Un otoño tardío
12.11.09 @ 07:59:42. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(Otoño. Acuarela de José Luis Alonso Villafruela)(*)
Esto del tiempo meteorológico es algo bastante relativo. Pasan unos meses sin llover, y ya nadie se acuerda de que en los meses anteriores no cayó una sola gota. “Ya no hace el frío que hacía cuando yo era niño”, dice la gente de mi edad. Pero cuando éramos niños no existía la calefacción de que hoy disfrutamos, ni nos desplazábamos siempre en vehículos con aire acondicionado. Para mayor abundamiento, los recuerdos infantiles se deforman con el paso del tiempo y nos muestran perspectivas y dimensiones distintas de las que vemos y apreciamos de mayores.
Hoy no es infrecuente que, al poco de decir que no nieva como antes, caiga una nevada de las de órdago a la grande. O que entre una acongojante ola de frío cuando la gente está todavía comentando aquello del calentamiento global.
Así que, en realidad, lo único que vale son las estadísticas, y éstas se empezaron a registrar hace relativamente poco. Quizá nos falte, por tanto, perspectiva. Además la cosa va por ciclos. Sabemos que hubo glaciaciones e interglaciaciones, y que el hombre hubo de meterse en las cavernas para protegerse y luego salió de ellas, y hasta nos dicen que los polos han cambiado de polaridad. Pero todo esto ocurrió a lo largo de plazos que se miden en miles y millones de siglos, y no de un año para otro.
También existe un curioso malentendido respecto a las estaciones del año. Si preguntásemos a cualquiera a qué estación del año pertenece el mes de diciembre, lo más probable es que la respuesta fuera “el invierno”. Y sin embargo, éste no llega hasta los últimos días de aquel mes. Todo lo cual contribuye también a la confusión que yo observo en relación con la idea que se tiene del tiempo y de la meteorología.
Reconozcamos, sin embargo, que todo el mundo coincide, aquí en España, en que este año el otoño está siendo más bien raro. “Más parece que estuviéramos en primavera” nos han dicho varias veces. Incluso el otro día oí: “Mañana la temperatura será más veraniega que primaveral”. Y era el último día de octubre. Pero sabemos que el otoño está salpicado de veranillos; que eso está en el recuerdo popular. Como está en el recuerdo popular aquello de que el otoño madrileño es una auténtica delicia. Por lo menos éste es un comentario que siempre oí y cuya veracidad he podido repetidamente constatar.
Como el español pasa el año entero pensando en el verano, y desearía que éste se prolongase sin fecha de vencimiento, lo de que haya semanas de otoño que nos engañen permitiéndonos disfrutar de un envidiable solecito nos aporta un maravilloso consuelo. En el fondo es como si empujásemos hacia adelante el indeseable invierno para alejarle un poco más allá. ¡Menudo alivio!
A mí me parece que no cabe un observatorio mejor para vivir y disfrutar de estos vaivenes otoñales que el propio campo, y en su defecto, mi jardín. Este año me llamó la atención ver entrar a noviembre con los árboles completamente verdes; pero, a decir verdad, para fundamentar mi asombro tendría que revivir estos mismos días del año pasado, y del anterior, y del anterior al anterior. Sólo así podría realmente calibrar hasta qué punto es éste un año privilegiado y especial. En todo caso, octubre se nos escapa sin mostrarnos su rica paleta de matices verdes, rojos, naranjas y amarillos, y habrá que esperar todavía un poco más para disfrutar de la espléndida sinfonía del otoño. Mientras tanto, como todos los años, he visto florecer los crisantemos, que venían desde hace tiempo prometiéndonos sus flores, y reventar de nuevo los rosales; no todos, claro está, sino unos cuantos ya conocidos por su fidelidad y su tesón.
A mí me gusta ver ese curioso relevo de las flores que nos permite disfrutar siempre del color del jardín. Precisamente, ésta es una de las piedras de toque para un jardinero que se precie de tal: conseguir que no falten las notas de color cualquiera que sea la estación del año. Ésta es la hora de de los crisantemos, a los que curiosamente asociamos con la muerte porque su floración coincide con la visita a los cementerios. Pero no los asociemos a la tristeza, que los crisantemos son plantas bellísimas y variadas que transmiten una explosiva imagen de vitalidad y alegría. Muchos de ellos pasarían por margaritas, pero los hay también como botones luminosos o como pequeñas melenas movidas por la brisa. Los hay blancos, amarillos, anaranjados, fucsia… hasta morados.
Pero a fuer de sincero he de confesar que, ahora que se va acercando el tiempo frío, mi mayor satisfacción ha sido ver cómo se recuperaron los ciclámenes, superando un verano que, si se distinguió por algo, fue por su larga duración y por las altas temperaturas alcanzadas. Por primera vez en lo que llevo aquí, estas bellas flores amigas encadenarán un invierno con otro sin solución de continuidad. Este verano metí los tiestos bien metidos en la sombra de las azaleas y del rododendro, y, ante mi sorpresa, aguantaron sin perder su floración los casi dos meses que estuvimos ausentes. La clave de esta supervivencia fue, además de la sombra, el generoso riego, casi directo, de los aspersores.
Ya hace un mes que recogí las uvas de mi parra, tan abundantes que casi no dimos abasto para comérnoslas. Creo que todavía quedan algunas. Ahora, enseguida, cosecharé las aceitunas de mi olivo, que me dan para varios años. Ya están ennegreciendo y es hora de arrancarlas de su árbol. ¡Cuánto trabajo dan! Dicen que cuando Loyola de Palacio invitó al Comisario Fischer para que conociese los olivares andaluces, éste cogió una aceituna y la hincó el diente. Así demostró ignorar lo que se tenía entre manos, pues no hay cristiano que soporte el desagradable sabor de la aceituna si ésta no ha sido repetidamente introducida en agua y tratada con sosa cáustica o con cualquiera de los productos que la sacan afuera el amargor antes de que se nos ofrezcan, con relleno o sin él, sobre la mesa.
Con unas cosas y con otras, ¡qué bien nos han venido estas semanas de falso verano a nosotros los españoles, que temíamos la llegada de un otoño “caliente” sí, pero no por este venturoso motivo! Nuestros compatriotas, para los que las caricias del sol son como un tratamiento de optimismo, han recibido la supuesta anomalía meteorológica como una verdadera bendición del cielo. Ahora yo temo la melancolía que nos vendrá más tarde y que hará llorar su desgracia a tantos como hay por ahí rumiando la falta de trabajo o tantas otras cosas que se nos han venido encima; esos compatriotas nuestros que en los albores de este otoño desnaturalizado hallaron su consuelo y su refugio en la alegría de las noches cálidas, de las tardes largas y de los amaneceres luminosos.
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