Los lunes, revista de prensa y red
09.11.09 @ 08:02:59. Archivado en Artículos
“La sociedad española y sus Fuerzas Armadas” de Javier Pardo de Santayana, y “Nadadores a contracorriente”, de Juan Manuel de Prada

(Torres, Jaén. Acuarela de Alosete en la exposición “100 años, 100 artistas” actualmente en Caja Círculo, Burgos. 60x90)(*)
LA SOCIEDAD ESPAÑOLA Y SUS FUERZAS ARMADAS
Artículo de Javier Pardo de Santayana publicado en la revista digital Panorámica Social.
Encuestas de la mayor fiabilidad registran que nuestras Fuerzas Armadas son una de las instituciones más valoradas por la sociedad española. En esto parece que las cosas van mejor. Lejos están aquellos tiempos de confusión en los que, en un ensayo titulado “Ejército y Sociedad”, el Teniente General Díaz Alegría definía el papel de los ejércitos y su encaje en una sociedad democrática. Las aclaraciones eran necesarias porque, para algunos, ambos términos - “ejército” y “sociedad” - eran poco menos que antitéticos.
Clave para este importante cambio fue, sin duda, la decisión que en su día tomó el gobierno cuando adoptó para nuestros ejércitos el modelo llamado “profesional”, abandonando así el servicio militar obligatorio, ya insoportable para una sociedad que había entrado en la Era del Bienestar. Las perturbaciones que introducía el antiguo modelo en la trayectoria personal de nuestros ciudadanos provocaban un rechazo cada vez mayor. Por otra parte, el nuevo orden o “desorden” internacional exigía mantener una intensa actividad militar que obligaba a contar con una disponibilidad permanente de la Fuerza, y que no aceptaba, por tanto, los desequilibrantes ciclos de instrucción. Complicaba aún más este contexto la inexorable reducción que sufrirían los ejércitos como consecuencia de la liquidación de la Guerra Fría. Todo ello abocó a la adopción del modelo profesional y apaciguó los encendidos ánimos contrarios a la institución militar.
Por otra parte, nuestras Fuerzas Armadas demostraban estar a la altura de lo que los nuevos tiempos demandaban y se integraban en las organizaciones euroatlánticas con sorprendente facilidad, superando unas condiciones leoninas que no eran sino el reflejo de la dificultad de adaptación que sí, en cambio, mostraban los políticos. Así ocurrió con los acuerdos de coordinación establecidos con los mandos de la OTAN y que resolvieron algo bastante parecido a la cuadratura del círculo, o con la plena incorporación de la mujer a las filas de los ejércitos, sorprendente para quienes aún mantenían vivos algunos caducos estereotipos.
El tercer factor para que nuestras Fuerzas Armadas consiguieran el buen cartel de que hoy disfrutan fue la soltura con la que los soldados españoles iniciaron y mantuvieron su participación activa en las misiones internacionales en que desde hace tiempo se encuentran empeñadas. Para ello hubieron de desarrollar un enorme esfuerzo organizativo, facilitado por los planes de modernización ya iniciados algún tiempo antes y que luego se sucedieron en cadena. Se trataba de adquirir una capacidad de proyección de Fuerza de la que no disponíamos, y de dotarnos de un mecanismo que permitiera responder con flexibilidad y oportunidad a las exigencias de una gran variedad de escenarios posibles.
Nuestra participación en empeños de carácter internacional se ha visto consistentemente caracterizada por la eficacia y el buen hacer en un contexto de ambientes complejos que exigían, no sólo una excelente aptitud profesional, sino también un alto grado de calidad personal. A cualquiera se le alcanza la dificultad que encierra el compaginar la neutralidad con el calor humano y el desempeño de la misión en contextos culturales muy diferentes del nuestro; todo ello en un ambiente de peligro y de constante incertidumbre. Quizá, por eso, el prestigio de nuestros ejércitos creció considerablemente tanto dentro de la sociedad española como en el ámbito internacional.
Conviene decir que España demostró desde el principio su disposición para responder a estas exigencias con espíritu de solidaridad, adoptando el criterio de mantener sus aportaciones en un porcentaje del contingente total que nos situaba inmediatamente detrás de Italia, aunque en el fondo podía percibirse la preocupación de nuestros dirigentes por transmitir a nuestra sociedad la impresión de que en defensa nos limitaríamos siempre a un mínimo; aceptable, pero mínimo.
La buena opinión que así adquirieron ante la sociedad española nuestras Fuerzas Armadas ha sobrevivido ya durante más de una década, sobreponiéndose incluso a los bandazos de nuestra política exterior y a la consiguiente pérdida de peso específico y de prestigio internacional que ha experimentado nuestra nación. Estos bandazos han obligado a las Fuerzas Armadas a encajar los destrozos sufridos por nuestras relaciones con los Estados Unidos, que, curiosamente, se produjeron el mismo año en que se celebraba el cincuenta aniversario del establecimiento, es decir, cuando, en un proceso normal, dichas relaciones deberían haberse visto fortalecidas o elevadas de rango. Nuestros ejércitos también asumieron con dignidad el abandono en que hubieron de dejar a sus compañeros en Irak, así como la repulsa de las naciones que se vieron alentadas a seguir nuestro ejemplo. Y lo mismo podríamos decir de nuestra salida de Kosovo sin aviso previo, o el sonrojo de ver como en Afganistán eran otros los que se exponían por dar respuesta a la muerte de un compañero asesinado. Y todo lo han hecho de forma impecable y con la mayor serenidad, sin permitir que su moral mermara.
Indudablemente, la buena opinión de nuestros compatriotas hacia sus Fuerzas Armadas ha tenido igualmente en cuenta otro factor clave que hace algún tiempo apuntó el entonces Jefe de Estado Mayor de la Defensa: el hecho de que entre los más de cien mil soldados españoles que ya han intervenido en conflictos internacionales en todas partes del mundo, nunca, ninguno, diera motivo a un mal titular. Y esto no parece ser cosa fácil, porque no debe ser fácil proceder siempre correctamente en situaciones muchas veces caóticas y cuando uno está alejado de la familia y del ambiente habitual; cuando el peligro que ronda las espaldas puede venir de cualquier lugar y producirse en cualquier circunstancia. Como no es fácil mantener la abnegación o el espíritu de sacrificio cuando se proviene de una sociedad en la que estas virtudes no están precisamente en alza.
Pero no nos engañemos, porque la luna de miel entre nuestra sociedad y sus ejércitos es material sumamente frágil. Una sola metedura de pata bastaría para que todo se fuera al garete. Y lo mismo puede decirse de lo que podría ocurrir si se rompiera el delicado equilibrio de apariencias en el que se mueven nuestras fuerzas, no reconocidas abiertamente como “combatientes”, y enfrentadas a un “enemigo” que tampoco se quiere reconocer oficialmente.
Digámoslo con la mayor claridad: el pensamiento débil es difícilmente compatible con la defensa. Nuestros dirigentes han de hablarnos claro en esta materia. Aquí no vale el doble lenguaje, porque España tiene que cumplir sus compromisos y actuar de acuerdo con sus responsabilidades. La sociedad debe ser traída a la realidad para que la asuma tal como es. Si no es así, cuanto más tiempo se mantenga la ficción más dura será la caída.
NADADORES A CONTRACORRIENTE
Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en abc.es el pasado 17 de Octubre
Escribía Chesterton que sólo quien nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo. Se trata, desde luego, de un ejercicio nada plácido, pues la energía que el nadador a contracorriente emplea en cada brazada no se corresponde con un avance proporcional; y basta con que flojee en su ímpetu para que la tentación del desistimiento haga mella en él. Quien nada a favor de la corriente, en cambio, no tiene que molestarse en bracear; y ni siquiera es preciso que esté vivo, pues la corriente seguiría arrastrándolo como si tal cosa. Las grandes batallas del pensamiento, las conquistas que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, con frecuencia, quienes se atrevieron a protagonizarlas fueron contemplados por sus contemporáneos como retrógrados, incluso como peligrosos delincuentes. Pero, junto al rechazo o incomprensión de su época, estos pioneros que osaron contrariar el «espíritu de los tiempos» pudieron proclamar con orgullo que estaban vivos; y con su sacrificio irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte, convocaron a la vida a quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas nadaban a favor de la corriente.
Así debió ocurrir con los primeros patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos, como aquel Filemón que, siguiendo las instrucciones de San Pablo, decidió acoger a su esclavo Onésimo como si de un «hermano querido» se tratase. Cuando Filemón manumite a Onésimo, la esclavitud no era tan sólo una institución jurídica plenamente reconocida, auspiciada y protegida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Según establecía el derecho de gentes de la época, los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran «personas» en el sentido jurídico de la palabra, sino «bienes» sobre los que sus amos podían ejercer un «derecho» de libre disposición. Los nadadores a contracorriente como Filemón alegaron entonces que, más allá de los preceptos legales, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable; y que tal dignidad era previa a su consideración de ciudadano romano. Aquella subversión del sistema legal establecido ponía en peligro el progreso material de Roma; y quienes entonces nadaban a favor de la corriente se emplearon a fondo en el mantenimiento de un orden legal que favorecía sus intereses. Tan a fondo se emplearon que la abolición de la esclavitud aún tardaría muchos siglos en imponerse; y no lo hizo hasta que el ímpetu pionero de nadadores a contracorriente como Filemón propició una metanoia social, un cambio de mente que antepuso ese meollo irrenunciable de humanidad que nos permite distinguir la dignidad inalienable de cualquier persona sobre los indudables beneficios económicos de la esclavitud. Y en el largo camino que condujo a esa conquista muchos Filemones fueron señalados como retrógrados, perseguidos y condenados al ostracismo.
Como ocurriera hace dos mil años a los primeros patricios romanos que empezaron a manumitir esclavos, ocurre hoy a quienes se oponen al aborto. Los nadadores a favor de la corriente los anatemizan y escarnecen, los calumnian presentándolos como detractores de los «derechos de la mujer», los caracterizan como sombríos «retrógrados» que amenazan el progreso social. Pero, como aquellos primeros patricios romanos que reconocieron en cualquier persona una dignidad inalienable, quienes hoy se oponen al aborto no hacen sino velar por ese meollo irrenunciable de humanidad que nos constituye, que nos permite reconocer como miembro de la familia humana a quien aún no tiene voz para proclamarlo, que nos impone proteger la vida gestante, la más desvalida e inerme, como garantía de nuestra propia supervivencia moral, para que no nos ocurra lo que Marcel Proust denunciaba, al describir el clima de corrupción en el que se desenvolvían sus personajes: «Desde hacía tiempo ya no se daban cuenta de lo que podía tener de moral o inmoral la vida que llevaban, porque era la de su ambiente. Nuestra época, para quien lea su historia dentro de dos mil años, parecerá que hubiese hundido estas conciencias tiernas y puras en un ambiente vital que se mostrará entonces como monstruosamente pernicioso y donde, sin embargo, ellas se encontraban a gusto».
El día en que nos encontremos a gusto en un ambiente vital que consagra el aborto como «derecho» habremos dejado de merecer el calificativo de humanos; porque simplemente habremos dimitido de la razón, que es -según nos enseñaba Aristóteles- capacidad de discernimiento sobre lo que es justo y lo que es injusto. Y cuando el hombre se desprende de la razón es como cuando las ramas se desprenden del árbol, que no les aguarda otro destino sino amustiarse. Cuando el aborto se acepta como una conquista de la libertad o del progreso, cuando se niega o restringe el derecho a la vida de las generaciones venideras, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer; y entonces nos convertimos, irrevocablemente, en esos nadadores a favor de la corriente que, sin advertirlo, aceptan su propia muerte con tal de no bracear. Porque muertos están quienes por cobardía, por estolidez, por conformidad con las ideas establecidas defienden el aborto; y también quienes con su silencio o indiferencia lo amparan, quienes con su anuencia sorda respiran sus miasmas, fingiendo que no les contagian.
A los soldados aliados que, en su avance hacia Berlín, liberaban los campos de concentración donde durante años se habían hacinado prisioneros famélicos, puras radiografías de hombre despojadas de su dignidad, no les estremecía tanto el espectáculo dantesco que se desplegaba ante sus ojos como la pretendida ignorancia de los lugareños vecinos, que habían visto llegar trenes abarrotados de presos al apeadero de su pueblo, que habían visto humear las chimeneas de los hornos crematorios, que habían visto descender la ceniza de los cadáveres incinerados sobre sus tierras de labranza y, sin embargo, habían fingido no enterarse de lo que estaba sucediendo ante sus narices. Con esta nueva forma de holocausto que es el aborto ocurre lo mismo: llegará el día en que las generaciones venideras, al asomarse a los cementerios del aborto, se estremezcan de horror, como hoy nos estremecemos ante las matanzas que ampararon los totalitarismos de hace un siglo (sólo que, para entonces, las cifras del aborto serán mucho más abultadas, vertiginosas de tan abultadas); pero se estremecerán, sobre todo, ante la complicidad tácita de una sociedad que, dimitiendo de su humanidad, prefirió volver el rostro hacia otro lado cuando se trataba de defender la vida más inerme, que incluso aceptó el aborto como un instrumento benéfico, entronizándolo en la categoría de «derecho». A esas generaciones futuras les consolará, sin embargo, saber que, mientras muchos de sus antepasados renegaba de su condición humana, acatando la barbarie y bendiciéndola legalmente, hubo unos cientos de miles de españoles que el sábado 17 de octubre de 2009 salieron a la calle para gritarle a una sociedad que yacía agusanada en la tumba: «Levántate y anda». Y, agradecidos, comprobarán que, con su gustoso sacrificio de nadadores a contracorriente, aquellos cientos de miles de españoles irradiaron vida en un mundo acechado por la muerte.
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Comentarios:
Que echemos de menos, nuestros tiempos, en nada contradice la comprensión, que no satisfacción plena, para los actuales en los que "no todo el monte es orégano". Las burradas, son burradas. Y las aberraciones, absolutas anomalías.Tanto como lo blanco es blanco y negro lo negro. Firmemente sostenidos en nuestra Fe inquebrantable,no vamos a tener un tiempo de...
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