El huésped de Cape Coast
05.11.09 @ 07:57:42. Archivado en Artículos
Por Javier Pardo de Santayana

(El político biónico. Acuarela de Alberto Manrique de Lara en la exposición “100 años, 100 artistas” actualmente en Caja Círculo, Burgos. 65x54)(*)
Yo he conocido al huésped de Cape Coast. Le ví en las mazmorras de la fortaleza que se alza mirando a las aguas del Golfo de Guinea desde la costa ghanesa. Brillaban sus ojos en la oscuridad, sólo levemente atenuada por un ventanuco abierto en lo más alto del muro. Un pestilente olor, casi palpable, impregnaba el aire de aquel inmenso espacio desnudo donde sus desdichados compañeros se hacinaban sobre un frío suelo de piedra por el que corrían los orines. Al fondo, el antro se prolongaba a lo largo de un interminable túnel, negro como la piel de los cautivos, para desembocar luego junto a la gran entrada conocida como la Puerta del No Retorno, donde más hería, por contraste, el contacto con la luz; allá en el pequeño puerto sin futuro de donde nuestro huésped partiría hacia otras orillas del océano.
Arriba, por encima de las mazmorras, la capilla - ¡Señor, cuánta hipocresía! -, y más arriba aún, la morada del Gobernador; unas veces británico, otras, holandés. Hombres en ambos casos cultos y refinados como corresponde a los representantes de unos países civilizados, y por ello conscientes de que aquel hombre era, sí, un ser viviente - puesto que podía moverse y trabajar para sus amos - pero no un ser humano. ¿Les suena a algo?
En realidad, se trataba de una costumbre conocida y aceptada por la exigente sociedad de las metrópolis; por eso, la presencia del huésped de Cape Coast se tenía por algo natural y correcto. Claro que el sufrimiento era de otros, y a nadie viene mal la mano de obra barata. Y hay cosas que, pareciendo poco edificantes, resultan a lo largo inevitables. Ahí están el aborto y la prostitución: pura condición humana. ¿Por qué no, también, la esclavitud? Aprovechémosla en lo que tiene de beneficioso y controlémosla, por ejemplo, con una ley específica.
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