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Mis amores. Sólo amigas

Permalink 07.11.09 @ 08:00:49. Archivado en Artículos

Por Carlos de Bustamante

(Nogal otoñal. Acuarela de Manuel Prieto Hernández. 32x44)(*)

Lo realmente importante era que recién estrenadas las vacaciones de verano, el tren de Ariza llevó a los dos hermanos al apeadero de Carrapinares, y desde allí en el coche de caballos entraron jubilosos en el caserío. No era la caza el motivo de su júbilo, pues por la falta total de cartuchos, el sentimiento tendría que ser en todo caso de tristeza. El gozo era, porque otro verano más entraban en su elemento: el campo y el entorno de aquella entrañable naturaleza que llevaban tan dentro.

La santa madre escribió a sus amigas de una labranza próxima, invitando a que vinieran con todos los hijos “e hijas” a pasar un día con ellos. La respuesta no se hizo esperar y fue alegremente afirmativa. Como, a pesar de los muchos pesares, siempre quiso que su casa fuera un hogar luminoso y alegre, les preparó un recibimiento “adecuado”:

Abrió el baúl de los disfraces, para endosar a cada cual la vestimenta más aparente. Según me dijeron, con gracia y no poca habilidad, a Rodrigo le transformó en una morenaza despampanante. La melena completamente rubia que puso a Ricardo, junto a unas faldas no precisamente largas y zapatos, de tacón, de color rojo vivo, no eran el signo externo de la modestia y el decoro de una niña “decente”.

Con verdaderos ataques de risa a duras penas contenidos, cuando la “jardinera” que traía a los forasteros enfiló la carreterilla de los almendros que conducía al caserío, los así disfrazados entraron precipitadamente en el gran salón de la abuela, más bien oscuro para que se mantuviera fresco...

-“Pasad, pasad -dijo la madre a las niñas forasteras-, que casualmente acaban de llegar mis sobrinas de Sevilla y quiero que las conozcáis”.

En la semipenumbra de la habitación, entraron primero las niñas, modositas ellas, y con cierto reparo por la novedad. Las “otras niñas” se levantaron solícitas y, de lo más “cariñosas”, comenzaron a repartir besos a diestro y siniestro. Hasta el rubio de la abundante melena de Ricardo se puso rojo como la grana cuando le tocó dar el ósculo a Lidia, que era la más aparente a su edad y monísima por cierto. Cuando Rodrigo besó, efusivo, a Mª Rosa que además le hacía “tilín”, no pudieron contener la risa, y, abiertas las ventanas de golpe, con el raudal de luz que penetró en el salón y el fenomenal ataque, se descubrió el “pastel”. Por supuesto que nadie se sintió molesto, sino que ahora con gran jolgorio, rieron todos hasta quedar casi sin fuerzas. Pero cosa curiosa, cada vez que los ojos de Ricardo coincidían sobre los de Lidia, era ella ahora la que se ponía roja como una amapola; flor que desde siempre le pareció una de las más hermosas de cuantas hay en el campo.

Despojados de los disfraces, pasaron todos el resto del día en alegre camaradería, riendo con frecuencia con el solo recuerdo del recibimiento tan afectuoso que les hicieron las “primas de Sevilla”.

Más hermanados si cabe que antes, insistieron los forasteros a los hermanos de la Vega en que fueran ahora ellos los que devolvieran la visita.

Rodrigo y Ricardo tenían cerrada por completo “la veda” por la total carencia de cartuchos; disponían, pues, de tiempo suficiente para, pasados sólo unos días, presentarse en los feudos de sus amigas.

El coche de caballos les llevó hasta su caserío, donde les recibieron, ellos y ellas, verdaderamente encantados. Tras los saludos de rigor a toda la familia, descabalgaron del coche y cabalgaron en la jardinera, tirada por dos potentes caballerías y con capacidad suficiente para trasladar a todos juntos de excursión al monte del Requejal. El toque femenino en el ágape con que celebraron un espléndido atardecer hizo que las viandas resultasen aún más exquisitas y el ambiente de franca camaradería, aún más entrañable.

Cuando el sol comenzó a ocultarse tras las imponentes laderas sangrando sobre el páramo que las culmina, la tertulia era de lo más animada. Había, sí, buen ánimo en la conversación, y propiciado por el ocaso en un paraje tan bello, algunas miradas furtivas insinuaban lo que no decían las palabras. Me confesó Ricardo, que con tan grata compañía se estaba bien allí.

Se amortiguaba la luz en un cielo del todo limpio y aparecían muy tenues y pálidas las estrellas, la jardinera les devolvió al caserío donde, en familia, aún prosiguieron durante un buen rato la tertulia.

Precisamente la madre de Lidia, propuso un plan que todos aceptaron encantados: se trataba de ensayar una pequeña obra de teatro para, interviniendo todos como personajes, estrenarla el día de la fiesta de aquella explotación agraria. Con la impresión, ahora, de que aquello estaba muy bien pensado, cada uno recibió los papeles que habrían de aprender para representar “Las de Caín”. Alegre efusión en la despedida y acuerdo por parte de los mayores- encantados también los de la Vega-, para nuevo día y hora en que comenzar los ensayos, que habrían de durar parte del verano.

El argumento de la comedia, de sobra famosa y conocida, era un tema en el que un grupo “casualmente” similar al suyo, acababa en feliz emparejamiento amoroso de unas y otros.

El papel de Ricardo, dice que le resultó decepcionante. Al ser, como siempre, el más pequeño, en vez de asignarle “pareja”, le tocó hacer de guardabosques en el parque de una ciudad donde eran frecuentes los idilios; idilios de los otros personajes, claro. Encima Lidia se reía, con risa cantarina, desde el día del primer ensayo. Como al fin Las de Caín no resultaron del agrado de Ricardo, me dijo que comenzó a pensar con nostalgia en la caza y sus aditamentos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://farm3.static.flickr.com/2562/4069433258_5daa670366_o.jpg


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