aguas de la isla de Borneo. Pero, desde que Salgari alentó nuestra imaginación juvenil con la lectura de sus increíbles aventuras, los piratas sólo volvieron a aparecer en nuestras vidas para recordarnos que en nuestro siglo aún sobrevive esa raza de facinerosos a los que nosotros teníamos ya por personajes de guardarropía. Además, como su existencia no nos afectaba a causa de la lejanía, la noticia no pasaba de ser para nosotros una interesante curiosidad.
autor
Contacto


